Editorial

2014, los presupuestos del punto muerto

El Proyecto de Presupuestos del Estado de 2014 aprobado el pasado viernes por el Consejo de Ministros entraña tan escasa dificultad de cumplimiento, que parece impropio de una crisis económica y de una carrera no culminada de consolidación fiscal emprendida para sortear los riesgos de default. Si los dos primeros presupuestos aprobados por el Gobierno de Rajoy han sido exigentes hasta la radicalidad, puesto que se han movido en el entorno de una severa recesión a la que han exhacerabado, este tercero parece un paseo militar. Lógicamente, a ello han contribuido precisamente la dureza y exigencia de las cuentas de 2012 y 2013, pero de manera determinante la bendita decisión de las autoridades comunitarias de bajar el diapasón de la austeridad y el ajuste en la primavera pasada, y llevar el límite temporal en el que España debía volver a la virtud fiscal, al déficit del 3% del PIB o inferior, desde 2014 hasta 2016.

Las cuentas públicas aprobadas para 2014 son hijas de las de 2012 y 2013, y heredan en unos números apacibles el rigor ganado con los sobrehunmanos esfuerzos de los dos años anteriores, en los que la reducción de gastos y las subidas de impuestos han sido la norma para devolver a la economía española niveles de financiación costeables y al Estado una viabilidad que estaba en cuestión y que podía poner en dificultad por añadidura la continuidad del euro en todo el continente europeo.

Una simple resta entre el objetivo de déficit fiscal exigido finalmente por Bruselas a España en 2013 y el esperado para 2014 nos da idea del tamaño liviano del esfuerzo a realizar, aunque hay que añadirlo a dos años en los que ya el esfuerzo sí ha sido desmedido. De un desequilibrio fiscal del 6,5% del PIB ha de llegarse a un 5,8% del PIB, una contracción del desajuste entre ingresos y pagos de solo siete décimas, de solo 7.000 millones de euros. Nada que ver con los cerca de 40.000 millones de coste recortado e ingresos añadidos de los dos últimos años.

Un presupuesto de punto muerto es, por ello, el de 2014. Un proyecto cuasi neutro, entregado al rigor en el gasto e inofensivo en los ingresos, en el que el tran-tran de la economía en incipiente recuperación, y sin necesidad de nuevas subidas de impuestos, logrará el placentero objetivo marcado por Bruselas hace unos meses. Una limitada generación de nuevas bases imponibles y una limitada reducción de los gastos, sobretodo centrados en los financieros y de desempleo, serán suficientes para cuadrar este presupuesto de transición, que debe servir para dar prácticamente por cerrada la crisis fiscal de España, con la consiguiente recuperación del crédito de sus financiadores, y reactivar el crédito con un coste de los recursos captados fuera más asequible que en años pasados.

Pero debe generar también margen para que el Gobierno ensaye en el año 2015 ese ejercicio voluntarista de expansión del gasto que siempre practican los gobiernos cuando tienen una escalera de color electoral: europeas, locales, autonómicas y generales. El margen está implícito en el cuadro macroeconómico, además del escaso nivel de exigencia de los objetivos de estabilidad presupuestaria, desplazados hacia las comunidades autónomas y el sistema de pensiones. La previsión de crecimiento para 2014 parece artificialmente anémica (0,7% cuando el consenso de los analistas la sitúa en el 1%), y superadas paracen las condiciones de financiación de la economía, a juzgar por la media esperada para el bono a diez años (referencia de la financiación a largo plazo de la economía), que se coloca en el 4,3%, una tasa que ya se registra ahora.

Si por vez primera desde que la crisis de la deuda comenzó el asedio a España no hay subidas de impuestos, y no hay contracción de las rentas públicas nominales (se congela a los funcionarios y se revisan modestamente las pensiones) es lógico pensar que se destierran los efectos contractivos de las cuentas públicas. Si, además el empleo se mantiene estable por vez primera desde 2008, es igualmente lógico pensar que no hay caída de la renta disponible y bien pudiera hacer girar las expectativas de los agentes económicos hasta unos niveles de consumo e inversión más holgados de los que pinta Economía, que ya son, aunque modestos, positivos.

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