EDITORIAL

Empieza el curso más difícil del siglo

Las extraordinarias turbulencias que conmocionan los mercados desde el pasado agosto, con verdaderos vendavales de volatilidad, han abierto oportunidades en la Bolsa para los más atrevidos y nuevas rutas para los inversores en general. Si estos no han podido desconectar sus terminales durante un mes de vacaciones con actividad inédita y convulsa en los mercados y en la política económica, pero también en las operaciones corporativas, septiembre anuncia "más madera". El arranque del curso viene precedido también por la seria incertidumbre que pone sobre la mesa la incierta recuperación de las economías de Europa y EE UU, ambas bajo el fantasma de la recesión.

A la espera de que se despejen las dudas sobre el crecimiento, el futuro de las Bolsas dependerá de la ratificación de la reforma del fondo de rescate europeo por los Parlamentos de los socios comunitarios y del acuerdo para las garantías del rescate de Grecia. Pero los mercados también estarán muy atentos a la política que defina el BCE en su lucha contra la crisis y de las decisiones que adopte la Reserva Federal de EE UU sobre nuevas medidas de estímulo a una economía que transita a menor velocidad de lo previsto y en la que los datos de paro empiezan a preocupar.

Cuando ya se han cumplido cuatro años de una crisis que, pese a la buena voluntad de los más optimistas, se perfila como la más grave de la historia, el reto para las autoridades es enorme. Y en vista de las decisiones implementadas hasta ahora por los líderes mundiales, tan grande como para empezar a dudar de su capacidad para sacar con buen pie a sus países de un pantano en cuyo fondo se hunde la confianza de los consumidores y sus decisiones de compra, que es como decir la capacidad de crecimiento.

Y todo ello, mientras los organismos internacionales y los servicios de estudios, públicos o privados insisten una y otra vez en sus advertencias sobre la debilidad de la economía y las agencias de rating encienden las alarmas con calificaciones a la baja sobre la capacidad de pago de prácticamente todas las economías, incluso de aquellas como EE UU que, pese a lo que digan los ratings, están fuera de sospecha.

En términos nacionales el panorama no es menos inquietante que en el exterior. Mientras la prima de riesgo de la deuda, igual que la italiana, sigue apoyada en las muletas del BCE y los especuladores bursátiles están tras la valla de la prohibición de las ventas a corto en el sector financiero, pero prestos a saltarla a la menor oportunidad, la economía sigue presa de la anemia. El pobre crecimiento en España se enfrenta además al peor de los escenarios si, como prevén algunos, las grandes economías de la Unión Europea, principales clientes de nuestras empresas, siguen sin despegar. Eso lleva a ampliar las dudas sobre la recuperación del mercado de trabajo, en el que ha vuelto a aumentar el paro en agosto tras cuatro meses de ligeras mejoras, y consiguientemente coloca más nubarrones sobre el consumo privado. Los cambios en los Gobiernos autonómicos van a poner sobre la mesa, además, las serias dificultades de las arcas públicas y su impacto negativo sobre las empresas proveedoras.

Una vez aprobada la reforma de la Constitución para dar más confianza a los inversores internacionales, y no sin un debate interno que ha encrespado de nuevo los ánimos de los nacionalistas, España encara una larga recta electoral de 11 semanas hasta el 20-N. Sería un fenomenal error, y una grave irresponsabilidad, que las fuerzas se dilapidaran en estériles debates cuando la prioridad ineludible es la recuperación del empleo, y por tanto de la economía. En ese marco, la reforma financiera entra en un mes clave con demasiadas incógnitas sobre un sector que, pese a haber pasado en dos años de 45 entidades a poco más de 10, aún tiene muchas costuras que coser.

Los desafíos en este comienzo de curso son notables tanto en el ámbito nacional como el internacional. Sin miedo a exagerar se puede decir que empieza el curso más difícil del siglo. A las autoridades económicas hay que exigirles que allanen el camino a las empresas y las dejen actuar con diligencia en vez de complicarles la vida con ineficaces intervencionismos. Es de esperar que estén a la altura y no se dediquen, como Groucho Marx, a destruir el tren para alimentar la caldera.