COLUMNA

Compartir el sufrimiento

Fusión de iguales' suena tan fácil. Si dos compañías tienen más o menos el mismo valor, ¿qué hay que discutir para convertirla en una sola? Acuerdan un cambio accionarial y ambas partes de repente cosechan los beneficios de escala y de ventas cruzadas. El fracaso de las negociaciones de fusión entre British Airways y la australiana Qantas sugiere que las discusiones llegan a ser mucho más duras.

Las aerolíneas podrían no acordar los términos fundamentales, pero los puntos principales eran apenas excepcionales. Control, valoración y localización de la oficina principal estaban en disputa. Algunos acuerdos estaban casi a punto -en el déficit de los fondos de pensiones de BA y una estructura dual que era acorde a las normas de los propietarios de la aerolínea australiana- pero no hubo bastante ímpetu para lograr el acuerdo.

Habría sido probablemente más fácil en tiempos más estables. Entonces los gestores están más seguros acerca de las sinergias y menos dubitativos sobre el valor de los posibles socios. El instinto animal está más alto, aportando la energía requerida para superar conflictos.

Este acuerdo fallido no es necesariamente un desastre para los accionistas de BA y Qantas. BA puede aún hacer algo con la española Iberia mientras que Qantas puede buscar compañías regionales menos ambiciosas en Asia. Un amistoso accionista a tres bandas -British Airways, Iberia y Qantas- podría finalmente llegar.

Pero el fracaso de esta sensata potencial fusión sugiere que costará concertar otros acuerdos. Los banqueros de inversión han estado prediciendo una oleada de fusiones: el fuerte opando al débil y el débil apiñándose para darse calor. Los banqueros esperan que las compañías renuncien a las primas en efectivo que estaban fácilmente disponibles durante el boom crediticio.

Puede todavía suceder. Una recesión puede concentrar voluntades y un acuerdo perdido no significa que la venta de todo el capital no pueda negociarse. De hecho, las transacciones de todas las acciones son la manera natural de estructurar fusiones, pero en momentos más amigables para el crédito. Pero un parto natural es a menudo también la forma más dura.

Por Christopher Hughes

El plante de Deutsche Bank

Deutsche Bank ha roto una promesa tácita. Fracasó en la emisión de 1.000 millones de euros en bonos que los inversores esperaban para cobrar. En su defensa, dijo que el alto precio de la deuda en el mercado hizo refinanciar el poco económico bono. La decisión es perfectamente racional. Pero la racionalidad no hará mucho para aplacar a los enojados inversores.

El bono en cuestión era rescatable. Los bancos de todo el mundo han emitido 420.000 millones de dólares de este tipo de papel, según Dealogic. Los reguladores consideraron que la emisión era del tipo Tier 2, una medida secundaria de solidez basada en vencimientos a largo plazo, habitualmente a 10 años. Pero los inversores, que esperan que emitiera bonos pronto, generalmente después de cinco años, se conformaron con un más bajo interés que el normal en la deuda a 10 años

Estos valores de confianza no habían fallado a los inversores. Los bancos suelen pagan sus bonos pronto y refinanciarlos con nuevos, incluso cuando tenía sentido más financiero no hacerlo. Deutsche está pagando por encima del 4% en su controvertida emisión de 1.000 millones de euros. Un cambio podría costarle alrededor del 7%, 30 millones al año.

Los tenedores de tales bonos ahora afrontan dos problemas. Primero, los precios se están desplomando un 10% por el largo plazo. Segundo, algunos tenedores se están refugiando en la liquidez. Seguros y fondos están buscando otros activos. Algunos fondos monetarios habían comprado bonos pues pensaron que su vencimiento estaba cercano. Pero ahora se plantean optar por deuda a corto plazo.

Los inversores que suscriban a corto plazo sólo pueden culparse a ellos mismos. Es ingenuo pensar que con el banco refinanciando con tipos a niveles dolorosos (de llorar), éstos vayan a emitir bonos. Si los accionistas no piden que se ponga fin a la práctica, los reguladores aprobarán la emisión. Deutsche ha hecho lo correcto.

Si tan sólo la ventaja es su propia recompensa. El jueves, algunos inversores de renta fija se les sugirió que no compraran los bonos a largo plazo de Deutsche. Otros incluso amenazaron con boicotear las emisiones en que apareciera como subscriptor. Lo más seguro es que fuera palabrería. Pero Deutsche debe cuestionarse su decisión de anteponer la economía a su reputación.

Por John Foley