COLUMNA

El totalitarismo liberal

Ahora que la crisis arrecia, observamos que de aquellos propósitos enunciados cuando las reuniones del G-20 iban a refundar el capitalismo, terminar con los paraísos fiscales, regular las transacciones financieras, exigir la identidad de los agentes, gravar con tasas esos movimientos, y toda una batería adicional de medidas en aras de aplicar lo aprendido, se ha borrado cualquier rastro. Todo se ha reducido al intento de superar la situación aumentando la dosis de la farmacopea habitual y confiando a ciegas en la omnisciencia del mercado. Se parte del postulado, resumido por Tzvetan Todorov en su libro La experiencia totalitaria (Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2010), según el cual si los hombres no se dedicaran a entorpecer el curso natural de las cosas con sus proyectos y sus planes, todo iría a mejor en el mejor de los mundos.

Este curso natural consistiría en no poner el menor obstáculo a la libre competencia y, por lo tanto, en que el Estado jamás interviniera para corregir sus posibles efectos indeseables. En línea con Hayek, vendría a decirse que lo que en el pasado hizo posible el desarrollo de la civilización fue el sometimiento del hombre a las fuerzas impersonales del mercado, gobernadas por la mano invisible de Adam Smith o por la astucia de la razón de Hegel que, en definitiva, resultan ser variantes del sentido de la historia del que hablaba Marx.

La primera cuestión a examinar es que lo que diferencia al hombre de los demás seres vivos es precisamente la capacidad que solo él tiene de proponerse fines, planes y proyectos. Pero es en el desarrollo de esa capacidad donde radica la transformación que hemos experimentado desde el estado de naturaleza hasta la situación actual. Porque son esos proyectos nuestros los que nos han permitido reducir las incertidumbres que nos angustiaban y hacer frente al azote de las inclemencias naturales. Es decir, progresar en la senda de la civilización.

En sentido contrario, el respeto al curso natural de las cosas nos habría mantenido como los más primitivos aborígenes mapuches o pigmeos. Vencer a la naturaleza ha sido invariablemente nuestro intento para mejorar las condiciones de vida. La segunda cuestión nos remite a la prescripción implícita de una nueva fe en las fuerzas impersonales del mercado, en su mano invisible, a la que deberíamos someternos en completo abandono, como reclamaba el Catecismo del padre Ripalda SJ respecto de la voluntad de Dios Nuestro Señor. En tercer lugar, debemos considerar la docilidad a los requerimientos del viento de la historia universal, frente a los cuales nos correspondería abstenernos de mostrar siquiera una mala cara. Un sometimiento del que abominaba Rafael Sánchez Ferlosio en su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

Sería el cumplimiento de lo anticipado por Bastiat, precursor decimonónico del ultraliberalismo, para quien la mecánica social ponía de manifiesto la sabiduría de Dios. Como si el mercado, al igual que Dios, no pudiera equivocarse, como si los objetivos que presenta el ultraliberalismo fueran por completo naturales. Esta perspectiva se compagina de modo pleno con la antagónica teoría comunista, cuyas propuestas teóricas vienen a ser la expresión general de relaciones efectivas. De modo que el socialismo científico de Marx y Engels, según el cual al hombre le bastaba conocer las leyes de la naturaleza para saber cuál era la dirección que debía tomar, tiene un correlato preciso en el liberalismo científico. Nos encontramos, pues, con el resultado del radicalismo sostenido por los propugnadores del totalitarismo liberal, según los cuales -como resume Todorov- el Estado solo debería intervenir para favorecer el funcionamiento de la competencia, para engrasar los engranajes de un reloj natural (el mercado).

De forma que su función sería facilitar el poder económico, no limitarlo, con la consecuencia de dejar al margen a los perdedores, auténticos desechos del sistema, condenados a la pobreza y al desprecio, culpables de su propia desgracia, sin que les cupiera el recurso a la ayuda del Estado cuyos medios se reducirían a la policía y el Código Penal. Para los ultraliberales la soberanía de las fuerzas económicas está por encima de la soberanía política, sin atender al principio originario del pensamiento liberal de que un poder limite al otro. Estemos atentos porque algunos enseñan el plumero. Vale.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista