COLUMNA

¿Cuál es el precio de la gloria?

Bernard Madoff puede quedar como uno de los mayores defraudadores de la Bolsa de todos los tiempos. Pero incluso si las pérdidas del esquema de pirámide financiera o Ponzi del gestor de Nueva York alcanza los 50.000 millones de dólares -según las propias estimaciones de Madoff- sigue siendo un jugador de importancia menor en el actual colapso del mercado.

La capitalización de los mercados de valores mundiales ha caído 26 billones de dólares desde julio, según la World Federation of Exchanges. A esa destrucción del valor, los 50.000 millones de Madoff añaden un casi insignificante 0,2%. En EE UU, la pérdida legítima desde máximos es de 8 billones, así que el fraude de Madoff aumenta el sufrimiento americano en sólo un 0,6%.

Pero no todos los 50.000 millones de dólares son semejantes. Para Lehman Brothers, cuya capitalización de mercado tuvo una vez esa cantidad, la suma apoyó un balance muchas veces mayor. Para Madoff, el efecto de la pérdida será magnificado de una manera diferente -afectando a la confianza con la que se construyen los mercados financieros-. También muchos Madoffs y el conjunto financiero podrían derrumbarse.

No obstante, las malvadas maneras de Madoff no han cosechado tanta atención sólo porque sus prácticas pudieran sentar un precedente siniestro. Hay algo fascinante en la manera en que los estafadores -esos criminales raros que inspiran y traicionan simultáneamente la confianza- pueden cautivar a los incautos y por lo demás sabios inversores.

El drama psicológico de hombres estafados ha embelesado a muchos escritores: Herman Melville, Charles Dickens, Thomas Mann o John le Carré. Los autores, como los primos, han sido a menudo seducidos por la capacidad casi magnífica de los defraudadores para sacar ventaja de la debilidad humana.

En retrospectiva, Madoff parece todo menos magnífico -más como un conspirador, o quizás un hombre insensato atrapado en una maraña de mentiras que se extiende rápidamente-. Pero durante muchos años, pudo encantar a mucha gente rica que debería haberle conocido mejor.

Esa capacidad -y el nivel de las víctimas- significa que el papel pequeño de Madoff en la crisis financiera podría trasladarse fácilmente a una película importante. Un director inteligente dará a la audiencia la satisfacción de ver al bandido desenmascarado y castigado. Pero la película es probable que perdure en los años de gloria deshonesta. El engaño es peligroso, pero viene con cierto glamour.

Por Edward Hadas.

Madoff está como una cabra

En la presunta estafa de 50.000 millones de dólares cometida por Bernard Madoff han perdido dinero dos tipos de instituciones: los que invirtieron con él, y los que prestaron dinero a sus inversores. La locura de los prestamistas es aún más impresionante que la de los inversores.

BNP Paribas, HSCB y Royal Bank of Scotland están tragándose pérdidas después de ofrecer préstamos con garantía a fondos 'feeder' (utilizados a su vez para apalancarse) de Madoff. ¿Cómo estos fondos han llegado a operar en un mercado ligeramente turbio? A pesar de que técnicamente no formaban parte de la operación de Madoff, estaban bajo el paraguas de su gestora.

Los bancos miraban los aparentes beneficios fijos de estos fondos, cuando extendían préstamos, y estaban dispuestos a prestar dinero contra ellos de garantía con un mínimo recorte del 10%. Si todos los activos se han esfumado, como parece, no sólo los inversores están secos. Tampoco parece haber garantía para los bancos.

Los accionistas de los bancos se preguntan cómo ha podido ocurrir. La respuesta es que los bancos pensaban que tenían una buena garantía, que los fondos eran buenos, con activos muy líquidos, pero se trataba de una ficción.

Uno piensa que los bancos podrían haber comprobado las garantías que ofrecían estos fondos. Pero en cualquier caso, Breakingviews ha aprendido que el subguardián -la entidad contratada por el guardián principal para velar por la seguridad de estos fondos- era el mismo Madoff.

Cómo han llegado los bancos a cometer un error tan elemental es de momento un misterio. Sin embargo, una pista asoma en el hecho de que ninguno de los primos conocidos hasta ahora tiene gran peso en la industria de valores. Es probable, por tanto, que no supieran lo que estaban haciendo.

Por Hugo Dixon y George Hay.