COLUMNA

Interpretaciones monetarias

Hay esencialmente dos puntos de vista acerca de la puesta en práctica de la política económica, ya sea fiscal, monetaria, o microeconómica, es decir, de actuación sobre el funcionamiento de mercados concretos: el de quienes piensan que la política económica debe perseguir únicamente objetivos de medio y largo plazo, con metas claramente definidas y anunciadas y una actuación consistente para conseguirlas, poco frecuente y coherente con dichos objetivos, y el de quienes creen que puede y debe perseguir objetivos de corto plazo, con actuaciones tan frecuentes como sea necesario.

En el ámbito de la política monetaria, la visión más modesta responde al reconocimiento de una escasez de instrumentos para su puesta en práctica, así como de que su actuación sobre los objetivos finales: inflación, tipos de interés a largo plazo, es bastante indirecta.

Desde esta óptica, la actuación de los bancos centrales desde 2000 ha sido bastante consistente: inicialmente, inyectando una elevada liquidez en el sistema financiero para anular toda posibilidad de un colapso de los mercados ante el fuerte aumento del riesgo por el pinchazo de la burbuja bursátil en 2000, y por los atentados durante 2001. Posteriormente, con una política gradual de recortes de tipos en un contexto de inflación en mínimos históricos. De hecho, ha sido una actuación posiblemente incluso en exceso generosa, manteniendo en EE UU y Europa tipos de interés reales negativos en los plazos más cortos, y positivos, pero por debajo del umbral del 2% tradicionalmente considerado como compatible con un crecimiento sostenido, prácticamente a lo largo de toda la curva de vencimientos. Ello ha impulsado finalmente una recuperación aún incipiente, aunque también ha contribuido en buena medida al desarrollo de la burbuja inmobiliaria en algunos países.

Hay objetivos que requieren una actuación que se escapa del ámbito de la política monetaria y deben formar parte de una estrategia de Gobierno a largo plazo

El cambio de signo de la política monetaria estadounidense, con las dos últimas elevaciones de tipos, ha de enmarcarse dentro de esta visión. En su último comunicado, el Federal Open Market Committee de la Reserva Federal (Fed), anunciaba su firme decisión de continuar en una senda alcista de tipos de interés, gradual y durante un horizonte amplio de tiempo, consecuente con su responsabilidad de estabilidad de precios.

Este anuncio tiene un doble interés: por un lado, significaba que no se iba a dejar guiar por indicadores frecuentes, que recientemente han sido más bien negativos, sino por el significado que estos pudieran tener dentro de un escenario de medio plazo. En segundo lugar, porque se decanta por uno de los objetivos trazados para la Fed, en predominio sobre el otro, que es posibilitar el crecimiento sostenido de la economía.

Es bueno que se establezca abiertamente una jerarquía de este tipo, pues es discutible que puedan conseguirse múltiples objetivos con un sólo instrumento, los tipos de interés, especialmente porque inflación reducida y crecimiento sostenido suelen ser antagónicos. Es también interesante para nosotros en Europa asistir a tal pronunciamiento, porque se insiste mucho en nuestro entorno acerca de si el Banco Central Europeo (BCE) ha sido suficientemente agresivo en estimular la economía cuando ha atravesado su peor momento, y se ha utilizado frecuentemente la actuación de la Fed para proponer descensos de tipos más agresivos en Europa.

Esta actitud es razonable dentro de la visión más intervencionista y ambiciosa de la política monetaria, pero mucho menos desde la óptica más modesta acerca de sus posibilidades.

Estas diferencias, más bien técnicas, tienen implicaciones de primer orden. La visión intervencionista transfiere una buena parte de la responsabilidad de la actuación del Gobierno a la autoridad monetaria, que pasa a ser responsable de la evolución cíclica de la economía, el rango temporal que generalmente preocupa a la clase política.

A modo de ejemplo, los días previos a la reunión de la Fed, el presidente de EE UU, George Bush, declaraba a los medios de comunicación que la Casa Blanca no tenía poder para fijar la política monetaria, a la vez que se atribuía el mérito de la creación de empleo registrada desde el inicio de la reactivación económica.

Declaraciones llamadas a imponer presión sobre el comité de dirección de la Fed para no llevar a cabo una política demasiado restrictiva, así como para disponer de un deseado chivo expiatorio en este año electoral.

Por el contrario, la visión menos ambiciosa de la política monetaria insiste en la importancia de las actuaciones de los Gobiernos en legislar y planificar a largo plazo una utilización más eficiente de recursos, lograr una sociedad bien preparada y educada, y crear una infraestructura productiva capaz de garantizar un crecimiento sostenido, si se dispone de un mercado de trabajo que funcione con transparencia y con la deseable flexibilidad.

Especialmente en economías como la española, también es central alcanzar una relativa independencia respecto de los proveedores externos de energía sujetos a mayor incertidumbre, cuestión que vuelve a preocupar, como siempre que unos costes elevados han amenazado con estrangular el crecimiento.

Todos estos objetivos, nada sencillos de lograr, requieren una actuación que se escapa del ámbito de la política monetaria, y deben formar parte de una estrategia de Gobierno a largo plazo, en la que es responsabilidad de la clase política alcanzar el suficiente consenso como para que sea respetada en sucesivas legislaturas.