El debate sobre la subida fiscal

Silencio... no hablemos de impuestos

Como si se tratase del monstruo del Lago Ness, la idea de una posible subida de impuestos propiciada por las declaraciones del ministro Blanco, han tenido un gran eco mediático y han puesto en alerta a las fuerzas políticas y sociales del país, a la vez que han quebrantado la paz de un sin fin de españoles que disfrutan de sus cortas vacaciones, o la de aquellos que padecen la inacabable inactividad de un desempleo insoportable por su gravedad.

Se equivocó el ministro al citar la levedad de nuestros impuestos. Ha venido a ser como mentar la soga en casa del ahorcado en esta España de hoy, en la que escasean los buenos indicadores económicos y prima la resistencia a levantar el vuelo con la intensidad suficiente para crear empleo, mientras nos ofrece la sempiterna subida del IPC, agravando la penuria doméstica que nos asola en estos tiempos.

Y no es porque fuese desacertada su consideración. No, porque es verdad que nuestro nivel de presión fiscal (33,1%) está muy por debajo del de la media europea (39,7%), en datos referidos a 2008, pero se prestan a muy variopintas interpretaciones, como que con las recientes subidas del IVA, la supresión de la deducción de los 400 euros en el IRPF y las menos actuales subidas del tipo de gravamen sobre el alcohol y el tabaco, la presión fiscal subirá (considera el PP), o, por el contrario, que la brecha actual se ampliará más cuando se actualice al 2010, porque la recaudación fiscal se ha derrumbado a nivel superior a la caída sufrida en el PIB por la crisis y por el influjo de la debacle inmobiliaria (como precisaría el PSOE).

Sostiene el ministro, que de sus palabras no debe interpretarse que estuviese el Ejecutivo preparando una subida de impuestos, sino que constituyeron una reflexión a título particular. Podría ser así, y aunque nos parezca baladí tal consideración, basada en el do ut faces o el do ut des del derecho romano, que justifica la mayor exigencia fiscal ante el reclamo de mejores infraestructuras y mayores gastos y servicios públicos, como lo hace la media europea en la que nos fijamos al formular nuestras demandas en esta España plural, en la que cuando de recaudar se trata, parece como si tan solo el Estado gravase, mientras que a la hora del gasto, las 17 autonomías y los más de ocho mil municipios piden sin tino, con una ausencia total de lealtad institucional: como si el dinero cayese del cielo.

Así que la perogrullada, obvia en el lógico razonamiento, que habría podido caer bien si corrieran otros tiempos, soltada así, a bocajarro, ha sido cruenta, porque ni el país, ni el contribuyente están para reflexiones lacerantes, más aún si no se precisa quiénes van a ser los sufridores. El globo sonda, si de ello, se trató, vino a reventar en tan solo unas horas.

En el clamor de las quejas el PP lo ha tachado de indecente y, una vez más, que no es tiempo de subir impuestos -cierto es, pero se olvida de que cuando sí lo fue se dedicó a bajarlos con el consiguiente daño para el Tesoro público y para tiempos futuros en los que llegaría la crisis-. Entre el cortejo de réplicas, conviene valorar la de los representantes del Sindicato de Técnicos de Hacienda, que ha incluido en el debate un indicador nada baladí: que el esfuerzo fiscal en España está por encima de la media europea.

Es muy importante no omitir esta realidad, pero no debe tampoco falsearse ocultando, como han hecho algunos medios de la derecha, el sujeto de la oración con que se predicaba por dicho grupo el mayor esfuerzo económico: los trabajadores españoles. Ya que no cabe afirmarlo respecto a los rentistas, ni de las grandes compañías, ni de las SICAV, ni de los deportistas y elitistas famosos, ni de los ricos, porque si se hiciese el análisis comparativo respecto a ellos no habría más que afirmar su menor contribución al erario público en relación a la referida media europea.

De modo que mejor emplear la prudencia al hablar de impuestos, y obrar en justa correspondencia, cuando llegue su tiempo -el de la elaboración presupuestaria-, actuando, entonces, con la equidad que conlleva exigir mayor solidaridad a los privilegiados, que al fin y a la postre son los que gozan de un mayor utilitarismo financiero y no sufren el menoscabo de la crisis, mientras disfrutan de la soportable levedad de una beneficiosa presión fiscal.

Francisco Poveda Blanco. Catedrático de Economía Aplicada