TRIBUNA

La energía que vino de la malaria

En el año 2003 los productores de energía norteamericanos dedicaron a I+D+i menos que los fabricantes de comida para mascotas, según The Economist. Eso fue antes del boom de las nuevas energías. Los precios del petróleo y la preocupación por el cambio climático han traído innovación para la búsqueda de alternativas energéticas al petróleo. Antes, la energía era un sector, relativamente, tranquilo. Petróleo o petróleo. Ahora, está en convulsión.

New Energy Finance presentaba recientemente en el Senado estadounidense un informe que ponía de manifiesto que 2006 constituyó un año récord para el sector de las energías limpias, los biocombustibles y sectores afines. Las operaciones alcanzaron los 100.000 millones de dólares, un 45% más que en 2005. El volumen invertido se ha duplicado en el periodo 2004-2006. Se suceden las salidas a Bolsa; 17 en 2006 en el Alternative Investment Market de la Bolsa de Londres, donde negocian actualmente unas 50. Muchas más en Fráncfort y en el Nasdaq. El WilderHill New Energy Global Innovation Index, constituido por 80 de las principales compañías de energías limpias del mundo, incluidas cuatro españolas, sigue su escalada; un 30% desde comienzos de año. Ya hay quien habla de sobrecalentamiento. Nadie quiere perderse la fiesta. Tampoco, por ejemplo, los fundadores de Google o Microsoft, presentes en el capital de compañías del sector.

El capital riesgo de Silicon Valley cree haber encontrado el próximo filón. Al igual que hicieron con el software, creen ser capaces de diseñar tecnologías revolucionarias, de reducir los costes hasta hacerlas viables y de acabar con el sector de la energía como lo entendemos hoy. Quizá. Ya en 2006, Business Week anunciaba que las energías limpias eran el nuevo amor de Wall Street.

De acuerdo a New Energy Finance, la energía solar es la energía limpia que disfruta actualmente de un mayor atractivo, seguida por la eólica. Andan cerca los biocombustibles que, como es sabido, disfrutan de notable apoyo político tanto en Estados Unidos como en Europa. Así se pone de manifiesto en la nueva estrategia energética europea. O en el compromiso del presidente de EE UU de sustituir, en 2025, buena parte de las importaciones de petróleo por biocombustibles. Sólo en Estados Unidos se encuentran en construcción 40 plantas de bioetanol. El fenómeno se repite en otros países como Brasil, China, Francia o España. Los biocombustibles constituyen una de las principales apuestas como solución energética de futuro. Pero nada es gratis.

Naciones Unidas alertaba recientemente que la diversificación de cultivos hacia los biocombustibles podría provocar hambre en países en desarrollo. Y agravar el problema del cambio climático, como consecuencia de la deforestación para dedicar espacio a la producción de esos cultivos. En suma, los biocombustibles podrían acabar provocando algunos efectos no deseados, poniendo en cuestión sus bondades como alternativa sostenible al petróleo. La cuestión es saber si existen soluciones mejores a las que ofrecen los biocombustibles actuales más comunes.

Amyris, una pequeña compañía de biotecnología de Silicon Valley, que cuenta con el apoyo de padrinos como Bill Gates, parece haber dado con una solución. Hace algún tiempo, la compañía descubrió un modo de abaratar el tratamiento contra la malaria. Por el camino, según informaba recientemente The Sunday Times, se topó con un hallazgo que podría revolucionar el sector de los biocombustibles. Un biocombustible que ofrece ventajas, tanto en eficiencia como ambientales, sobre los actuales biofueles y sobre los combustibles convencionales. Aplicado a la aviación ofrece mejores prestaciones que el convencional. Algunas compañías aéreas, como Virgin, han mostrado su interés por utilizarlo.

Amyris, por supuesto, afirma estar en posesión del santo grial. Según sus gestores, ésta es la buena; la segunda generación de biocombustibles conseguirá prestaciones cercanas a las de los convencionales y mejoras ambientales sobre los actuales. La compañía tiene como objetivo alcanzar el equivalente a 40 dólares por barril en 2009. Para ello, deberá lidiar con la oposición del lobby agrícola, interesado en los biocombustibles de hoy. Y con otras compañías, como LS9, BP o Du Pont, que también afirman haber dado con fórmulas mágicas. Veremos.

En definitiva, nos alejamos de la época en que el número de combustibles disponibles era reducido y de origen común: el petróleo. El futuro de la energía parece estar lleno de innovación y de soluciones alternativas, aunque es pronto para saber quiénes serán los triunfadores. Todo ello, claro, siempre que el petróleo no vuelva a los 20 dólares. Hagan sus apuestas.

Ramón Pueyo. Economista de KPMG Global Sustainability Services