Tribuna

Paro excluido y políticas inclusivas

Entre el 2001 y el 2006, España incrementó en cuatro millones el número de empleados. La tasa de desempleo bajó del 10,5% al 8,5%. Para algunos, todo un éxito de las políticas económicas y de promoción del empleo, que incluso ahora rememoran con orgullo. Pero nadie recuerda que el número de desempleados, en el 2001, era de 1.869.100 y que, en el 2006, era de 1.765.100. Cinco años en los que el milagro del empleo en España solo consiguió reducir 20.800 desempleados al año, pero que mantuvo al margen del mercado de trabajo a prácticamente dos millones de personas. Eclipsados y excluidos.

Tras el boom de la construcción que hizo posible este incremento histórico del empleo, muchos de esos cuatro millones se encuentran actualmente desempleados y sin cobertura económica. Pobres y en riesgo de exclusión.

En otros casos, puede que mantengan el derecho a una prestación o a un subsidio, que hayan podido acogerse a los programas autonómicos de rentas mínimas o a la conocida subvención de 400 euros, que se creó en el 2009 como programa temporal para paliar el descenso alarmante de la tasa de cobertura económica entre los desempleados. Menos pobres, pero también en riesgo de exclusión.

Pero, ¿quiénes son estas personas que afloran cada tres meses en las estadísticas de la EPA en forma de cifra, de porcentaje o de titular? Personas con discapacidad, personas con una enfermedad no invalidante o afectadas por drogodependencias, inmigrantes, personas integrantes de minorías étnicas, exconvictos, víctimas del fracaso escolar, pero también personas con formación, procedentes de sectores especialmente afectados por procesos de restructuración, con cargas familiares y deudas hipotecarias. Un mosaico demasiado complejo y diverso, que, al catalogarse bajo la etiqueta de colectivos especiales, provoca una inconveniente dilución de identidades. Confundidos, ocultos y, por tanto, excluidos.

Para algunos, delincuentes, no capacitados, individuos que no quieren hacer nada, que se han buscado y que se merecen lo que les ocurre, incultos e ignorantes, que no tienen remedio y que consumen los recursos de los contribuyentes sin aportar nada a cambio. No deseados y, por ello, de nuevo excluidos.

Para otros, un problema, que se agrava por la falta de recursos públicos y que, de un simple análisis cortoplacista de coste-beneficio, tampoco son un colectivo a priorizar por el servicio público de empleo estatal, hoy fundamentalmente preocupado y tensionado por reducir la nómina del paro. Sin nada, sin valor, excluidos.

Demasiados estereotipos para una época convulsa como la que vivimos, en la que, además, la igualdad, la libertad, la justicia y el pluralismo han sido manoseados, hasta el punto de vaciarlos de su contenido y razón de ser o de plantearlos como valores contrapuestos, ignorando que durante siglos las teorías del derecho los conciben como partes necesariamente integrantes de mismo conjunto.

Hace unos meses, una fantástica mujer y directora de recursos humanos me dijo: “¿para qué servimos las empresas, si no es para transformar y mejorar nuestro entorno?”. Su empresa así lo ha hecho, convirtiendo a colectivos marginados en profesionales del sector servicios en solo un mes de formación, en línea con muchas de las nuevas políticas de integración social del centro-norte de la UE.

Otra visión, cuyo éxito depende, en primer lugar, de combinar la vocación social y la orientación a beneficios, a través de la innovación social y la colaboración entre empresa, entidades privadas y Administraciones Públicas. En segundo lugar, de acercarse a las personas y, como ocurre con las políticas de desarrollo profesional en las organizaciones, interpelar al yo profundo y, desde él, motivar y llevar a la acción. En tercer lugar, de entender las políticas sociales como políticas de empoderamiento y no como políticas asistenciales. Y finalmente, de incorporar una visión integrada y multidimensional, que coordine adecuadamente todos los servicios y ayudas sociales y que tome conciencia de la idea de desarrollo personal a lo largo de la vida.

Erika, hoy es responsable de calzado en una tienda de un importante paseo comercial. Hace meses, formaba parte del colectivo de personas en riesgo de exclusión social. Solo hizo falta fijarse en su rostro y trabajar sin prejuicios para que aflorara su talento y pudiera volar.

Esther Sánchez es profesora de Esade Law School @estsanchezt

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