EDITORIAL

Riesgo y rentabilidad en las inversiones

El riesgo es una variable intrínseca a la inversión, incluso a la más conservadora que configuran los depósitos tradicionales. Lógicamente se mueve en relación directa a la rentabilidad esperada, lo que obliga a todo inversor a conocer las consecuencias que puede tener la búsqueda de un retorno muy elevado para su dinero antes de tomar una decisión. La directiva Mifid que entró en vigor en 2007 va encaminada precisamente a ayudar a los inversores particulares a desenvolverse con mediana soltura ante los comerciales de las entidades bancarias. De hecho, obliga a las redes de oficinas bancarias a explicar en detalle a cada inversor qué productos pone a su disposición y a asegurarse de que ha comprendido los riesgos que asume en cada producto.

Pero el riesgo generado por la renta variable en los últimos trimestres, con descensos en los índices de más del 50% desde los máximos cíclicos de 2007, y la quiebra encadenada de bancos honorables en EE UU han metido el miedo en el cuerpo a los inversores más experimentados y han corregido las conductas del dinero en los últimos meses. Hasta el punto de que el refugio en los productos más tradicionales, considerados más conservadores, ha sido masivo y ha sido incluso utilizado por la red bancaria para garantizar su liquidez y sus compromisos de financiación en principio, y para reforzar sus estándares de solvencia, después.

Por ello, nadie está ajeno a cometer errores por muchos conocimientos que tenga sobre los fundamentos clásicos de la inversión. Tener claros los objetivos que se persiguen con una decisión de inversión en una oficina, solicitar por escrito todos los compromisos que adquiere banco y cliente, saber las condiciones reales de rescate del desembolso, quién responde finalmente si fracasa el producto y no comprar aquello que no se entiende deben ser máximas revisadas antes de tomar la más mínima decisión.

La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha extremado el celo en la vigilancia de los productos en los últimos tiempos para evitar desengaños en los pequeños inversores, tanto con disposiciones públicas sobre la claridad de los productos como endureciendo las condiciones que exige a las entidades financieras en la emisión de sus productos. La vigilancia se pone especialmente en aquellos productos que venden las redes bancarias que pueden camuflar bajo la cándida apariencia de depósito tradicional, enrevesados instrumentos de financiación de difícil rescate y de rentabilidad no siempre garantizada. Es el caso de las preferentes a las que de manera masiva están acudiendo sobre todo las cajas de ahorros en las últimas semanas: aunque anuncian un jugoso retorno, su rentabilidad depende de los resultados de la entidad, no existen garantías de rescate sin pérdida, no hay red de garantía pública en caso de quiebra del emisor y su orden de prelación en caso de bancarrota es el último.

Algunas entidades sistémicas, que en buena lógica pagarán siempre caiga quien caiga, están utilizando estos instrumentos arriesgados para reforzar sus ratios de solvencia, y de manera secundaria sus flujos de liquidez. Las remuneraciones son muy atractivas en los primeros años de vida del producto, hasta un 8% que sería suficiente para catalogarlo como bono basura, y en muy pocos casos dan un cupón que pueda ser comparable al de un activo con grado de inversión.

Pero buena parte de los inversores pueden empezar a mirar a la Bolsa para satisfacer sus ambiciones. El debate en torno a si la actividad económica ha tocado ya fondo se reproduce también en el mercado de la renta variable. Es creciente el número de analistas que estiman que los mínimos cíclicos ya los ha tocado el mercado, aunque cuestionan la solidez del rebote desde mínimos, dado que la debilidad de la economía aún no se ha reflejado en las cuentas de las compañías cotizadas.

En todo caso, los niveles de los índices siguen siendo atractivos para el largo plazo y los precios de determinadas compañías ofrecen descuentos muy apreciables, se mire para el dividendo o para la plusvalía. Los Gobiernos han puesto mucho dinero en la mesa que tendrá reflejo en la recuperación económica, si bien tendrá también un coste en inflación y tipos de interés en el medio plazo, puesto que todas las políticas de gasto terminan pasando la factura. Además, el sistema bancario ha desplazado ya los fantasmas de la quiebra sistémica. Están, pues, puestos los cimientos para la recuperación de los precios de las cotizadas. Aunque se levantarán más lentamente que en el pasado.