Columna
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El comercio exterior agrario

El año 2004 ha confirmado al sector 'alimentos' como el único exportador neto de la balanza española de mercancías, con un saldo positivo de 1.408 millones de euros. Esta circunstancia viene produciéndose ininterrumpidamente desde 1996. Pero, el concepto aduanero 'alimentos', incluye productos agroalimentarios y pesqueros que, obviamente, proceden de sectores y realidades estructurales muy distintas desde una perspectiva productiva. Por tanto, es conveniente que sean analizados por separado.

El elevado déficit comercial de los productos de la pesca, oculta la mayor potencia comercial de la agricultura y su industria transformadora. Efectivamente, si excluimos la pesca, el saldo positivo de la agroalimentación se eleva a 3.551 millones de euros en 2004. Siempre he pensado que es un resultado económico sorprendente, en un país con las limitaciones climatológicas y de medio físico que tiene España. De hecho, si observamos la estructura de comercio exterior del resto de los países mediterráneos de la Unión Europea, España es el único que arroja este resultado favorable, mientras Italia, Grecia y Portugal registran abultados déficit agroalimentarios.

No obstante, el saldo positivo español se ha reducido en un 25% en 2004, respecto a 2003. Mientras las importaciones han crecido un 7,5%, las exportaciones apenas han aumentado un 1,9%, siendo nuestro buque insignia exterior, las frutas y hortalizas, el sector responsable del 63,5% del recorte de ese saldo exterior. Las bebidas explican otro recorte adicional del 10%. Por el contrario, el sector cárnico registra un incremento de su saldo positivo interanual del 45,7%. Sus exportaciones superan ya a las de bebidas, al tiempo que las importaciones son inferiores.

Si exceptuamos el aceite de oliva, el resto de los sectores agroalimentarios acumulan riesgos ante el futuro

Si exceptuamos la posición privilegiada de que disfruta el sector del aceite de oliva, dadas las peculiaridades del mercado internacional de este producto, el resto de los sectores agroalimentarios van acumulando riesgos ante el futuro, que deben analizarse con cierto detenimiento. No son los mismos para cada uno de ellos.

El sector hortofrutícola se enfrenta al vértigo de altura, con un superávit de 7.320 millones de euros, en 2003. Con una buena organización empresarial consolidada, se enfrenta a un notable proceso liberalizador de importaciones procedentes de terceros países sobre el mercado comunitario. La depreciación del dólar favorece notablemente la competitividad de dichas importaciones. Además, la inexistencia de una política europea o nacional de competitividad, junto a una política comercial exterior arriesgada, no permiten el optimismo ante el futuro.

En bebidas, el valor de nuestras exportaciones está estancado desde 2001. Dado el aumento de nuestras producciones y la debilidad del consumo interior, España está obligada a convertirse en líder mundial de la exportación de vino. De lo contrario nos veremos sumidos en una profunda crisis sectorial y una inevitable reconversión productiva en muchas regiones. El reto exportador es viable, debido a que existe suficiente margen de mejora en nuestras estructuras empresariales y comerciales y a que disponemos de una relación calidad/precio que aun es favorable, en términos generales.

El milagro de la carne requiere consideración especial. Los resultados comerciales de 2004 son sorprendentes dado que, durante buena parte del año, los precios de los cereales han sido elevadísimos. En septiembre España era el país de la UE que registraba los precios más elevados en trigo blando y maíz. Siendo la alimentación animal un factor clave en el coste de producción, siendo nuestro sector cárnico un gran consumidor de piensos, siendo los cereales un componente básico en dicha alimentación, ¿por qué no puede acelerarse también la liberalización comercial de estos productos?

Con unas importaciones de cereales entre 8 y 10 millones de toneladas anuales y unos sectores ganaderos que crecen y se modernizan rápidamente, España no puede seguir la estrategia francesa de proteger a los cereales comunitarios. Ya quedan suficientemente sobreprotegidos con el sistema comunitario de ayudas y, ahora, es urgente garantizar el abastecimiento a precios equivalentes a los que disfrutan los países terceros competidores.

Para España es obvio que una estrategia agraria de competitividad debe asentarse sobre los sectores cárnicos y de agricultura mediterránea. Por esta razón, el proteccionismo cerealista es letal para nuestro sector agrario.

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