Mercado laboral

Adiós a la España agraria y bienvenida la economía de servicios

El mercado laboral ha registrado grandes cambios desde 1978. La incorporación de la mujer, la mejor formación de la mano de obra y el diálogo social son algunos de ellos.

Si lográramos hacer un viaje en el tiempo treinta años atrás, como hizo Marty McFlay en la mítica película de 1985 Regreso al futuro, nos encontraríamos una España bastante más cambiada que los Estados Unidos de 1955 que se encuentra el protagonista de esta cinta. Sin duda, uno de los principales motores del cambio en España ha sido el mercado laboral, cuya fisonomía poco tenía que ver con el actual.

Para empezar, la población española mayor de 16 años y, por tanto, en edad de trabajar en 1978 era de 26 millones de personas, cuando en la actualidad roza los 38 millones. Pero lo importante para el mercado laboral es que hace treinta años apenas el 51% de los mayores de 16 años estaba en disposición de trabajar y ahora lo está casi el 60%. En total hay nueve millones de personas más que hace treinta años que o tienen un empleo o lo están buscando.

¿Quiénes son estos nuevos trabajadores? Pues dos de cada tres han sido mujeres que se han incorporado al mercado de trabajo desde 1978. A medida que España fue consolidando su democracia, las mujeres fueron, por un lado, formándose en idénticas condiciones que el hombre y, por otro lado, el casarse y tener hijos dejó de ser un motivo de abandono del mercado de trabajo. En definitiva, en estos treinta últimos años se han incorporado a la actividad 5,7 millones de mujeres y 3,3 millones de hombres.

Los sindicatos ya no exigen en las calles y negocian 5.000 convenios colectivos

Esto también ha coadyuvado a que en estos años se haya producido un auténtico vuelco del tejido productivo. Adiós a la España agraria y bienvenida la economía de los servicios. De hecho, ya hubo quien vaticinó, cuando España se preparaba para entrar en la Unión Europea a mediados de los ochenta, que el país se convertiría en el bar de Europa. En 1978 nada menos que uno de cada cinco trabajadores pertenecía al sector agrario y casi el 30% de los asalariados estaba ocupado en la industria. Desde entonces, estos dos sectores no han hecho más que perder protagonismo en la economía española, hasta tal punto que hoy apenas el 5% de los empleos es agrario y el sector industrial representa menos del 19% de la actividad española.

La construcción y los servicios han sido los actores revelación de la economía. Son los que más empleo han ganado. Actualmente hay 8,3 millones de trabajadores más que hace treinta años en el sector servicios y un millón y medio de ocupados más en la construcción. Al tiempo, la entrada de España en la Unión Europea y las convulsas reconversiones industriales de los ochenta se llevaron por delante dos millones de empleos de la agricultura y la industria.

Junto a este cambio, se ha producido otro quizá más visible. Se trata de la transformación experimentada en las ocupaciones de los españoles. Sobre todo, el auge de las de cuello blanco, o lo que es lo mismo, empleados no manuales y con cualificación (directivos, administrativos, trabajadores de los servicios, etc.), que han pasado de representar apenas el 15% del total, a más del 30%. En esto ha tenido mucho que ver la mejora de la formación de las generaciones nacidas desde finales de los años sesenta. Así, en 1978 el 55% de la población sólo tenía estudios primarios; esta cifra se reduce al 30% en la actualidad. Al mismo tiempo, la población con estudios secundarios y universitarios ha pasado de representar el 36% al 67%.

No obstante, esto ha tenido también un coste sociológico: el retraso de la edad de emancipación. Hace treinta años sólo uno de cada diez jóvenes seguía estudiando tras cumplir 23 años. Ahora, para encontrar este porcentaje hay que remitirse a los jóvenes de treinta años. Junto al fenómeno de retrasar la entrada en el mercado laboral se ha producido otro, paralelamente, consistente en adelantar la salida de dicho mercado. Hoy en día apenas el 5% de los trabajadores sigue en activo después de cumplir los 65 años, cuando en 1978 había que acudir al grupo de entre 75 y 79 años para encontrar una tasa de actividad inferior al 10%.

La fisonomía del mercado no ha sido la única que ha cambiado. Las relaciones laborales también han evolucionado sustancialmente. Los sindicatos han ido sustituyendo progresivamente sus duras reivindicaciones en las calles por negociaciones en los sectores y las empresas, que se materializan cada año en más de 5.000 convenios colectivos que rigen más o menos pacíficamente las relaciones laborales entre los trabajadores y sus empresas.

La negociación entre el Ejecutivo, la patronal y los sindicatos, que sentó sus bases con los comienzos de la democracia, se ha llegado a institucionalizar en el conocido diálogo social, que prácticamente sirve en bandeja de plata la paz social a los gobiernos. En todo este tiempo también se han incorporado otros agentes al mercado, como la llegada de las empresas de trabajo temporal, que regularizó el PSOE en 1994 y que han sufrido desde entonces un auténtico lavado de cara.

Más recientemente, la vertiginosa incorporación de casi cuatro millones de inmigrantes al mercado laboral está produciendo un fuerte impacto, sobre todo en materia de abaratamiento de costes, que aún es difícil de evaluar con cierta perspectiva histórica.

Reformas laborales. Del contrato temporal al inmigrante barato

El actual modelo de diálogo social español es envidiado en Europa. Pero hasta llegar a lo que es hoy la negociación entre Gobierno, patronal y sindicatos, la historia del mercado laboral está plagada de ensayos de reformas laborales, con mayor y menor éxito.

Todos los Gobiernos desde 1978 han considerado que el factor clave de cualquier reforma laboral ha sido el abaratamiento del factor trabajo como espoleta para crear más empleo. Hay tres vías para hacer esto: abaratar los salarios, las cotizaciones o el coste del despido. Si bien, ningún Gobierno se ha atrevido a hacer una reforma laboral integral que combinara estas tres posibilidades. Probablemente, tampoco los sindicatos lo hubieran permitido. De hecho, alguna de estas reformas, como la del sistema de protección por desempleo de 1988, provocó la huelga general más secundada de la democracia.

También una reforma laboral estuvo detrás del único paro general de los Gobiernos del PP en 2001. Asimismo, lo que en 1984 pareció una solución al elevado paro juvenil -la creación del contrato temporal-, años después se volvió contra sus inspiradores. De hecho, el abuso de esta contratación (con coste de despido cero) por parte de los empresarios elevó la tasa de temporalidad al 35% en 1997. Fue entonces cuando patronal y sindicatos firmaron la reforma que abarató el despido, creando el contrato de fomento del empleo estable, con una indemnización de 33 días por año y un máximo de 24 mensualidades. También se abarataron las cuotas de los empresarios con bonificaciones al empleo fijo. Aunque una de las mayores reformas laborales de los últimos años, si no la mayor, ha sido silenciosa y la han hecho casi cuatro millones de inmigrantes.

Desde finales de los noventa los empresarios han visto reducir sus costes laborales contratando inmigrantes en los sectores menos productivos y más intensivos en mano de obra: construcción y servicios.