TRIBUNA

Dicen que Galbraith no era economista

Cuando John Kenneth Galbraith fue propuesto hace tres años para el Premio Nobel de Economía, Milton Friedman dijo de Galbraith: 'No puede ganar un Premio Nobel de Economía porque no es economista'. Es el mismo Friedman, autor del modelo en el cual se basaron los economistas, los llamados Chicago boys de Pinochet, en los años setenta y parte de los ochenta, para aplicar unas medidas que generaron tres profundas crisis económicas, que tuvieron como resultado la rápida destrucción del tejido industrial, por tres veces en 17 años y que algo más del 40% de la población de Chile acabara en la categoría de extrema pobreza.

El propio Friedman tuvo que llamar al orden a sus discípulos, al comprobar que su modelo teórico sólo se podía aplicar en ese extremo, bajo un régimen político no democrático. Es decir, en una dictadura en que los factores económicos estuviesen absolutamente controlados, en que el discurso fuese de una libertad de mercado, siempre y cuando se hiciese lo que el poder político ordenase, definiendo lo que se podía y lo que no se debía hacer, un laissez faire muy especial, que por su propia incoherencia no podía sostenerse.

Es decir, John Kenneth Galbraith no era economista porque relacionaba la economía y la política, porque reconocía las relaciones de poder que se dan en un mercado, porque reconocía la asimetría que se da en el poder de negociación de los diferentes stakeholders que participan en la creación de una cadena de valor.

La teoría económica y la economía en general necesitan de las mediciones y de los modelos matemáticos, de la econometría, pero reducir la complejidad de la realidad económica inmersa en la sociedad a una serie de números no es suficiente. Reducir la realidad económica a unos cuantos indicadores macro no explica lo que está pasando con los agentes económicos. A Galbraith le fallaron sus discípulos que no probaron sus ideas con modelos matemáticos. La economía es mucho más que todo eso, y si descalificamos a los economistas que no son econometristas, tendríamos que eliminar también a los que no entienden la economía como algo que está relacionado con la sociedad, con la política y, sobre todo, con las personas. En eso último Galbraith no falló. Sus ideas se pueden aplicar en una sociedad democrática.

Hace unos cuantos años, en una inauguración del curso académico, en Esade, fue invitado a dar la lección inaugural un economista, muy conocido en ese entonces, me refiero a José Luis Sampedro. Casi al comenzar su intervención, dijo que no quería ser economista, que sentía cierta vergüenza de serlo, porque la economía había derivado hacia derroteros muy diferentes a los que le correspondía, que se había alejado de los ciudadanos, que daba la espalda a las personas. Tenía vergüenza de ser economista. Yo que soy economista, lo escuchaba con cierto horror, hasta ese momento me sentía muy orgulloso de serlo, porque creía que precisamente la economía era una de las cosas importantes de la vida y que afectaba a las personas. El resto de la historia todos la conocemos: Sampedro se ha transformado en un gran escritor, muy leído. Yo intento entender la economía con toda su amplitud y complejidad, para mí Sampedro sigue siendo un gran economista y además un excelente escritor. Ambas cosas no están reñidas.

Creo que Sampedro y Galbraith se habrían entendido. Me viene a la mente el planteamiento de Galbraith en El gran Crash, de allí surgen muchos de los aprendizajes que las personas que nos dedicamos a los temas económicos, los empresarios y empresarias, debiéramos tener en cuenta. Los factores que señaló como claves se han repetido no sólo en la crisis de 1987, sino que constantemente resurgen como amenaza en las mal llamadas burbujas económicas predecesoras de crisis. Nos deja como legado el saber mirar atrás a nuestra propia historia y obtener conclusiones, anticipar el futuro en una apropiada lectura de la historia.

Muñoz Molina lo definía entre otras cosas como 'clarividente en su extrema vejez, como un profeta que ve al mismo tiempo el porvenir y el pasado'. æpermil;se es el gran desafío de nuestra época: ser capaces de tener una visión amplia, entender el pasado, aprender de él y tener una visión del futuro no sólo a corto plazo, sino con suficiente perspectiva para entender las interrelaciones que se producen en la economía.

En el que será su último libro, La economía del fraude inocente. La verdad de nuestro tiempo, señala cosas que todos sabemos y que no se quieren decir, como, por ejemplo, que existe la creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano.

La realidad es que el tratamiento que se da a los consumidores, a los pequeños accionistas y a los ciudadanos es cada vez menos adecuado a un soberano. Se ha impuesto la cultura del bajo coste y eso está muy bien, siempre que se mantuviera la relación del concepto de los productos y servicios en forma adecuada. La prioridad es en el enfoque de costes, sacrificando la calidad de los productos y servicios, maltratando al que denominamos soberano.

Galbraith decía en su testamento intelectual que las tecnoestructuras de las grandes empresas hacen que el consumidor no pueda ser soberano y, por lo tanto, cuestiona la realidad de la competencia que beneficiaría al consumidor. De alguna manera en ciertos sectores económicos, el benchmarking se hace a la baja para reducir costes, como una verdad absoluta. De allí que los códigos de buen gobierno de las empresas tratan de limitar el enorme poder de las tecnoestructuras, que señalaba Galbraith.

Pero su denuncia no tiene la mayor importancia, porque dicen que John Kenneth Galbraith no era economista.