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Columna
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Retorno a Marienbad con la restricción exterior

Este año va a pasar a la historia como el año del ajuste público. Y aunque éste no se va a completar, sí que vamos a avanzar en la corrección de su déficit, desde algo más del 9% de 2010 al 6% de 2011. Esta reducción es imprescindible si se recuerda que una parte de la necesidad de financiación de las Administraciones públicas la genera el gasto corriente. Dicho de otro modo, nuestro sector público ha estado financiando con deuda los salarios de funcionarios, la limpieza de edificios y los recibos de la luz. Y, dada una tasa de inversión pública del orden del 3,5% del PIB, hasta que el déficit del sector no se sitúe en ese valor, la diferencia con el déficit total implicará el mantenimiento de esa anomalía financiera. Es decir, pagar con deuda gasto de lo más corriente. Pero, en fin, esta es la situación, y hacia su corrección nos encaminamos.

Menos positiva es la mejora del otro desequilibrio de nuestra economía, el del sector privado. Cierto que, se argumentará, familias y empresas ya han efectuado una más que brusca mejora de sus cuentas, pasando de una necesidad de financiación equivalente al 11,5% del PIB en 2007 a ofrecer recursos equivalentes al 2,2% del PIB en el primer semestre de 2010. Y ello se ha conseguido merced a una más que notable alza del ahorro privado, desde el 14,1% al 23,3% del producto interior bruto.

Todo ello es cierto. Pero no lo es menos que el ahorro nacional, es decir, la suma del privado y público, continúa siendo insuficiente, tres años después de haberse iniciado la crisis, para cubrir nuestra inversión y la diferencia hay que obtenerla con nueva deuda externa. Y aunque también es cierto que la necesidad de financiación exterior ha mejorado sensiblemente (desde el -9,6% del PIB en 2007 al -4,5% del primer semestre de 2010), también lo es que esta brecha continúa sin cerrarse. Y las previsiones de la Comisión Europea para 2011 y 2012 tampoco apuntan a superávits exteriores, aunque sí sugieren una corrección menor (hasta el -3,5% del PIB).

Como sucedió antes de la crisis, el debate en el país, y fuera de él, se circunscribe estrictamente a los desequilibrios del sector público. En la etapa previa a la recesión, porque la transitoria mejora de las finanzas públicas puso en sordina a un descontrolado déficit exterior, generado en más del 100% por el sector privado. Y al que nadie hizo caso, justamente, porque su existencia se basaba en la presunción, claramente falsa como ha demostrado lo que nos ha pasado, que el sector privado actuaba con racionalidad en sus decisiones de préstamo y deuda. Ahora, de nuevo, parece como si todo el ajuste debiera recaer sobre el sector público, olvidando, por ejemplo, que la mejora del gasto de las familias, y la consiguiente reducción de su ahorro, implicará mayores dificultades para reducir el déficit exterior.

El lector se preguntará si no es la recuperación del consumo lo que nos conviene. Le aseguro que no. Necesitamos recuperar crecimiento en nuestra economía. Pero este debería proceder del sector exterior y, en menor medida, del consumo interno.

Y ello, porque en España, con la crisis de la deuda soberana, hemos retornado al pasado. En cierto sentido, el espejismo que generó la caída de los diferenciales de riesgo-país de España con los de Alemania en los años 2000 ha desaparecido. Y hemos regresado a nuestro conocido problema: el sector exterior, y su financiación, como estrangulamiento al crecimiento. Así, la restricción exterior, es decir, la imposibilidad de continuar endeudándonos con el resto del mundo por una cifra más allá del 3% del producto interior bruto, y que se encuentra tras todas las crisis de nuestra economía desde 1959, ha retornado.

Ahora no hay peseta que defender. Pero también sabemos que se puede convivir en un área monetaria con diferenciales de tipos de interés relativamente elevados. Si más no, por unos cuantos años. El pasado nos ha atrapado y volvemos, de nuevo, a Marienbad, como en el film de Alain Resnais. En este contexto, no preocuparse por el déficit exterior vuelve a ser, de nuevo, otro error.

Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada (UAB)

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