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Celestino Corbacho

A fuerza de tesón

Las ayudas a los parados, la reforma laboral o el diálogo social han colocado al ministro de Trabajo en el ojo del huracán al inicio del curso político.

Extremeño de nacimiento y catalán de adopción, Celestino Corbacho (Valverde de Leganés, Badajoz, 1949) es un hombre de reconocida afición a los largos paseos, un caminante que ha hecho camino al andar a lo largo de toda su vida. Hace casi año y medio fue nombrado ministro de Trabajo e Inmigración, cargo al que accedió avalado por cuatro reelecciones como alcalde de Hospitalet de Llobregat -segunda ciudad de Cataluña- que gobernó durante 14 años. A los pocos meses como ministro, la crisis empezó a sobrepasar el discurso del Gobierno, con la destrucción de empleo es cifras descontroladas, y Corbacho se vio catapultado a la primera línea de la batalla política por minimizar el efecto de la recesión. Tarea difícil.

En su entorno aseguran que sigue siendo el mismo a pesar de que su vida ha dado un giro de 180 grados con su traslado a Madrid. Oriundo del interior, aunque no por ello menos mediterráneo, le gusta bromear con su apego por la vida cerca del mar. Entre las costumbres que ha perdido están, además de los paseos por la playa, el contacto directo con su conciudadano, que en Hospitalet le permitía tomar el pulso a la ciudad. Después de todo, en año y medio ha pasado de ser un alcalde popular a un ministro en la picota tras el fracaso en julio del diálogo social. Pero su tesón es su fuerza, y afronta el otoño intentando recomponer la negociación con los agentes sociales. A tal fin, esta semana ha dado un salto de gigante al abrir la puerta, aunque tímidamente, a una reforma laboral. Algo descartado hasta ahora.

Corbacho encarna el paradigma de político hecho a sí mismo. Sin estudios superiores, ha dejado escapar pocos trenes en su vida. Nació en el seno de una familia de jornaleros que emigró al norte escalonadamente. æpermil;l siguió los pasos de sus hermanos mayores, que ya habían emigrado a Barcelona, a la edad de 14 años, y más tarde se sumarían padres.

Pronto encontró su primer empleo en la capital catalana como aprendiz en una imprenta. Trabajador incansable, poco después se establecería en Hospitalet, donde aún hoy se encuentra su casa. En 1976 se afilió al PSC, y desde entonces ha ostentado diversos cargos públicos, entre ellos el de diputado en el Parlament por dos legislaturas o la presidencia de la Diputación de Barcelona.

Pero su amplia experiencia en lo local no le ha salvado de las suspicacias en torno a su solvencia como responsable de Trabajo en los tiempos que corren. Núria Marín, actual alcaldesa de Hospitalet y estrecha colaboradora de Corbacho en su etapa en el consistorio, cuenta que el ministro se crece ante las adversidades. A pesar de contar con un alto grado de aprobación de su gestión entre los ciudadanos, en Hospitalet no siempre lo tuvo fácil. Accedió al puesto de primer edil en 1994 tras la dimisión de su antecesor, y cuando fue reelegido en los comicios del año siguiente, la oposición criticó duramente el ambicioso proyecto de ciudad que Corbacho había esbozado en su programa por estar demasiado alejado de la realidad. Hasta hicieron circular un cómic que satirizaba los planes del futuro alcalde.

Pero era el Hospitalet con el que Corbacho soñaba, y al final, consiguió que muchos de esos grandes proyectos cristalizaran. Sin prisa ni pausa, consiguió culminar la mayor transformación de la historia de la ciudad, como la propia Marín reconoce. Algunos de ellos con especial relevancia para la vecina Ciudad Condal, como la urbanización de las 200 hectáreas al sur de la Gran Vía que Corbacho impulsó en los 80 siendo responsable de urbanismo, en un espacio que hoy alberga la Feria de Barcelona.

La competencia con Barcelona nunca fue un obstáculo para Corbacho, que puso en marcha el desarrollo de la ciudad sin necesidad de ningún gran evento, como le gustaba resaltar, en referencia a la Expo y las Olimpiadas.

Sus reconocidas dotes de negociador le sirvieron en esos años para sacar adelante proyectos que por tamaño necesitaron la cooperación de otras administraciones. Los que trabajaban con él entonces cuentan que, sobre todo, sabe convencer. Ahora, sentado en la mesa de un diálogo social roto, tiene ante sí el reto de restablecer las bases para que la negociación prospere.

Según un miembro de su equipo actual, Corbacho es muy consciente de que los focos le iluminan y, a pesar de la presión que va con el cargo y de la agenda mediática, distingue bien entre cuáles son sus responsabilidades y las que no lo son. De fuertes principios ideológicos, nunca el pragmatismo de la gestión le ha llevado a tomar decisiones por motivos ajenos a los que se metió en política, allá por los años setenta. Esta fidelidad a sí mismo, que también se refleja en su carácter y en su forma de comunicarse, le ha jugado a veces malas pasadas. A la hora de decir las cosas es serio, claro y directo, en público y en privado. En la reflexión, es realista e intuitivo. Con ese estilo ha llegado hasta donde está y no parece dispuesto a cambiarlo.

Poca gente de su entorno olvida destacar de Corbacho su persistencia. Si no sale airoso del reto que le ocupa, no será porque le falten horas de dedicación. Como dice un conocido suyo, si los ministros de este país tuvieran que examinarse, Corbacho pasaría con nota. Como cuando llegó al cargo en Hospitalet, ni las críticas ni las dudas le han arrugado. Dicen que con los años ha ganado seguridad en sí mismo, y que sabe perfectamente cuál es su papel. Entre todo el descrédito que la gestión de las medidas anticrisis está suscitando dentro y fuera del Gobierno, es indudable que queda un largo camino por recorrer. Resta por saber hasta dónde llegará el caminante Corbacho, si pecará de prisa o de pausa, qué sueña ahora el ministro y si, en esta ocasión, se hará realidad.

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