EDITORIAL

Solvencia, confianza, financiación y PIB

La reforma financiera aprobada por el Consejo de Ministros este viernes pasado no devolverá el crédito a la actividad económica de un día para otro, pero ayudará bastante a su retorno en el medio plazo. Esta podría ser la respuesta a la pregunta más veces planteada al Gobierno y a los expertos desde que se conocen las intenciones del primero sobre la materia. Pero hay otras finalidades previas que deben ser atendidas por su orden para que finalmente la banca pueda justificar para qué está aquí, y que no es otra que poner en contacto al ahorro con la inversión, y hacerlo con unos estándares de rigor irreprochables que destierren la criminalización que ha encajado en los últimos años por la crisis financiera.

La primera pregunta a la que debe dar respuesta la reforma Guindos es si la banca, con el saneamiento exigido, restablece sus niveles de solvencia como para ser acreedora de la confianza de los mercados internacionales y con ella restablecer también el prestigio de las finanzas del Estado. Dado que ambas cosas están estrechamente relacionadas, ambas son el único génesis que devolverá los precios de la financiación a la banca, al Estado y, por ende, a la economía española para consolidar el crecimiento.

El rosario de acontecimientos arranca con el favor de los fiadores financieros internacionales, los mismos que desde hace años cuestionan la reputación financiera de España, la pública y la privada, y deberá ser tachonado con otro tipo de decisiones para que, su combinación temporal, active oferta y demanda de crédito, oferta y demanda de empleo, oferta y demanda de bienes y servicios, oferta y demanda de vivienda asequible, etc., etc. Y, en definitiva, consolide el crecimiento de la economía y de la ocupación hasta niveles razonables, entendiendo por tales los que había en 2007.

Para ello faltan varios ejercicios de crecimiento, porque el desplome de los niveles de riqueza de la sociedad española ha sido brutal, como en ningún otro país de Europa (excepción hecha de los países rescatados). Pero la reforma financiera es pieza básica del motor de arranque, como lo es la reforma del Estado, como lo es la reforma laboral, como lo es la reforma de la energía o como lo es la reforma de la educación. Ninguna resuelve nada sola, pero todas juntas solucionan el problema.

No estaría de más que la presión de las provisiones bancarias por los activos inmobiliarios dañados forzase un fuerte descenso de precios en los solares y en las casas, las terminadas y las proyectadas, porque su descontrolada y aburbujada carestía ha terminado paralizando la economía para una larga temporada. De hecho, las entidades que se anticipen en el ejercicio de abaratar los activos para venderlos y liberar sus provisiones estarán acelerando la limpieza de sus balances, de su lastre inmobiliario, para penetrar en otros nichos del negocio crediticio que, sin duda, surgirán, como en su día surgió el desafortunado (por su abuso) frenesí por el ladrillo.

La reforma Guindos parece muy completa, desde la fortaleza del balance hasta el plan de fusiones con compromiso de crédito, pasando por la cuerda corta con la que quedan atados los gestores de las entidades intervenidas o auxiliadas. Y es asumible por las entidades, tanto las sanas como las dañadas, si optan por las fórmulas cómodas pero más exigentes de las fusiones.

Habrá ganadores y perdedores, como en toda competición, y justo es que quien hizo gestión más profesional o se internacionalizó con criterio recoja ahora el éxito y la cuota de mercado a la que por fuerza mayor renuncian los más débiles. El propio mercado ya el viernes hizo esa misma interpretación, premiando a las grandes entidades, y castigando a las que tienen más dificultades para cubrir las nuevas exigencias, aunque por el camino todas ellas tengan que medir, recortar incluso, la remuneración a sus socios, a sus accionistas.

No es despreciable la contribución de la Unión Europea en el éxito o fracaso de esta reforma, como del resto de cuantas están en manos de Rajoy. Los mecanismos financieros europeos tienen que funcionar, y deben hacerlo con más celo allí donde Gobiernos y pueblos hacen un esfuerzo adicional. Al final, el euro, que parece haber recuperado la respiración y haberse ganado el futuro, es asunto de todos: Estados, sistema financiero y ciudadanía.