COLUMNA

El fin de la pobreza

El mundo académico norteamericano cuenta con muchos investigadores y pensadores de una extraordinaria solidez y brillantez. También cuenta con personas con una gran capacidad de marketing. Jeff Sachs de Harvard es una de ellas. Acaba de publicar un libro con el sugerente título El Fin de la Pobreza, con vocación de ser un best seller. Se une a otros éxitos editoriales con anuncios de fines: El Fin de la Historia, El Fin del Trabajo, El Fin de los Ciclos. Estos títulos tienen un fin común: publicar libros. Aunque carezcan de rigor.

La tesis básica del libro es que la principal causa del atraso económico de los países subdesarrollados es de orden geográfico (clima, mala calidad de suelos, factores orográficos adversos, escasez de recursos naturales, etcétera). Esta mala dotación de recursos les ha impedido generar los medios financieros para superar los factores adversos y para adoptar las innovaciones técnicas que les impulsen hacia un crecimiento sostenido. Por eso un programa de ayuda financiera y técnica (el 0,7% del PIB de los países desarrollados) permitiría resolver significativamente la pobreza de esos países.

El problema es que la premisa es falsa. Hay muchos estudios que reducen enormemente la importancia de los factores geográficos. Pero Sachs, en su libro, no los rebate; ni siquiera los cita. Algunos son de ilustres compañeros de su propia universidad (Rodrik) o del vecino MIT (Acemoglu), otros de economistas que combinan importantes trabajos académicos con una intensa actividad en países subdesarrollados (Easterly).

La disponibilidad de recursos naturales no ha permitido por sí misma una aceleración sostenida del crecimiento

Los factores geográficos no son totalmente irrelevantes, como no lo es la disponibilidad de recursos naturales. Los primeros han condicionado el tipo de colonialismo que los países sufrieron, lo que ha sido relevante para tener o no un marco institucional propicio para la adopción de las nuevas tecnologías durante los siglos XIX y XX. Además de que sea preferible tener vecinos prósperos.

Junto a la evidencia de los trabajos citados, la existencia de reversión en el crecimiento de las economías es un poderoso argumento en contra de la hipótesis de Sachs: si los factores geográficos son tan fundamentales ¿por qué países que han sido prósperos caen en un atraso relativo? (Argentina en los últimos 90 años sería un ejemplo). ¿Y por qué países que tenían unas condiciones naturales muy desfavorables han conseguido despegar? En África, uno de los pocos éxitos (Mauricio) reunía unas condiciones iniciales muy adversas (una isla con explosión demográfica, monocultivo y heterogeneidad étnica) que llevaron al premio Nobel Meade a predecir en 1961 que Mauricio tendría graves problemas para desarrollarse.

La disponibilidad de recursos naturales no ha permitido por sí misma una aceleración sostenida del crecimiento. En África, Gabón, productor de petróleo, experimentó una aceleración en la década de los setenta que fue incapaz de sostener y lleva 20 años divergiendo de los países más avanzados. Nigeria y Venezuela, grandes productores de petróleo, tenían en 2000 una renta per cápita menor que en 1960.

Si Sachs se hubiera asomado al proyecto dirigido por Rodrik en su propia universidad, que identifica las aceleraciones sostenidas de crecimiento que se han producido en los últimos 50 años, habría comprobado que el contexto geográfico de esas experiencias es enormemente diverso.

La capacidad de ahorro no es un factor decisivo. Sachs afirma que sí pero no aporta ninguna evidencia. Y la evidencia contraria es contundente. Para rebatir la importancia de los factores institucionales (las reglas del juego impuestas por los poderes públicos con sus normas y sus prácticas), Sachs pretende haber demostrado que la calidad institucional de los países, una vez corregida por su renta per cápita, es relativamente similar. Pero eso es lo mismo que corregir la ingesta de calorías de un conjunto de individuos por su peso y concluir que el número de calorías ingeridas por personas de muy distinto peso es similar.

No se tiene un sesgo racista (¡qué sugerencia más grotesca!) si se piensa que la conducta económica de los ciudadanos de esos países no es propicia a la innovación y a la creación de riqueza. No lo es porque el contexto depredador mantenido por los grupos de poder no se lo permite. Y los grupos de poder no son ignorantes incapaces de generar otro marco institucional: son seres racionales que tratan de perpetuarse en el poder. Ghana en los primeros años de independencia (bajo el mandato del carismático Nkrumah) es un buen ejemplo de eso y, también, del fracaso de la ayuda financiera exterior.

Estos fracasos no implican que el mundo desarrollado no deba ser mucho más activo apoyando al Tercer Mundo: abriendo sus mercados y con ayudas masivas para resolver las deficiencias sanitarias de esos países, por ejemplo.