El fin de un ciclo

El gran fiasco de la alquimia financiera

Wall Street se dejó embriagar por una burbuja en el mercado de la vivienda. Todo iría bien mientras los precios subieran. Y así fue, hasta que bajaronEn portada: el fin de un ciclo.

La propiedad de una vivienda es el corazón del sueño americano'. Con esta frase, el presidente George Bush introdujo en 2002 lo que se llamó 'El reto de la propiedad', una serie de medidas encaminadas a acabar con las diferencias en las tasas de propiedad que había entre la mayor parte de la población y las minorías de EE UU. Eran cuatro medidas concretas para este programa que se encuadraba en su plan económico y social de la 'Sociedad de Propietarios'.

Desde entonces y hasta 2006 muchos ciudadanos, minorías o no, alcanzaron este sueño americano. No fue tanto por las medidas de la Casa Blanca como por el hecho de que Alan Greenspan bajó agresivamente los tipos de interés para acabar con la breve recesión de 2001: la liquidez comenzó a fluir y los alquimistas de Wall Street idearon la manera de ganar dinero en el sector inmobiliario.

Hoy, un año después de que estallasen las primeras costuras de este sistema puesto en marcha a principio de la década, es inevitable tener una sensación de déjà vu al examinar, con la perspectiva que da el tiempo, un fenómeno que no deja de deprimir a los mercados y a la economías. Esta crisis que empezó con el colapso de las hipotecas de alto riesgo, subprime, tiene algunos elementos de las más recientes.

Los bancos hicieron más hipotecas para saciar el apetito del riesgo

Recuerda, en cierta medida, a la que se desató con la explosión del Long Term Capital Management, en 1998, porque en ella jugó un relevante papel el alto apalancamiento y elevado riesgo con los que operaba este hedge fund. La Reserva Federal tuvo que intervenir y con la excepción de Bear Stearns, que no quiso, la banca acudió a su rescate para evitar males mayores en los mercados. En esta crisis el crédito se ha volatilizado y el mercado está preso de shocks que ya han acabado con una firma de Wall Street. Ironías de la historia, esta vez fue Bear Stearns quien el pasado marzo vio su liquidez evaporada y tuvo que ser rescatada por la Fed y JPMorgan.

También tiene un cierto parecido con la crisis puntocom de 2000. Entonces en Wall Street se hablaba de un 'nuevo paradigma', y a la hora de valorar las empresas de nueva creación se obviaban los manuales de los analistas de riesgos de toda la vida. Compañías que apenas tenían mercado aún, nunca habían tenido beneficios (a veces, tampoco forma aparente de conseguirlos), recogían las más altas recomendaciones de los analistas. Amazon fue el ejemplo más llamativo. La empresa daba sus primeros pasos con lógicas pérdidas pero Henry Blodget, de Merrill Lynch, dijo que las acciones llegarían a los 400 dólares. Como ocurrió. Brevemente.

La falta de diligencia y cuestionable innovación por parte del sector financiero también se dio en el caso de las hipotecas subprime.

Este crédito era de alto riesgo y tenía como misión proveer de liquidez a quienes normalmente no cualificaban para este tipo de préstamos. El calculado riesgo asumido por el banco lo pagaba el deudor con intereses más elevados que las hipotecas normales o prime.

Con esas premisas, el sistema funcionaba, pero se dio una vuelta de tuerca que nació al calor del creciente apetito del inversor por la alta rentabilidad que ofrecían las titulizaciones apoyadas en deuda hipotecaria. Eran mucho más apetecibles desde este punto de vista que los ultraseguros bonos del Tesoro en un ambiente en el que los tipos de interés habían bajado hasta el 1% en junio de 2003.

El profesor de la Universidad de Wharton e inversor, Jeremy Siegel, afirmaba en un reciente estudio que 'en un ambiente de tipos de interés extremadamente bajos, la gente estaba hambrienta por tener una mayor rentabilidad. Decían: 'Yo no quiero aceptar un 1% o un 2%, quiero algo más y ahí se encontraron con las titulizaciones avaladas por casas que nunca iban a perder su valor'.

Los bancos comenzaron a hacer cada vez más hipotecas para saciar este apetito y se empezaron a ofrecer préstamos sin observarse los mínimos requisitos del riesgo. No era necesaria entrada, no se tenían que documentar los ingresos y ni comprobar la solvencia del deudor. Además los bancos hicieron que estas hipotecas tuvieran tipos variables y uno de inicio muy bajo para captar a todos los clientes que fuera posible. Los bancos, como los brokers, tenían el aliciente de hacer todas las hipotecas que pudieran para luego vender esa deuda a otro banco y que luego se troceara y se incluyera en paquetes estructurados calificados como Triple A.

La cantidad de hipotecas primaba sobre la calidad y mantenía un mercado en el que todas las partes estaban satisfechas. Gente que no podía ni haber soñado con un crédito lo tenía, las entidades hipotecarias, brokeres y Wall Street cobraban altas comisiones, los inversores tenían sus instrumentos financieros de alta seguridad (aparente) y alta rentabilidad y además los constructores de viviendas no daban a basto surtiendo un mercado en el que el alza de precios carecía de sentido.

Todo se empezó a desmoronar a finales de 2006 y principios de 2007 cuando esta hipotecas subprime de tipo variable empezaron a ver las primeras subidas. Para los pequeños bolsillos de sus titulares, la duplicación de la cuota era algo que descabalgaba sus cuentas y que no habían entendido desde el principio.

La morosidad empezó a crecer, con ella los embargos y a continuación empezó a fallar toda la deuda estructurada en el mercado. Gran parte estaba aún en manos de los bancos, que han tenido que depreciar el valor de sus activos y restringir los préstamos, ya no sólo por una falta de confianza, sino también de liquidez. Incluso líneas de préstamos puente con clientes solventes se han cerrado y el mercado de la hipoteca Jumbo (préstamos de más de 417.000 dólares no avalados por Fannie Mae y Freddie Mac) casi no se mueve.

Con esta paralización, la caída del precio de la vivienda no encuentra fondo, y la banca ha visto evaporarse la fuente de buena parte de su negocio y beneficios. Por último, esta crisis se parece también algo a la desatada por Enron. El fraude plagó buena parte de las operaciones de esta empresa y el fraude ha estado presente ahora.

El FBI ya ha detenido a 300 personas y tiene a 100 más acusados de engañar a ingenuos hipotecados. En Nueva York se ha detenido a dos gestores de hedge funds de Bear Stearns acusados de engañar a sus inversores sobre la solidez de sus apuestas. Las fiscalías de California e Illinois han interpuesto una demanda contra Angelo Mozilo, presidente y fundador de la mayor hipotecaria del país, Countrywide. Les acusa de causar miles de embargos por las estrategias engañosas y arriesgadas utilizadas con personas que no entendían que su cuota mensual explotaría.

El otro punto en común con Enron es que pese a los esfuerzos de la Fed, la confianza en el sistema se ha resquebrajado y, de nuevo, toca curar unas heridas que esta vez han tocado el corazón del sueño americano.

LAS CIFRAS

1.600 millones de dólares de activos de dos fondos de Bear Stearns se volatilizaron hace un año. Fue la primera señal sobre la gravedad de la crisis.

350.000 millones de dólares es el ajuste a la baja en el valor de los activos hipotecarios de la banca.

83.000 empleos perdidos en la banca desde el inicio de la crisis. Se espera que el año que viene esta cifra pueda duplicarse.

Un engranaje de comisiones

El verano pasado D. F. recibió la llamada de su broker hipotecario. Le ofreció un préstamo. '¡Hombre!, si casi no puedo pagar el que hicimos hace dos años'. 'Las cosas están mal', admitía el broker.

Este es el sistema. En EE UU quienes quieren una casa acuden a brokers que buscan la mejor hipoteca para el cliente. Nadie regula a estos intermediarios.

Una vez cerrado el acuerdo, un banco hace el préstamo. Al cabo del tiempo la entidad vende su cartera de hipotecas a otro banco o a Wall Street, de tal manera que el propietario sigue pagando sus cuotas, pero no siempre al mismo banco.

En Wall Street la deuda se tituliza y se integra en productos estructurados que logran mantener la AAA, es decir un riesgo mínimo y buena rentabilidad. Los inversores reclamaban más.

Todos los eslabones de esta cadena alimentan al anterior con comisiones. Lo que ha pasado con este sistema, ahora casi paralizado, es que se corrompió con lo que el presidente de la Fed describió como un fallo 'en la estructura de incentivos'. Los bancos necesitaban hacer hipotecas para vender a Wall Street y los brokers empezaron a ofrecerlas a quienes simplemente mostraran pulso regular. Los estándares crediticios se relajaron y los préstamos que parecían tan atractivos se convirtieron en una maldición para sus titulares, máxime cuando el precio de la vivienda empezó a caer por debajo del valor del crédito. Las autoridades, ausentes en este fenómeno, quieren ahora regular esta cadena.