COLUMNA

El lendakari y la población española

España está cambiando más de lo que podemos ni siquiera sospechar. Y no sólo por cuestiones políticas, territoriales o tecnológicas. La causa es más profunda y, probablemente, determinante. Es la estructura y composición de nuestra población la que experimenta intensas modificaciones. Primero, y más importante, por la llegada de una fuerte inmigración cuyos hijos ya comienzan a educarse en nuestro país. Segundo, por los intensos movimientos de población que la propia población española ha experimentado a lo largo del último siglo.

España ha duplicado su población en un siglo. De los 18,6 millones de personas que estaban censadas en 1900 hasta los 40,3 de 2000. En el arranque del siglo XXI hemos experimentado una aceleración en el crecimiento de la población, y en la actualidad rondamos los 45 millones.

En términos de densidad de población, hemos pasado de los 36 habitantes por kilómetro cuadrado de 1900 a los 80 de 2000. La población extranjera era de un 0,3% en 1900, mientras que roza el 10% en nuestros días, con tendencia a seguir subiendo. Todos estos datos, más un desmenuzado escenario provincial, lo podemos encontrar en el estudio que ha presentado la Fundación BBVA Evolución de la población española en el siglo XX.

Las cuestiones políticas terminan afectando los movimientos demográficos y el País Vasco así lo demuestra

El titular más destacado de su director, Julio Alcaide, ha sido el de 'La inmigración es una bendición de Dios porque ha corregido la pirámide de población y sin los inmigrantes, España tendería a desaparecer'. Conocemos de las bondades de la inmigración, pero también somos conscientes del enorme reto que nos plantea en cuestiones de integración, presión sobre los servicios sociales o adaptación de las fuerzas de seguridad a nuevas redes antes desconocidas.

La memoria colectiva es débil. Ahora somos un país de recepción de inmigrantes, pero durante muchas décadas del pasado siglo fuimos nosotros los que tuvimos que emigrar. El siglo XX arrancó con una fuerte emigración española que continuaba la de finales del XIX con un destino principalmente americano. Al inicio de la Primera Guerra Mundial, el flujo se invirtió, y España llegó a presentar un saldo positivo de inmigración de casi 120.000 personas. La década de relativa bonanza económica, y la inestabilidad europea nos hicieron un destino atractivo.

Nuestra trágica Guerra Civil originó una nueva emigración y un saldo migratorio negativo. El regreso de una parte del exilio permitió un leve saldo positivo alrededor del año 50. Fue en la década de los sesenta cuando se produjo la migración más intensa, con una punta anual de más de 500.000 salidas en cinco años. Este saldo negativo se mantuvo hasta mediados de los ochenta, cuando volvimos a recibir más inmigrantes que emigrantes salían, y fue a finales de los noventa cuando el flujo inmigratorio se aceleró hasta llegar a recibir casi 800.000 inmigrantes en un solo año.

Ahora parece que el flujo es más moderado, pero seguimos presentado un flujo migratorio positivo. Moraleja de este relato histórico: los flujos migratorios se invierten a lo largo del tiempo. España ha oscilado entre país emigrante y receptor de inmigrantes. Ahora nos toca desempeñar este último papel, pero el futuro siempre está por escribir.

El crecimiento de la densidad de población ha sido muy desigual. Mientras crece Madrid y el litoral mediterráneo, amplias zonas del interior se desertizan, como es el conocido caso de Soria y Teruel. Y esta tendencia parece que aún no ha remitido.

Las cuestiones políticas terminan afectando los movimientos demográficos. Al menos así lo demuestra lo ocurrido en el País Vasco, destino preferido de los movimientos migratorios internos hasta bien entrados los años setenta, a partir de los cuales fueron las provincias limítrofes de Cantabria, Logroño y Burgos los beneficiados con el exilio de casi 200.000 vascos que han ido a vivir fuera del País Vasco y que superan con mucho su crecimiento demográfico. Entre 1980 y 2000 perdió 157.000 habitantes.

Y en estas estamos cuando el lendakari se mete en el berenjenal de un referéndum que sólo parece querer él, y que complicará seriamente el panorama político y de seguridad del País Vasco. No sabemos si el referéndum se llegará a celebrar o no pero, visto lo visto, ya sabemos una primera consecuencia: el País Vasco seguirá perdiendo población. A lo mejor, eso es lo que quieren.

Manuel Pimentel.