COLUMNA

España, Europa y el empleo

En el año 2.000 la UE elaboró la estrategia de Lisboa como instrumento de impulso de la economía europea, a fin de convertirla en la más dinámica y competitiva del mundo. Para lograrlo, se eligieron determinadas variables respecto de las que se establecieron una serie de objetivos. Como es lógico, dadas su relevancia social y su trascendencia económica, el empleo ocupó un espacio importante en el planteamiento expuesto. Así, se fijó como objetivo que en 2010 la tasa de empleo de la Unión fuese el 70% (en 2000 era el 62,4%).

Recorrida la mitad del camino los resultados son poco satisfactorios, toda vez que a final de 2004 la tasa de empleo en la UE se situó en el 63,3%, con un escaso aumento respecto a la situación de partida y muy lejos aún del objetivo fijado. No obstante, la situación de los diferentes socios es acusadamente heterogénea. Hay cuatro países que disfrutan ya de tasas superiores al 70%, en tanto que otros seis están todavía por debajo del 60%. Observado en perspectiva dinámica, mientras que en el tiempo transcurrido 15 países han aumentado su tasa -ocho con crecimientos superiores a dos puntos porcentuales, cuatro de ellos por encima de tres y dos por encima de cuatro-, los 10 restantes han visto disminuir su tasa de empleo -tres alrededor de un punto y Polonia en 3,3 puntos-.

Afortunadamente los datos referidos a la economía española son francamente positivos, tanto considerados en sí mismos como en términos comparativos con el resto. Nuestra tasa de empleo era en 2000 el 56,3% y ha aumentado hasta el 61,1% en 2004, habiendo sido el país líder en crecimiento de la tasa, lo que ha determinado que hayamos ascendido del puesto 22 al 18 entre los 25 socios. Aún más, nuestro dinamismo en la creación de empleo se mantiene, dado que según los datos provisionales de 2005, la tasa española ha superado el 62%. Expresado de otro modo y según las previsiones del Instituto de la Economía Mundial de Kiev, a finales del presente año, el diferencial negativo del desempleo español respecto del europeo se habrá reducido a la mitad del existente en 2004 (1 y 1,8, respectivamente).

Los datos relativos a aspectos parciales también revelan la buena evolución de la economía española en términos de empleo. En lo que concierne al empleo femenino, la evolución es espectacular al pasar del 31,7% en 1994 al 48,3% en 2004. Medido de otra manera, el desempleo femenino en España era el 16,8% en 2000, y descendió al 15% en 2004. También en este punto asistimos a una prolongación de la bonanza, pues en 2005 la tasa de paro femenino descendió al 12,2%. En sentido análogo se ha comportado la tasa de ocupación de los trabajadores mayores -entre 55 y 64 años-, que ha pasado del 37% en 2000 al 41,3% en 2004.

Todos estos datos ponen de manifiesto la pujanza de nuestra economía a la hora de crear puestos de trabajo, lo que constituye un dato que invita al optimismo.

Es cierto que para evitar el triunfalismo debemos recordar algunos datos que limitan el posible recorrido futuro de nuestra tasa de empleo. A modo de ejemplo, en aumento de costes laborales España ha sido en 2005 (con el 3,5%) el tercer país de la OCDE, sólo superado por Grecia y Eslovaquia y muy por encima de la media (1,6%). A su vez, este encarecimiento del coste laboral parece que va a repetirse en 2006. En la misma dirección, España sigue siendo uno de los países con mayor carga de cotizaciones sociales a costa de la empresa -24,9% frente al 16% de los países europeos y 14,3% correspondiente a la OCDE-.

Sin duda, ambas circunstancias constituyen factores limitativos para la creación de empleo. En otro orden de cosas, España presenta un ratio muy pobre de empleables participantes en procesos de formación y/o educación, pues el porcentaje de población en edad de trabajar que participa anualmente en procesos formativos es el 5,2% frente al 9,4% de la UE o a los porcentajes superiores al 20% de los países con economías más dinámicas -Dinamarca, Suecia, Finlandia-.

Sin duda cuestiones como la reducción de la brecha fiscal, el abaratamiento de los costes laborales o la mayor intensidad de la formación profesional -medidas que muy bien podrían formar parte de la futura reforma laboral actualmente en marcha- ayudarían a prolongar la muy positiva evolución del empleo en nuestra economía y relativizarían la importancia de las cifras de desempleo correspondientes al primer trimestre del año que se conocieron el pasado viernes.