TRIBUNA

Proyecto Europa 2030: un informe alarmante

Con el principio de este siglo se empezó a especular sobre la finalización de lo que conocíamos como ciclos económicos. La economía crecía en la mayor parte del mundo y este crecimiento parecía no tener límites. Estamos comprobando, en la actualidad, que ese pensamiento era una quimera y la existencia de ciclos en economía parece fuera de toda duda. Lo mismo ocurre con la historia y, muy particularmente, con la de Europa. El proceso de integración europea ha vivido medio siglo de éxitos continuados, tan sólo empañados por las consecuencias de algunas crisis económicas o la falta de liderazgo político que en determinados momentos crearon bolsas de euroescepticismo y una cierta euroesclerosis en el avance del proceso. Pero, en su conjunto, el objetivo marcado por los padres fundadores ha cabalgado victorioso.

Recordemos que entre las razones expuestas por Schuman, Monnet o De Gasperi para trabajar por la unidad europea se encontraban la recuperación del potencial económico y de la hegemonía política europea en el mundo. Todo ello en el marco del respeto de unos valores propios y comunes.

Nadie puede poner en duda que estos objetivos han sido conseguidos, la Unión Europea es la mayor economía mundial, su modelo de economía social de mercado, al igual que su proceso de integración es ampliamente admirado y desde la perspectiva estrictamente política nos hallamos entre las regiones más poderosas del mundo.

Sin embargo, coincidiendo con la mayor crisis económica de los últimos 60 años, parece que nuestro ciclo de crecimiento económico y de recuperación política está situado en una peligrosa pendiente que sólo una actuación decididamente en favor de la profundización del proceso de integración podrá cambiar su signo. Este es el mensaje que el Grupo de Reflexión sobre el Futuro de la UE en 2030, presidido por Felipe González, ha presentado al Consejo Europeo.

El informe señala la intranquilidad que produce el entorno que rodea a la Unión y a sus ciudadanos: crisis económica global, envejecimiento demográfico, pérdida de competitividad, cambio climático, dependencia energética, terrorismo, crimen organizado, etc. Evidentemente, el peor de los decorados para un escenario que quiere mirar hacia el futuro.

El informe es alarmante pero ofrece soluciones que pueden llevar a Europa a preservar y aumentar sus niveles de prosperidad en ese mundo cambiante.

El informe va dirigido a los presidentes y jefes de Estado europeos pero nos concierne a todos. En él se nos advierte que volvemos a tener ante nosotros un reto tan importante como el que tuvieron que afrontar en los años cincuenta aquellas generaciones que acababan de salir de un conflicto bélico. Nos encontramos en un punto crítico de nuestra historia y si no reaccionamos, la alternativa, como señala el informe, es convertirnos en una península occidental del continente asiático, cada vez más insignificante.

La UE debe asumir más responsabilidad en la escena mundial. La UE debe entenderse como un multiplicador de poder que ayuda a los Estados miembros a alcanzar objetivos que no conseguirían de otro modo. Para ello debemos apostar por un tránsito hacia la sociedad del conocimiento, el esfuerzo por mejorar la eficiencia económica y elevar las capacidades de la población. Estos objetivos deben completarse con medidas activas para hacer frente al desafío demográfico (se necesitarán 100 millones de inmigrantes), a la dependencia energética (60% de nuestras necesidades) y al cambio climático, convirtiendo lo que hoy son problemas en oportunidades de desarrollo económico y social.

El mensaje es claro, los Gobiernos nacionales han de percibir que, en un mundo cada vez más interdependiente, sus intereses serán mejor defendidos en el plano europeo que en el plano nacional. En consecuencia, la pregunta es: ¿hay políticos con suficiente altura, capaces de darle la vuelta al nacionalismo para fortalecer el europeísmo, cuando todavía suenan en nuestros oídos las recriminaciones al Gobierno español por haberse sometido al directorio europeo? Ni los optimistas tenemos razones para el optimismo, aunque, eso sí, nos negamos a ser pesimistas. ¡Faltaría más!

Agustín Ulied. Profesor del Departamento de Economía de ESADE (URL) y Miembro del Team Europa