COLUMNA

¿Hemos entendido el problema?

Reconozco que es una pesadilla que me acompaña hace ya muchos meses. Pero, como un mal sueño, me he acostumbrado a considerarlo como un riesgo potencial sólo materializable a largo plazo. Y ya saben lo despreocupados que podemos ser los seres humanos cuando se combinan estos dos factores: largo plazo y potencial riesgo. Mejor enfocarnos en el corto plazo, donde la certidumbre es mayor para un escenario positivo.

¿Qué cuál es la pesadilla a la que me refería antes? El deterioro de las finanzas públicas y creciente endeudamiento. ¿De dónde viene? De la mayor crisis financiera de nuestra historia reciente, de la mayor crisis económica desde los años veinte del pasado siglo y del mayor esfuerzo en política fiscal que se recuerde. Superada la recesión económica, reconducida la crisis financiera sólo resta enfrentarse a la normalización de la política económica. Pero, ¿cómo hacerlo? Con el tiempo. Sí, todos pensábamos que teníamos tiempo. De hecho, era más bien una excusa que una argumentación: el esfuerzo fiscal para reconducir el déficit es tan brutal que ningún gobierno lo podría asumir a corto plazo. Sí, con el tiempo. Confiando en que la recuperación económica lo podía facilitar. Pero ya sabemos todos que el ciclo alcista que iniciamos será de crecimiento débil e irregular. Una buena parte de los ingresos perdidos son irrecuperables. Quedan los impuestos y reducir el gasto. ¿En un entorno de elevado desempleo y crecimiento titubeante? Sí, mejor dejarlo para el futuro.

Mientras, a corto plazo la recuperación era un hecho. La subida de los mercados certificaba su progresiva normalización, aunque era más evidente en el precio de los activos que en su liquidez. Bien, otra vez cuestión de tiempo. ¿La inflación? No hay problema. Y todo ello permite que la política monetaria siga siendo expansiva mientras mejora lentamente el crédito. La Crisis bancaria no está superada, pero la mejora de los mercados permite que las entidades financieras tengan tiempo para acometer sus ajustes. De nuevo, e tiempo se convierte en un aliado valioso para que vayamos superando nuestra desconfianza. La confianza es clave para los agentes económicos: inversores y consumidores. Sobre la confianza se asientan las expectativas que permiten aumentos del gasto y de la inversión. Y la Crisis que acabamos de pasar era también una crisis de confianza. La confianza sobre la gestión de las autoridades, gobiernos y bancos centrales, fue clave para superar la desconfianza sobre la banca y mercados financieros.

Y en esto surge Grecia. Grecia es un país pequeño en la zona EUR. No es el país desarrollado que ha precisado ayuda internacional. Pero es el primero que la pide dentro del área. La zona EUR es un conjunto de países que disponen de la misma moneda, aunque no de una política fiscal única. En un escenario de fuerte crecimiento económico no hay problema. Incluso en un escenario de recesión normal, limitada y temporal, es asumible esta descoordinación fiscal. Pero, la recesión actual como he comentado antes ha supuesto un deterioro de las finanzas públicas sin precedentes. Al mismo tiempo, el escenario de recuperación futura será lento y débil. Y la zona EUR no tiene mecanismos creados para compensar los desequilibrios económicos entre países. Grecia pide ayuda, pero no hay un mecanismo creado para dársela. El impulso inicial para crear la EMU fue político. Y ha sido la voluntad política la que ha permitido su desarrollo desde la creación del Mercado Común Europeo a mediados del siglo pasado. Pero en estos momentos algunos gobiernos parece subordinar el factor nación al factor europeo. Estamos hablando de gobiernos sin mayoría, en coalición, agobiados por el elevado desempleo y el deterioro de sus finanzas públicas. La primera respuesta a los problemas de Grecia fue de apatía. La segunda, de interés forzado. Sólo cuando se comienzan a calibrar las consecuencias en términos de desconfianza sobre la EMU y sobre la situación fiscal de otros países, un verdadero efecto dominó, se produce la esperada respuesta de ayuda. Estamos hablando de tres meses de negociación que muestran las fisuras de fondo de la EMU. Hablamos ya de un Problema europeo.

Pero hoy ha pasado a ser un Problema mundial. El ECB ha decepcionado en su reunión mensual. No porque se esperaran medidas contundentes para contrarrestar la nueva crisis de confianza. Pero sí se esperaban indicios de sensibilidad ante el fuerte deterioro reciente de los mercados. Y disposición a combatirlo si va a más. Por el contrario, el presidente de la autoridad monetaria nos ha hablado del objetivo de inflación y de la necesidad de mantenerse alerta para cumplirlo. Demasiado para un mercado, el de deuda pública, dominado por los rumores y el pánico. Las bolsas, como mercado líquido, ha seguido bajando con fuerza para que unos inversores cada vez más desconcertados reduzcan su cartera de riesgo. La Crisis de deuda pública es europea; pero el Problema es mundial. El desplome de Wall Street hoy probablemente ha tenido su razón de ser en un error informático o humano. Pero, en el fondo, tiene como caldo de cultivo un deterioro repentino del escenario positivo ante un riesgo potencial de largo plazo traído a valor presente. Parece muy complicado, aunque en el fondo es sencillo. Terriblemente sencillo.

José Luis Martínez Campuzano. Estratega de Citi en España