ANÁLISIS

Los incendios se apagan en invierno

Los incendios estivales se apagan en invierno. Cuando un verano viene seco y ventoso, los telediarios de agosto suelen ser una suerte de parte de guerra de hectáreas quemadas, reservas naturales amenazadas, daños materiales y, en ocasiones, víctimas humanas. Es entonces cuando, preguntados por el motivo de tanto incendio, y más allá de la racha de viento seco de tal o cual componente, el alcalde del pueblo o el guardia forestal o el bombero con la cara requemada responde: 'Los incendios se apagan en invierno'. El cuidado del bosque es la única forma eficaz de evitar que los incendios degeneren en catástrofes. Desbrozar y limpiar de mala hierba la masa forestal y mantener cortafuegos en buen estado son los mecanismos que permiten al bosque crecer sin verse sujeto al riesgo de fuegos devastadores. Porque el bosque puede, obviamente, crecer sin que pase por él la mano del hombre; de hecho ese es su estado natural. En un mundo ideal, el estado ideal del bosque sería salvaje.

Pero el mundo no es ideal; de hecho está bastante alejado de cualquier ideal utópico, por más bienintencionado que sea. Si la mano del hombre no se ocupa de los árboles en invierno, será otra mano del hombre la que provocará el incendio en verano, y eso es inevitable. No se trata de pensar cuál sería el estado perfecto, sino de minimizar las consecuencias de cómo son las cosas en el mundo real.

La metáfora, no particularmente sutil, es aplicable a casi todos los aspectos del ámbito económico. El inversor que se ha quedado atrapado de lleno en la crisis bursátil poco puede hacer ahora, y quizá esté pensando por qué no diversificó más su cartera. El hipotecado que sufre el alza del euríbor habría debido pensar en la deuda que puede asumir pensando en que los tipos suben, algo que deberían haber hecho también algunas empresas endeudadas. En un plano más general, los mercados financieros no vivirían una crisis crediticia de tales dimensiones si durante la época de vacas gordas los bancos hubiesen guardado unos ciertos criterios de prudencia o los supervisores les hubiesen conminado a ello. Y la economía española, con toda seguridad, no sufriría tanto los embates de la crisis crediticia e inmobiliaria si empresarios y administraciones se hubiesen esforzado más para reducir la dependencia de un sector de productividad baja y sometido a los ciclos. Pero ese tiempo ya pasó; ahora es verano, y los incendios ya no se pueden prevenir.