Tribuna

El año de la reconexión

l próximo año tiene muchas papeletas para pasar a los anales financieros como el “año de la reconexión”. Tras años de tensiones y distorsiones excepcionales en la economía y los mercados financieros del mundo, muchas son las cosas que han cambiado. Estos cambios demandan una revisión de las perspectivas de crecimiento, tanto en Occidente como en los mercados emergentes, pero también de los precios de los activos y las decisiones de inversión.

En los primeros años de este milenio, vivimos en un mundo y crecimientos y crisis excepcionales. La apertura de China a la economía mundial mediante su adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2001 nos recordó aquella célebre frase de Napoleón que rezaba “Cuando China despierte, el mundo temblará”. En primer lugar, este hecho dio lugar a un ingente crecimiento en China y todos sus suministradores (de materias primas), así como un atracón de ahorro, ya que muchos mercados emergentes sólo crecían mediante la inversión empresarial, no el consumo. La mayor parte de los ingresos procedentes de las exportaciones se “reciclaban” en los mercados de capitales occidentales, lo que desencadenó un fuerte incremento del endeudamiento en algunas economías maduras. El mercado de la vivienda de EEUU es el paradigma de estos excesos. La explosión de las burbujas (primero la crisis crediticia en EEUU, después la crisis del euro) fue tan desagradable como placenteros fueron los años que las precedieron.

Justo cuando los economistas y los inversores estaban empezando a acostumbrarse a este tipo de desequilibrios y cambios en los patrones de crecimiento, los precursores de una nueva era han hecho acto de presencia. De hecho, la desconexión económica o decoupling (término acuñado hace unos años) parece estar dando paso a una “reconexión”. Si nos fijamos en el crecimiento económico, las diferencias entre las mayores economías emergentes (los BRIC, grupo formado por Brasil, Rusia, la India y China) y las economías maduras (EEUU, la zona del euro y Japón) están reduciéndose de forma acusada.

¿Qué ha cambiado? En primer lugar, se han cerrado muchas heridas en las economías occidentales, muy golpeadas por la crisis. EEUU “reinició” su sistema financiero en 2008/2009 y aligeró el abultado endeudamiento de los consumidores del país. Europa ha ampliado sus mecanismos institucionales introduciendo un pacto fiscal, una unión bancaria y un gran fondo de emergencia con casi dos billones de euros, respaldado por una autoridad monetaria más proactiva. En segundo lugar, el modelo de negocio de muchos mercados emergentes se encuentra en dificultades: muchos gobernantes de estos países reaccionaron a los acontecimientos del pasado aplicando estímulos a sus economías nacionales, fundamentalmente emitiendo más y más deuda. A su vez, esto provocó unos déficits por cuenta corriente insostenibles (básicamente, importaban mucho más de lo que podían permitirse).

A la vista de estos cambios, existen muchos indicios que apuntan a unas tasas de crecimiento más equilibradas en este planeta en 2014 y años posteriores. Las diferencias en materia de crecimiento no serán, pues, tan marcadas como en el pasado. Esto suena a buenas perspectivas de crecimiento en 2014, circunstancia que tiene su reflejo en nuestras previsiones para EEUU, Europa y Japón, que crecerán entre un 1% y un 2,5%, mientras que el mundo emergente debería promediar tasas de “apenas” el 5%. Sin embargo, la tranquilidad no suele durar demasiado, ni en la vida ni en la economía. Algunos de los desequilibrios existentes se corregirán mediante cambios progresivos en los flujos de bienes y servicios, pero una parte de la adaptación al nuevo régimen será más abrupta y perturbadora. Las crisis cambiarias seguirán siendo una posibilidad plausible en 2014, sobre todo en aquellas economías con desequilibrios graves en sus balanzas por cuenta corriente. Esto provocará que el viaje no sea tan apacible.

Desde el momento mismo en que los bancos centrales de EEUU, Europa y Japón se embarcaron en la tarea de aumentar sus masas monetarias, los inversores han estado preocupados por los efectos de estas medidas sobre los precios de los bienes y los servicios. Aunque sabemos que la inflación puede aparecer con sorprendente rapidez tras un exceso de oferta monetaria, costará apreciar presiones inflacionistas relevantes durante el próximo año. La razón es, simplemente, el exceso de capacidad: en el grupo de las 21 economías más grandes (maduras y emergentes), no vemos ninguna que actualmente se mueva a su tasa de crecimiento potencial. La inflación suele convertirse en un problema tan pronto como las economías operan a máxima capacidad y la demanda sigue subiendo. En 2014 la situación es la inversa: hay un elevado nivel de capacidad sobrante en la economía mundial, ya que las economías emergentes generalmente invirtieron en exceso durante los años anteriores y, para responder ante ello, las economías occidentales reforzaron la eficiencia. Así pues, parece que la inflación no dará mucho que hablar.

Christian Gattiker es responsable de análisis y estratega jefe de Julius Baer.

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