COLUMNA

Los bancos centrales no tienen la solución

El miedo abunda tras los débiles datos de empleo en EE UU. La sensación es que la economía global se tambalea y que los bancos centrales no pueden hacer mucho más. Y no deberían en el mundo desarrollado. La política monetaria corre el riesgo de volverse dañina si sigue presionando.

Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, insinuó los límites de esta política la semana pasada. El tipo de interés no funciona tan bien cuando la demanda de crédito escasea, dijo. No parecía pensar en otros estímulos, como una flexibilización cuantitativa. Y es que "no es obvio que existan medidas que puedan ser efectivas en una zona altamente fragmentada". La dura realidad es que Draghi no está bien situado para estimular el crecimiento en la eurozona. La confianza es el problema. El BCE no puede resolver una crisis de Estados insolventes y poco competitivos que permanecen en una unión con otros que sí lo son. El Banco de Inglaterra (BoE) lo está intentando, pero es difícil imaginar que los 50.000 millones de libras de flexibilidad cuantitativa lanzados vayan a ayudar al crecimiento.

En las economías emergentes, los bancos centrales están lejos del final de la vía de la estimulación. China acaba de recortar su tipo de interés al 6%; Brasil ha bajado del 12,5% al 8,5% en un año. Las economías emergentes pueden facilitar y lo harán más, beneficiándose de la caída global de la inflación. Pero esta ayuda podría desaparecer si Occidente elige tirar con más fuerza de la cuerda monetaria. Una mayor flexibilidad cuantitativa ayudaría a subir los bonos, los productos básicos y los títulos de renta variable, satisfaciendo a los mercados financieros, pero aumentando los precios del petróleo y dañando al consumo

En 2008, la flexibilidad cuantitativa fue esencial. Ahora, su poder ha disminuido. Pero el desorden mundial es menos grave que entonces. La recuperación avanza, pero a un ritmo desalentador. Pero no todos los problemas del mundo pueden solucionarse con más dinero y más barato.

Por Ian Campbell