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Columna
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Mejor Marruecos

Hubo un tiempo en que pudo pensarse que lo mejor para España era un Marruecos débil, porque en esa debilidad es donde se hacía residir nuestra mayor seguridad. Pero el escenario internacional viene demostrando desde la caída del muro de Berlín en 1989 que ahora las amenazas no provienen del fuerte, ni los Estados Unidos están amenazados por el poder militar de la desaparecida Unión Soviética, ni Israel por los ejércitos innumerables de los países árabes que tiene en sus fronteras. La amenaza actual procede de los más débiles cuando están imbuidos de convicciones fundamentalistas que les llevan al sacrificio de sus propias vidas.

Por eso en nuestro caso debemos aprender que la mejor contribución que podemos hacer a la seguridad de España es la de impulsar un Marruecos más desarrollado, más próspero, más respetuoso con los derechos humanos, más democrático, más reconciliado con su propia población, más vacunado contra el fundamentalismo islámico. Es decir, más parecido y más competitivo con nosotros. Visto el desastre del maximalismo aplicado en Rusia, donde al partido comunista lo han sustituido las mafias formadas por el antiguo aparato que han esquilmado el país, y observado el proceso gradualista que vive China, parecería que en Marruecos deberían promoverse los cambios mediante pasos inteligentes en línea con lo que significa el nuevo código de familia que dignifica la condición de la mujer o la revisión de los años de plomo de la época de Hassan II, que ha dado lugar a la aparición de los represaliados en la televisión oficial y las indemnizaciones que han recibido incluso algunos de los condenados por el atentado de Skira.

Desde luego, Mohamed VI encabeza un sistema claramente diferenciado del de la monarquía sueca, pero se trata de observar si hay una línea de tendencia hacia la homologación desde la condición de sultán a la de monarca constitucional. Y una vez identificada esa línea lo más conveniente es impulsarla de modo que Marruecos acabe anclado cada vez más en los valores de nuestra civilización. Marruecos merece más y a Marruecos hay que exigirle más, pero sin perder de vista la situación de partida y el contexto de los países árabes de religión mahometana en que se encuentra.

Salvo en Túnez por obra de Burguiba, en ningún otro país de la zona hay nada parecido al nuevo código de familia marroquí antes citado, y aunque la libertad de prensa deje mucho que desear, tampoco puede encontrarse el pluralismo de medios y el margen de que gozan en otros países de la ribera sur del Mediterráneo.

Como explicaba Jorge Dezcallar, entonces embajador de España en Rabat, con ocasión de un seminario hispano-marroquí de la Asociación de Periodistas Europeos celebrado en la capital del reino alauí a la altura de marzo de 2001, la renta per cápita de España es 15 veces mayor que la de Marruecos, lo cual, unido a la diferencia entre los índices de alfabetización o a los de la sanidad e higiene pública, configuran la naturaleza abrupta de frontera, la mayor entre las existentes en el planeta. Una frontera, pues, donde el gradiente pobreza-prosperidad alcanzaba y alcanza valores insoportables y que explica una relación psicológica muy complicada entre los dos países que delimita.

Es decir, que conviene atender a un sobrio reconocimiento de la realidad para reconocer que nos separa de Marruecos una frontera sensible con tres elementos específicos: el arabismo, el islamismo y el tercermundismo, los dos primeros además en crecimiento.

Por eso, es inútil caerse ahora del guindo para descubrir lo que ya sabemos o para presentar el déficit de Marruecos en tantas cosas como algo insuperable y agraviante. En resumen, que quienes hemos podido seguir de cerca la visita de los reyes don Juan Carlos y doña Sofía al país vecino estamos en condiciones de reconocer la valiosa aportación que significa al proceso de homologación que tanto nos conviene.

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