La opinión del experto

¿Por qué me trata mal mi jefe?

Antonio Cancelo analiza las razones que llevan a algunos ejecutivos a ser huraños en su comportamiento con los equipos que dirigen. Y asegura que con libertad de acción se consigue que la creatividad fluya

En situaciones en las que la competencia se endurece como consecuencia de la presencia en los mercados de ofertas cada vez más voluminosas que en casi todos los sectores y todas las actividades consiguen superar a la demanda, a las empresas se les plantea como exigencia ineludible el aprovechamiento de todas las capacidades potenciales con las que cuentan, sin permitirse el lujo de despilfarro alguno. En esa búsqueda de optimización de las respuestas hay cada vez mayor coincidencia en la percepción de que el conocimiento diferencial aplicado constituye el elemento determinante para el logro de los objetivos.

El conocimiento no es algo difuso que se genera por generación espontánea, antes bien, requiere un cultivo cuidadoso que incremente su cantidad y mejore su calidad, partiendo del hecho de que el saber radica en las personas, sujeto único que tiene la capacidad de pensar, de generar nuevas iniciativas, darles forma, aplicarlas y desarrollarlas. Hay quienes están aplicando estrategias para la retención del talento, temerosos de que las personas más valiosas, faltas de un clima adecuado, acaben buscando nuevos aires. Está bien, pero no es suficiente, mientras esos programas de cultivo no abarquen al conjunto de las personas de una organización, todas las cuales deben utilizar su creatividad, que la tienen, para hacer progresar a la empresa. Cualquier programa orientado a la retención del talento, por bien elaborado que esté, se puede ver comprometido por comportamientos directivos, aún relativamente frecuentes, que se olvidan de algo tan elemental como que las personas son seres humanos, con la dignidad que corresponde a su naturaleza, que se sienten dolidas ante cualquier desconsideración y que, si es repetida, da lugar a una reacción defensiva que provoca desmotivación, falta de interés y disminución de sus deseos de ser útil en el desempeño de su tarea.

Los directivos son los responsables de la creación y aplicación del conocimiento, pero si cometen el error de circunscribirlo a su aportación personal, estarán renunciando a la capacidad de reflexión de sus colaboradores, limitando sobremanera el alcance de la contribución, debido a la limitación voluntaria del número de seres pensantes. La concepción de que el jefe es el que más sabe, por pura definición, de todas las funciones que de él dependen, es una concepción vieja, claramente superada, que hoy pocos se atreven a sostener. Suele suceder lo contrario, que el que más sabe de una tarea es el que la desempeña a diario, y dado que todo tiene que ser mejorado, no sólo los grandes enfoques, las estrategias básicas, es preciso conseguir que todas las personas cuenten con el entorno más favorable. Aunque la empresa no lo necesitara, las personas deberían ser tratadas con dignidad, en razón a su naturaleza, pero ya que esta motivación sería insuficiente en muchos casos, bueno será tener en cuenta que sin la implicación de al menos la mayoría, la capacidad competitiva de la empresa se verá resentida, al despilfarrar una gran parte de la materia gris con la que potencialmente cuenta.

Hay directivos que parecer tener una cierta dificultad, quizá genética, para tratar adecuadamente a los que de él dependen, o que confunden el mando con el distanciamiento, con una superioridad que necesitan manifestar en cada acto, demostrando en el fondo una debilidad que necesita afirmarse en cada momento relacional, disminuyendo o rebajando al otro. Así se comporta el que grita, reprueba en público o abronca sin haber solicitado previamente información sobre lo ocurrido. Y, aunque en menor grado, actúan de forma parecida los que no escuchan, jamás valoran la opinión de un colaborador, carecen de tiempo para recibir a los que dependen de él, es cortante en sus respuestas, se manifiesta con rudeza, la cortesía le resulta desconocida, y no digamos nada del respeto, la consideración, la afabilidad y, por qué no, el cariño.

La pregunta es si directivos de ese perfil, por muchas que fueran sus capacidades en el terreno técnico, deberían estar situados en puestos de tanta responsabilidad y si las empresas cuentan con las herramientas precisas para evaluar su aportación. Una persona individualmente brillante, pero que tapa a sus colaboradores, pone límite a su desarrollo, cercena su creatividad, debería ser evaluada en función no sólo de su saber, sino del saber del grupo que dirige.

Es verdad que no vivimos en un momento en el que las relaciones humanas destaquen por su facilidad, que existe cierta brusquedad en el lenguaje, que muchos gestos no resultan excesivamente considerados, que el enfado y el descontento presiden muchas relaciones, etc., pero lo que no resulta grato, a veces es inadmisible, en la relación social, resulta simplemente rechazable en la vida de las empresas, ya que influye directamente en el logro de sus objetivos. El buen directivo parte de la aceptación de la persona como un igual, independientemente del espacio que ocupe en la empresa, sabe que posee unas capacidades propias e irrepetibles que resultan fundamentales para la mejora de la capacidad competitiva y entiende que su labor como directivo incluye la tarea de obtener lo mejor de todos y cada uno de los miembros de su equipo.

Las personas dan más, mejoran su creatividad, cuando se sienten bien tratadas, cuando se las respeta, se las considera y se valoran sus aportaciones y, por el contrario, se cierran, crean barreras defensivas, intentan simplemente cumplir, si la desconsideración y la falta de aprecio se convierten en norma.

Ex presidente de Mondragón Corporación Cooperativa