Tribuna

Proteccionismo o reciprocidad

Sorprende el incondicional apoyo del Gobierno al Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) al margen de las consecuencias negativas que tendrá para algunos de los sectores implicados, como es el caso de los productores de vacuno al que Asoprovac representa. Sorprende que a quienes criticamos la falta de transparencia, la ausencia de reciprocidad y pedimos competir en igualdad de condiciones se nos tache de proteccionistas y de no ver las ventajas del mercado global.

Sorprende, asimismo, que desde la Secretaría de Estado de Comercio se pretenda deslegitimar la fundada preocupación de los ganaderos españoles, que tras la firma del acuerdo tendrán serias dificultades para igualar los precios de la carne producida en Estados Unidos, con unas exigencias mucho más laxas que las europeas, reduciéndolo todo a la falta de miras, cuando nuestros colegas franceses, italianos o irlandeses están denunciando los mismos problemas.

Estamos seguros de que tanto en Agricultura como en Sanidad y Comercio saben que el empleo de determinados factores de producción, tales como hormonas, promotores de crecimiento como antibióticos o ractopamina, de uso normal y habitual en numerosas partes del mundo, y concretamente en EE UU y Mercosur, están absolutamente prohibidos en toda la UE. Y en concreto, en España, está tipificado en el Código Penal como un delito contra la salud pública, para el que se contemplan penas tanto económicas como de privación de libertad para los autores de ese delito.

Por ello, como es lógico y evidente, el productor europeo no puede utilizar este tipo de productos, independientemente de cuál sea el destino de la carne producida y sea cual sea la información proporcionada al consumidor. Otras zonas del mundo tienen ventajas comparativas y competitivas respecto a la producción de cereales, oleaginosas y productos ganaderos. Además, han incorporado avances tecnológicos que están también prohibidos en la UE, para incrementar la productividad de estos sectores y que precisamente son los que habría que tener muy en cuenta en cualquier negociación que se plantease liberalizar mercados. Esto no es proteccionismo, es más bien coherencia. Cuando los sectores pedimos reciprocidad en los sistemas de producción, estamos demandando que para un mismo mercado, en este caso el europeo, las mercancías sean producidas de manera equivalente o, al menos, no mediante técnicas, sistemas o factores de producción totalmente condenados en una de las zonas.

Las autoridades europeas deben acabar con la hipocresía que supone exigir a los productores comunitarios unas reglas del juego mientras se mira para otro lado cuando entran en territorio comunitario alimentos elaborados en otras zonas de mundo con sistemas que llevarían a prisión a los europeos. Lo que exigimos es reciprocidad y no tener que pasar por la ley del embudo, ancho para unos y muy, muy estrecho para otros;que no haya dos conceptos de salud pública, uno para los alimentos producidos en Europa y otro, radicalmente distinto, para los que se producen en otras zonas del mundo, siendo los consumidores los mismos, en este caso, el contribuyente europeo.

Y puestos a hablar de proteccionismo, quizás convendría recordar cómo lo realizan en la otra orilla negociadora, mediante mercados muy fragmentados, con multitud de regulaciones locales, con una enorme cantidad de agencias estatales de autorización y supervisión de industrias y exportaciones, además del registro de exportaciones y aprobación de etiquetas, por no entrar en la Bioterrorism Act, intrincado proceso de registros, certificaciones y autorizaciones de cualquier producto agroalimentario que entra en EE UU surgido como consecuencia del 11-S.

A modo de ejemplo, y solo mirando a nuestro sector, desde las instancias competentes podrían explicarnos la razón por la cual en EE UU o Brasil se mantiene el embargo unilateral a la carne europea de vacuno en base a la enfermedad de las vacas locas, que al final también han descubierto en su propio territorio. Desde luego, los sectores cárnicos, en general, y al que representamos, en particular, somos firmes defensores del mercado global, básicamente porque estamos exportando nuestras producciones a diferentes partes del mundo. Y por eso podemos afirmar con mayor conocimiento de causa que nuestro futuro depende de la defensa de la carne de calidad, en la que tanto hemos invertido para que ahora acabe equiparándose a la producida con menores exigencias.

Alberto Juanola es presidente de Asoprovac (Asociación española de Productores de Vacuno de carne)