COLUMNA

La economía española en una encrucijada

En mi último artículo prometí ocuparme hoy de las paradojas que acechan a la economía de nuestro país, así pues me dispongo hoy a cumplir lo prometido. Lo cierto es que no resulta difícil enunciar cuáles son esas paradojas, más comprometido es analizar cómo se van a resolver y aún más prever sus consecuencias. Pero vamos por partes.

Para empezar, ha de destacarse que nuestro crecimiento parece no dar muestras de cansancio, un 3,5% anual en el primer trimestre del año y un 3,7% en el segundo. Ello quiere decir que a final de año el crecimiento del PIB será superior al previsto inicialmente para el ejercicio -un 3,4%-. Ahora bien, y aquí comienzan lo que he calificado de paradojas, este ritmo de crecimiento no podrá mantenerse a medio plazo pues está basado en una serie de desequilibrios cuya inevitable corrección supondrá un frenazo. A título de ejemplo, creo que no se aleja mucho de la realidad cuantificar en al menos un punto porcentual el crecimiento de nuestro producto debido al empuje de la construcción residencial y al fuerte consumo de los hogares españoles. Pero, si como acaba de decir el Banco de España, las viviendas están sobrevaloradas entre un 24% y un 32% y el importe medio de las hipotecas ha subido en un año un 15%, los riesgos derivados de posibles subidas en los tipos de interés repercutirán tanto en la construcción como en el consumo familiar y moderarán después el avance de la economía.

Un rasgo alentador relativo al crecimiento experimentado en los últimos trimestres es la leve reducción de los desequilibrios exteriores; es decir, la mejoría de las exportaciones y un cierto estancamiento en las importaciones ha paliado nuestro elevadísimo déficit exterior -¡nada menos que un 6,5% del PIB en 2005!-. Pero la continuación de ese progreso depende crucialmente de que la UE siga creciendo, que el precio del petróleo se estabilice y que el sector privado mejore espectacularmente su tasa de ahorro. Que las tres condiciones se cumplan simultáneamente es muy difícil.

La elevada inflación que soporta nuestra economía suministra el hilo para enunciar otra de las paradojas en que estamos atrapados. Sus efectos sobre la competitividad de nuestros productos y servicios son evidentes y se reflejan en la pérdida de cuota en los mercados mundiales haciendo que nuestro crecimiento dependa en exceso de sectores sustraídos a la competencia internacional. Esos sectores resultan ser intensivos en el uso de mano de obra poco cualificada y, si bien reducen la tasa de paro, dependen en buena medida de que continúen manteniéndose tipos de interés reales negativos o muy bajos, lo cual no va a resultar posible en el futuro inmediato.

Como tampoco cabe confiar en que se mantenga el optimismo que ha llevado a las familias españolas a incrementar su deuda en más de un 300% entre 1999 y 2005 y a reducir su ahorro a lo largo del citado periodo del 4,4% al 2,2% del PIB debido ante todo a su frenética inversión residencial. Es decir, que ni el nivel de endeudamiento ni la demanda parece que puedan mantenerse a los niveles actuales por mucho tiempo y menos cuando, a pesar de la pausa decidida por los bancos centrales en las últimas semanas, la subida de tipos de interés parece inevitable.

Era de casi todos conocido que la economía era una ciencia triste, pero muchos menos estaban al tanto que también es una ciencia llena de paradojas aparentes. La actual coyuntura de nuestra economía proporciona un excelente ejercicio para comprobar que así es. En efecto, lo más probable es que ni el ritmo de crecimiento ni la tasa de inflación muestren descensos significativos en los meses que quedan de año ni durante los primeros de 2007, salvo acontecimientos externos inesperados -por ejemplo, un recrudecimiento de los conflictos en Oriente Próximo que afectasen al suministro de petróleo-. Pero lo que sí es inevitable es un reajuste serio en el llamado patrón de crecimiento, reajuste que afectará tanto a nuestra competitividad internacional como al empleo y la capacidad de endeudamiento de nuestras empresas y familias. Se trata de un panorama difícil y que requeriría una política económica hábil y decidida a desbloquear las innumerables rigideces que afectan a nuestro aparato productivo. Pero a juzgar por lo hecho hasta ahora no veo al Gobierno muy inclinado a adoptar decisiones impopulares, tanto más cuanto que el próximo año comenzará a pensar en las elecciones generales de 2008.

Raimundo Ortega es economista.