COLUMNA

Una Europa mejor y sostenible

Hoy comienza la presidencia británica de la Unión Europea. Tras las múltiples crisis vividas en los últimos meses, la presidencia británica abre finalmente un periodo de esperanza. En juego esta la sostenibilidad del proyecto europeo, en varios sentidos. Esta en juego la sostenibilidad del modelo social europeo, ese concepto abstracto que trata de diferenciar la economía europea de la americana a través del énfasis en la calidad de vida, y no en la cantidad de crecimiento -por ejemplo, es típico afirmar que los europeos deciden por voluntad propia trabajar menos horas y tener mas vacaciones a cambio de ganar menos dinero-.

Está en juego el proyecto político europeo, ya que si no hay crecimiento será muy difícil avanzar en la integración política: ¿quién querrá pertenecer a un club que se identifica con el fracaso económico? Y está en juego el proceso de ampliación de la Unión Europea -en periodos de debilidad económica, los instintos proteccionistas se acentúan-.

El conflicto entre la posición francesa y la británica, durante la discusión del Presupuesto europeo hace dos semanas, era una discusión entre el pasado y el futuro de la Unión. La política agraria común fue un elemento decisivo para aglutinar las distintas fuerzas políticas en el pasado, para poder avanzar con fuerza en la Unión económica y política y llegar hasta la actualidad. Pero ha llegado la hora del cambio. Por varias razones, entre ellas el deterioro demográfico, la caída de la productividad, y la apertura al comercio internacional de los mercados emergentes, Europa debe renovarse o morir. Y esta renovación pasa por una política dirigida a la mejora de los incentivos en el mercado laboral -para aumentar la flexibilidad del mercado de trabajo y poder así reducir la elevada tasa de desempleo europea- y al aumento de la productividad. Es decir, hay que volver al espíritu de la Agenda de Lisboa.

Está en juego el proyecto político europeo, ya que si no hay crecimiento será muy difícil avanzar en la integración política

Pero en este contexto es crucial que los países se mentalicen de que la Unión Europa no es la panacea que resolverá todos los problemas. La Agenda de Lisboa está vacía si los países no la toman como propia. Una las conclusiones fundamentales del fracaso constitucional es que la Unión Europea ha sido un éxito en fomentar las políticas macro, pero los ciudadanos ven sus problemas a nivel micro.

Es decir, la Unión Europea ha diseñado un marco de políticas que ha proporcionado estabilidad -el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ha evitado que los déficit se disparen, el BCE ha consolidado la cultura de estabilidad de precios, la Agenda de Lisboa diseñó los parámetros para encuadrar la reforma estructural-.

El fracaso ha estado en la implementación y uso que cada Gobierno ha hecho de este marco estructural. Algunos Gobiernos decidieron seguir la ruta de la disciplina fiscal y la reforma estructural, y han disfrutado de un crecimiento elevado. Otros decidieron intentar vivir de las rentas y dejar el ajuste para el futuro, y ahora están pagando el precio, económico y político.

La propuesta de Tony Blair es más una filosofía que una propuesta practica. Invertir en innovación es algo que la Unión Europea puede y debe hacer, pero con un presupuesto del 1% del PIB europeo estas inversiones no van a resolver ningún problema. La clave esta en cambiar la mentalidad, en dejar de pensar en subvencionar actividades del pasado y pasar a dar prioridad a las actividades del futuro. Solo así se podrá financiar el modelo social europeo que tanto deseamos.

Porque si no, dado el perfil demográfico, Europa no se podrá permitir el Estado de bienestar actual. La alternativa es crecer más o recortar beneficios. Es aquí donde la sostenibilidad de la Unión Europea entra en juego en esta discusión. Tras el fracaso constitucional, los Gobiernos europeos no pueden seguir culpando a Europa de las políticas impopulares que se tienen que adoptar. Los Gobiernos tienen que responsabilizarse de sus propios problemas, y atacarlos con decisión. La discusión de más o menos Europa que algunos Gobiernos avanzaron en la negociación presupuestaria tiene poco sentido en este contexto. El problema no es Europa, son los Gobiernos nacionales.

En este contexto, España está en una posición envidiable para apoyar a Blair en su intento. España ha ya adoptado, como una de las líneas directrices de su política económica, el aumento de la productividad. Esta es la clave, y no la cantidad de subsidios que se recibirán de Europa en el futuro, del éxito del Presupuesto europeo.

Todos sabemos que los subsidios, si no se acompañan de políticas para alterar la estructura de incentivos, son pan para hoy y hambre para mañana. España debe asumir el liderazgo que le corresponde en este momento histórico y trabajar para reconducir Europa a la senda del alto crecimiento sostenible. Si Europa no progresa, si la iniciativa de Blair fracasa, entonces tendrá sentido la calificación de 'vieja Europa' que tanto usan los americanos. La cuestión no es más o menos Europa, sino una Europa mejor.