Editorial

El tratado UE-EE UU, la mejor salida de la crisis

La intención de firmar un tratado de libre comercio transatlántico entre la UE y EE UU está sobre la mesa desde hace décadas. Pero por unas u otras razones, y pese a sus enormes potencialidades positivas, nunca se ha puesto en marcha. Siempre lo han impedido diferentes intereses, fueran en el campo de los productos agrícolas o en conflictos coyunturales, por ejemplo, en los sectores de construcción aeronáutica o alimentarios. Tanto EE UU como la UE parecen ahora convencidos de que están frente a una oportunidad histórica para intentarlo. La situación de los mercados agrícolas, con precios estables en la UE e incluso excedente exportador, neutralizan una protesta masiva. En lo que se refiere al ámbito político, el segundo mandato de Barack Obama, recién iniciado, permitiría sin duda alguna dar un empujón importante a las negociaciones, aunque el destino de estas esté abocado a completarse bajo otro presidente.

Está claro que en el deseable acuerdo hay un evidente interés geoestratégico de ambas partes. Por un lado, el crecimiento del comercio transatlántico, aunque siga siendo muy elevado, se ha estancado en los últimos años y un acuerdo así serviría para relanzarlo tras la crisis. Por otro, el constatado fracaso de la Ronda de Doha ha llevado a la generalización de acuerdos bilaterales. La UE, por ejemplo, los ha cerrado con la pujante Corea, está a punto de suscribir otro con Canadá, ha iniciado las negociaciones con Japón, va a poner en marcha otros más con países del sudeste asiático y tiene en el horno otro de inversiones con China. Y todo esto a la vez que EE UU hace lo propio con otros socios.

Al mismo tiempo que esto ocurre, los dos bloques occidentales saben que si crean un área de libre comercio tienen muchas posibilidades de que los estándares que pacten en términos de liberalización, de calidad, de seguridad o de conservación del medio ambiente se conviertan en referencia mundial para los cada vez más representativos países emergentes. Es decir, que si EE UU y la UE fueran capaces de consolidar ese gran tratado, abrirían de una vez por todas esa puerta para la que una ineficaz Organización Mundial del Comercio (OMC) nunca ha sido capaz de encontrar la llave. Sería como si saliese a la cancha una Ronda de Doha que se había anquilosado en el banquillo, pero probablemente más titular que los enormes tiempos perdidos en eternas e inútiles negociaciones.

Los estudios previos cifran en cerca de 120.000 millones de euros anuales el beneficio económico para la Unión Europea de un acuerdo así. Una cifra que supera el 11% del PIB español. Entre los sectores más beneficiados se encontrarían el automovilístico, el agroalimentario y, en el campo de los servicios, también el asegurador. Y esa es una buena noticia para España, a la que se le abrirían importantes oportunidades de negocio, tan notables como las que indica el hecho de que Alemania, nuestro principal cliente junto con Francia, sea uno de los primeros exportadores a Estados Unidos. Además, se ven notables ventajas para el transporte, la logística y otras actividades, y entre ellas grandes oportunidades en la licitación pública en EE UU para el sector de la construcción y la ingeniería, así como la provisión y gestión de servicios, áreas en las que los grupos españoles cuentan con experiencia demostrada, igual que ocurre con el sector financiero, en el que las grandes entidades españolas hace tiempo que han tomado posiciones.

Frente a perspectivas tan interesantes, lo cierto es que la negociación se prevé muy complicada. Y eso por ambas partes. Desde EE UU, porque el Partido Republicano, aunque ahora esté fuera de la Casa Blanca, nunca ha sido favorable a los acuerdos de liberalización comercial. Y en la UE, porque el acuerdo necesita la siempre complicada ratificación unánime de los 27 socios y el visto bueno del Parlamento Europeo. El arranque de la negociación ya ha mostrado las potenciales dificultades: Francia bloqueó el mandato de negociación para la Comisión Europea hasta que no logró excluir el sector audiovisual del marco negociador. Y eso es solo un ejemplo de cómo una estrategia alicorta puede acabar con una oportunidad histórica de derribar inútiles barreras comerciales.

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