Tribuna

La Universidad que debemos hacer

Para que la Universidad atienda adecuadamente las exigencias de una sociedad que se está transformando tiene que aceptar que el cambio le afecta también a ella. Es el tiempo de un nuevo modelo que nosotros hemos puesto en práctica con éxito: el de centros universitarios dimensionados, especializados e innovadores, en los que se exploren nuevos campos de aprendizaje y se profundice en ellos.

Hay que aprovechar al máximo las oportunidades que ofrece el Plan Bolonia: adecuar la oferta formativa a la realidad objetiva del mercado, explorar nuevas opciones de formación para un futuro diferente, anticipar la profundización del conocimiento en aquellas áreas que sabemos que serán determinantes en la nueva economía. Debemos especializar nuestros programas formativos, definiendo aéreas de conocimiento en las que cada centro sea verdaderamente un referente, como es nuestro caso en diseño e innovación y tecnológica. Todo ello con la vocación de una excelencia académica en los nuevos campos de conocimiento que se quieran plantear.

Hay que involucrar activamente a la empresa en la vida universitaria. La dicotomía tiempo de estudio-tiempo de trabajo debe quebrarse sobre una realidad en la que la convivencia del proceso formativo con la adquisición de una experiencia en proyectos profesionales reales abunde en la cualificación de los alumnos desarrollando su talento.

La Universidad y la empresa no pueden, ni deben, ser realidades divergentes que se ponen de acuerdo puntualmente. Debe haber un proceso de cohesión capaz de definir una actividad común a todo el proceso de aprendizaje. No solo por la rentabilidad que la empresa puede adquirir formando adecuadamente al talento en las aulas, sino también por la adquisición que supone para los alumnos de una visión empresarial en el campo de estudio elegido, al mismo tiempo que completa su proceso formativo, y como parte integral de éste. Ahora bien, la integración en un proyecto común debe pasar por una implicación real y no por una falsa voluntad que luego solo se traduzca en la caza de talentos o en las prácticas de trabajo sin remunerar. Frente a esa idea mediocre del vínculo Universidad-empresa, hay que defender un modelo de verdadero planteamiento común, de investigación y de desarrollo de potencias, capacidades y habilidades que los alumnos deben aprender y de los que la empresa ya obtiene beneficio por el mero hecho de participar en el proceso.

El modelo de inhouse-lab, de proyecto común de investigación o las experiencias de desarrollo de productos concretos en el proceso de aprendizaje en el que conviven profesionales, docentes y alumnos, es el camino a seguir y es una experiencia de éxito en la Universidad americana, sin duda un buen modelo. En la Universidad Técnica de Dallas implementamos este modelo de embriones de empresa en las aulas, y en ESNE comenzamos a hacerlo desde primer curso en los cuatro grados que impartimos, y ya contamos con experiencias de éxito.

La sociedad debe participar activamente de la comunidad universitaria. No entiendo cómo en España vivimos de espaldas a la Universidad cuando conocemos el ejemplo norteamericano, que alimenta vivamente una relación que deviene muy provechosamente en la comunidad. Debemos implementar programas que motiven a la comunidad a participar activamente en la vida de los centros universitarios, involucrándose en sus actividades, buscando el retorno que la vida académica en las aulas puede provocar en una sociedad dinámica y proactiva. Las empresas, motor económico de la sociedad, deben favorecer el desarrollo del talento y el emprendimiento de los alumnos, la comunidad debe buscar en el espacio universitario una fórmula de dinamización de la vida social, económica y cultural del entorno. En ESNE, entre más de 1.100 alumnos, el 62% de ellos quiere emprender, a diferencia de la media general de los estudiantes universitarios que, según del tipo de estudios, se sitúa entre el 6% y el 12%.

La convergencia de todos en un proyecto estratégico común dará como resultado una Universidad abierta a la sociedad. El papel de las empresas servirá para favorecer que el talento de los jóvenes sin recursos no se pierda en la maraña del sistema o por abandono, por la imposibilidad de costearse unos estudios adecuados. Fomentar el talento en especialidades innovadoras y tecnológicas es una inversión general que afecta a los poderes públicos y a las empresas con una responsabilidad social asumida y seria.

Para que la comunidad sea verdaderamente parte activa del proceso formativo, debe crear mecanismos que resuelvan las dificultades de los jóvenes valores, que apueste por nuevos campos en los que destacar económicamente como el cloud computing, verdadero futuro de la tecnología informática; la industria de la animación, en la que España comienza a destacar singularmente; el diseño en general y en particular el de moda, donde somos una potencia textil, o el gráfico y de interiores, en un país en el que la burbuja inmobiliaria va a dar paso a una industria de reforma de los espacios públicos y viviendas existentes frente a la construcción desproporcionada que ha habido.

La Universidad no sólo debe ser un reflejo de una sociedad dinámica, debe ser un motor de ese dinamismo y un motor de desarrollo económico.

Rafael Díaz es director Ejecutivo de ESNE, Escuela Universitaria de Diseño e Innovación.

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