COLUMNA

De Niza a Berlín

En realidad, habría que decir de Niza a Bruselas, porque el Consejo Europeo ya no se reúne en el país que ejerce la Presidencia de la UE. Y será en Bruselas donde el Consejo deba encontrar una salida al impasse creado por el 'no' francés y el holandés al Tratado Constitucional. Pero es en Berlín donde la presidencia alemana ha estado cocinando la posible solución.

Después de participar en el debate entre eurodiputados y parlamentarios nacionales, con el ministro alemán de Exteriores señor Steinmeier, creo que en Bruselas se evitará lo ocurrido en Niza. Allí, en diciembre de 2000, los 15 se pasaron cuatro días y cuatro noches discutiendo confusamente para llegar a un acuerdo que duró lo que tardó en secarse la tinta con la que se había escrito. De ese fracaso salió la Convención y su ambición de refundir en un solo texto la larga sucesión de Tratados europeos y llamarle Constitución, firmada por los Gobiernos en Roma en el 2004.

Sería dantesco repetir a 27 lo vivido a 15 hace 7 años. Eso no ocurrirá, porque todos, o casi todos, están de acuerdo en que es necesario superar las carencias de Niza para resolver el triple problema de dimensión, legitimidad y eficacia de una UE ampliada en miembros y competencias.

Las mayores dificultades para un acuerdo en el Consejo Europeo de esta semana provendrán de Reino Unido y Polonia

También hay acuerdo en abandonar el nombre de Constitución. Lo ocurrido demuestra que no por mucho madrugar amanece más temprano y que el entusiasmo por explicitar la dimensión política de Europa iba muy por delante del sentimiento de los pueblos, para muchos de los cuales el término Constitución creó más rechazos que adhesiones. Aprendida la lección de humildad, a lo que se apruebe se le llamará muy modestamente 'Tratado por el que se enmienda el Tratado de Niza', para evitar el referéndum en Francia, Holanda y Reino Unido.

Para ello es necesario cambiarle el nombre, la dimensión y el contenido. Las dos primeras exigencias son fáciles de satisfacer y los acuerdos al respecto parecen ya conseguidos. La tercera es más difícil y es allí donde tendrá lugar la negociación entre los países llamados 'maximalistas', que han aprobado el Tratado Constitucional y quieren guardar cuanto más mejor de su contenido, y los 'minimalistas', que han dicho 'no', o han guardado un preocupante silencio, que quieren sacar del texto todos los elementos conflictivos. Y hay dos clases de conflictos. Los que tienen que ver con el reparto del poder, entre Estados miembros por una parte y entre las instituciones comunitarias y los Estados por otra. Y los que afectan a los elementos simbólico-representativos de la integración europea.

En Niza fue sobre todo cuestión de poder. Sus decisiones fundamentales fueron el peso de cada Estado en el voto en el Consejo y su influencia en la Comisión y el Parlamento. Esta cuestión volverá a salir en Bruselas de la mano de la propuesta de Polonia de sustituir los votos que el Tratado Constitucional (TC) atribuye a cada Estado, de forma básicamente proporcional a la población, por la raíz cuadrada de la misma. Esta propuesta es inaceptable para Alemania que pasaría del 17 % al 10 % de los votos (actualmente Niza le da el 8,4 %). Aquí reside una de las pocas posibles causas de fracaso del Consejo.

Las cuestiones de representación se resolverán desluciendo el envoltorio y enmascarando la dimensión política de Europa para no provocar los reflejos nacionalistas de varios países. Se renunciará a los símbolos, bandera e himno, y a decir que la legislación comunitaria tiene preeminencia sobre la nacional. La seguirá teniendo porque así lo ha fijado la jurisprudencia de los tribunales, pero no se explicitará para no molestar. Algo parecido le puede pasar a la personalidad jurídica de la Unión, o a llamar 'ministro' al responsable de la política exterior.

En realidad, las mayores dificultades para alcanzar un acuerdo no vendrán de los que dijeron 'no', Francia y Holanda, sino del Reino Unido y Polonia, que utilizaron ese 'no' como burladero.

Londres se opone a que la Carta de Derechos Fundamentales tenga valor jurídico, y a la extensión del voto por mayoría cualificada a más áreas de libertad, justicia e interior. Lo aceptó hace cuatro años en los trabajos de la Convención pero lo que ayer era aceptable ahora parece que ya no lo es.

Varsovia, como he dicho, rechaza uno de los grandes acuerdos del Tratado Constitucional, el peso de cada país en el sistema de doble mayoría para la toma de decisión en el Consejo. Ello arrastrará inevitablemente a la discusión sobre el número de parlamentarios en el Parlamento Europeo y la composición de la Comisión.

Es también importante reducir la unanimidad como regla de decisión. Por eso no se puede olvidar alegremente la Parte III del Tratado Constitucional que no es, como equivocadamente se dice, una recopilación de los actuales Tratados. Esa parte contiene el paso a mayoría de 48 bases jurídicas y el establecimiento de nuevas bases para nuevas políticas, tan importantes, por ejemplo, como la energía.

Pero más allá del resultado del próximo Consejo, el debate refleja la dificultad de los europeos para pensarse como tales, más allá de su cooperación como buenos vecinos que han superado viejas rencillas. Y eso no hay Tratado que lo remedie… solo tendrá solución cuando los europeos estemos convencidos de la necesidad de unirnos para influir, desde nuestra escasa dimensión demográfica, en la historia del mundo globalizado.

José Borrell Fontelles. Eurodiputado y ex presidente del Parlamento Europeo