Editorial

Apuesta mixta en la construcción

Muchos veraneantes están viendo en sus viajes de vacaciones paisajes españoles con carreteras abandonadas a medio construir o pilares de enormes viaductos a medio acabar. Son la imagen fiel de un ajuste presupuestario en la obra pública que dura ya cinco años, pero también el triste y desmoralizador panorama de un país frenado. Pocas cosas hay más tristes que una obra inacabada. Y todo lo que ello representa en términos de riqueza y empleo.

A la vuelta del verano, los grupos constructores tienen previsto echar el resto para que el Gobierno reanime la inversión en infraestructuras en los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año. Es un empeño en el que están sin éxito desde hace un lustro, mientras han ido viendo cómo se acortaban los presupuestos de Fomento, de las autonomías y de los ayuntamientos, rebanados por los compromisos –encomiables– para cumplir los objetivos de déficit. Pero en esta ocasión cuentan con un argumento nuevo: los fondos provenientes del ahorro en intereses por la bajada de la prima de riesgo. Cierto es que se van a encontrar con las colas que ya se están formando ante la puerta de los ministerios para demandar fondos. Pero las constructoras disponen de una razón añadida: la inversión mixta público-privada y las muchas posibilidades que esta ofrece.

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