TRIBUNA

6.666 millones

La población mundial acaba de alcanzar los 6.666 millones de habitantes (6.666.781.343, exactamente, si utilizamos como fuente el International Programs Center de la Oficina del Censo de los Estados Unidos). La humanidad ha llegado a tan simbólica cifra en medio de profundas y crecientes desigualdades sociales, demográficas, de calidad de vida, de oportunidades, de acceso a la educación y a la sanidad y, en suma, de perspectivas de futuro. Desigualdades también en cuanto al acceso a los bienes de consumo básicos (agua, alimentos...), en un contexto de crisis ambientales (desertización, cambio climático, catástrofes -cada vez menos- naturales) más devastadores cuanto más pobres y más vulnerables económicamente son los países en los que, con menor intervalo de tiempo, se suceden (la reciente crisis humanitaria de Birmana, con más de 100.000 muertos y millones de damnificados, es el ejemplo cercano).

Pero es, sin duda, la profunda sima económica entre unos y otros habitantes del planeta la que más inquietantemente llama la atención. Solo dos datos: las dos personas más ricas del mundo acumulan más recursos económicos que la suma del PIB de los 45 países más pobres; segundo dato: la mitad de la población del planeta (esto es, 3.333 millones de seres humanos) tan solo posee el 1% de la riqueza del mundo. El mundo que viene aparece marcado por una urbanización galopante, desenfrenada, caótica... que lleva en la actualidad a que 1.000 millones de humanos vivan en condiciones de miseria y marcados de por vida por la pobreza, las enfermedades emergentes, la discriminación, la criminalidad, la falta de perspectivas sociales y unos niveles de hacinamiento insoportables (el 50% de la población urbana del planeta vive en el 3% de las tierras emergidas).

En relación a la alimentación 1.000 millones de personas soportan enfermedades infecciosas ligadas a la subalimentación y a la pobreza, en tanto que en el extremo social contrario otros 1.000 millones se ven afectados por enfermedades crónicas ligadas a la sobrealimentación y la opulencia (enfermedades degenerativas: cardiopatías..., sociopatías). A las brechas sociales (demográfica, económica, social) se suma así la epidemiológica y la alimenticia.

La crisis alimenticia en el mundo, iniciada en 2006 y acelerada en los últimos meses hasta extremos críticos, se explica por cuatro factores: la competencia que los biocarburantes está provocando en relación a algunos productos (maíz, cereales...), el incremento de la demanda, la escasez motivada por la caída de las cosechas y consiguientemente el elevado precio de los alimentos, todo ello en un contexto mundial que algunos autores definen como agflación, contracción de las palabras agricultura e inflación).

A estas causas hay que sumar la estanflación a escala planetaria (o situación en la que coexisten -y realimentan- alta inflación y bajo crecimiento) que tendrá unos efectos demoledores para cuatro de cada diez habitantes del planeta: son los que suman los 1.000 millones de 'muy pobres' y los 1.600 millones de pobres. Este segundo grupo ocupa solo el primer peldaño de 'la escalera del desarrollo' de la que Jeffrey D. Sanch en afortunada metáfora nos habla en su libro -obligada lectura- El fin de la pobreza. Los 1.000 millones de 'muy pobres' ni siquiera 'pueden colocar el pie en el primer peldaño de la escalera y, por ello, no pueden empezar a subirla para salir de la pobreza' en palabras del prestigioso economista citado.

El mundo afronta una de las crisis más profundas de su historia. El ideograma chino que equivale a 'crisis' está compuesto de los trazos 'peligro' y 'oportunidad'. En Occidente la palabra crisis etimológicamente entronca con el griego y su significado sería 'decisión'. En esta tríada de conceptos ligados peligro/oportunidad/decisión se ha de apoyar una respuesta que no puede hacerse sino a escala planetaria (como señala el ingeniero del MIT Amy Smith, en este contexto, 'the difference between nothing and something is everything' (la diferencia entre la nada y algo lo es todo).

A ocho años de la fecha propuesta por las Naciones Unidas para alcanzar los ocho Objetivos del Desarrollo del Milenio (ODM) (www.un.org/millenniumgoals/) nos acercamos a éstos pero a un ritmo mucho más lento del esperado en el momento que se formularon (2002) mientras que los países más pobres (Haití, Afganistán y la mayor parte de los países subsaharianos) o no han experimentado mejoras o se alejan de ellos.

La mitad de la Humanidad se desliza hacia el abismo social y económico y amenaza con arrastrar a la otra mitad al mismo destino. Dar respuestas desde la política, desde la economía y desde la ciencia y la innovación a estos crecientes problemas debería ser una cuestión de justicia social y de solidaridad pero los países más desarrollados tal vez solo seamos capaces de entenderlos si la crítica situación actual la planteamos en clave de supervivencia global.

Catedrático de Geografía Humana y director del Departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria

Las dos personas más ricas del mundo acumulan más recursos económicos que la suma del PIB de los 45 países más pobres del mundo