COLUMNA

Viejo proteccionismo y nuevo comercio

Con el final del acuerdo multifibras, el 31 de diciembre de 2004, terminaron los contingentes y aranceles que frenaban la importación de productos textiles. La consecuencia inmediata fue un aumento drástico de las importaciones, especialmente las provenientes de China, que arriesga el empleo y actividad del sector. æpermil;ste solicitó actuaciones y la Comisión Europea abrió el proceso previsto para introducir la cláusula de salvaguardia (limitaciones transitorias a las importaciones), mientras que en EE UU se reintrodujeron aranceles.

La respuesta china fue aumentar el impuesto a las importaciones en un porcentaje altísimo pero que, al aplicarse a cantidades pequeñas, tiene un impacto que los productores occidentales califican de poco relieve y en absoluto disuasorio. Ese impuesto se devenga desde el 1 de enero de 2005. Inicialmente estaba entre 0,2 y 0,3 yuanes para 148 productos (el dólar se cambia a 8,28 yuan y el euro a 10,5) y ahora puede llegar a un yuan por unidad llegando en el caso más alto a cuatro yuanes lo que supone aumentos porcentuales del 400% y 500%.

Autoridades chinas explicaron que el aumento ayudaría a los productores occidentales a adaptarse. Demostraron rapidez de decisión, alegaron sensibilidad y recordaron que más de la mitad de sus exportaciones son fabricadas por empresas extranjeras sitas en su territorio. Lograron dos cosas: a) excelente cobertura mediática que generó críticas de proteccionismo a productores europeos y americanos por no pensar en sus consumidores ni en el empleo de los países en vías de desarrollo y por no adaptarse a algo previsto, y b) quedarse con el importe de los aranceles, que antes cobraban los importadores y ahora beneficia a China, mientras que los consumidores europeos pagarán más por lo mismo y sin nada a cambio.

Los países en industrialización señalan que los occidentales, en el inicio de su despegue, tenían las mismas prácticas

En los países occidentales se añaden críticas por dumping medioambiental, financiero y social, señalándose casos de trabajo infantil o de reclusos. Lo último es difícil de probar pero respecto a lo primero, los países en proceso de industrialización señalan que los países occidentales, en el inicio de su despegue industrial tenían las mismas prácticas. Añaden que antes de llegar al actual nivel de renta per cápita occidental habrán cambiado sus métodos productivos y adaptado su regulación social.

En contraste hay dos aspectos ante los que conviene precisión y ecuanimidad. Por un lado está la protección de los consumidores, que ha llevado a Directivas comunitarias como la 2002/45/CE, la 2002/61/CE y la 2004/21/CE prohibiendo el uso de algunos materiales usados en la fabricación de colorantes derivados de las arilaminas, aminas aromáticas que se supone tienen efectos cancerígenos en las personas, o bien las parafinas cloradas de cadena corta, que perjudican el medio ambiente, los colorantes azoicos, que liberan las aminas aromáticas, etcétera. Los productos fabricados con esas sustancias no pueden ser puestos en el mercado interior, pero se dice que el control de las aduanas europeas no verifica su ausencia en los productos importados.

El consumidor ignora que algunos productos de importación podrían contener esas sustancias y por tanto el riesgo que llevó a prohibir el uso de esas sustancias puede subsistir en los productos importados.

Otro tema discutido, especialmente en EE UU, es la infravaloración de la moneda china, el yuan, que desde 1995 mantiene en torno a 8,28 su paridad con el dólar. A raíz de la crisis de 1997 varios países asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Tailandia…) devaluaron sus monedas y en cambio China la mantuvo. Aún así en estos diez años el saldo comercial exterior chino ha sido positivo y elevado en valor absoluto, pero en torno al 2% de su PIB porque la intensidad de importaciones china es alta. Además recibe cuantiosas inversiones que dan superávit en la balanza financiera, con lo que sus reservas exteriores están en 660.000 millones de dólares (excluyendo el oro), que equivalen a más de diez veces el saldo comercial de los últimos doce meses. Esta situación revalorizaría a cualquier moneda sensible al mercado, máxime si se consideran las diferencias en los precios que, de acuerdo con la paridad de poder de compra, mostrarían que debiera tener un valor muy superior al actual.

Una hipotética revaluación entre el 10%-15% apenas afectaría a su saldo externo y no supondría más de un 2% de recorte del déficit comercial norteamericano. Por otro lado abarataría las importaciones de petróleo, maquinaria y componentes que le darían más competitividad. China no acepta presiones por lo que, si devalúa, lo hará cuando crea conveniente y en la cuantía que estime y teniendo en cuenta que parte de las divisas que recibe especulan con la revalorización y seguirán entrando si es insuficiente.