COLUMNA

Irak y la economía internacional

De la equivocada previsión sobre una favorable acogida a las tropas de ocupación en Irak nacen los demás errores estratégicos, según el autor. La consecuencia es, en su opinión, la intensificación de la incertidumbre internacional y su impacto negativo sobre las expectativas económicas

Los neoconservadores norteamericanos que impulsaron, con el presidente Bush a la cabeza, la guerra de Irak contemplaron un escenario de color de rosa. La guerra sería corta y con pocas bajas (en lo que acertaron) y sería seguida de una acogida favorable de las tropas de ocupación formadas al margen de la ONU por un pueblo agradecido por el derrocamiento del tirano y deseoso de embarcarse en las reformas necesarias para transitar hacia la democracia, en lo que, sin duda, se equivocaron.

De este error nacen todos los demás. La ausencia de un proceso de transición democrática pacífica durante la ocupación ha impedido los supuestos efectos benéficos de la presencia norteamericana en Irak sobre la situación en Oriente Próximo, que ha empeorado en el último año. La presencia de focos de resistencia internacional en Irak, junto con la creciente insurgencia chiita y las amenazas kurdas en el norte, no sólo han dificultado la administración del país ocupado sino que han puesto de manifiesto que la conexión de Irak con el terrorismo internacional iba en el sentido contrario al que propugnaban los neoconservadores: Irak no era una fuente significativa de terrorismo internacional, sino que se ha convertido tras la ocupación en un acicate para su extensión.

Bagdad no era una fuente significativa del terrorismo internacional, pero se ha convertido tras la ocupación en un acicate para su extensión

La consecuencia de estas equivocaciones estratégicas es la intensificación de la incertidumbre internacional en los últimos meses y el impacto negativo de la misma sobre las expectativas económicas. El supuesto éxito en la guerra de Irak no ha contribuido a consolidar la recuperación económica ya iniciada en 2003, sino a ponerla en peligro.

La industria del petróleo, que con la incorporación de la producción de crudo iraquí debería, según estas previsiones, mantener los mercados y los precios estables, está atravesando un momento de incertidumbre muy superior al que vivía bajo el régimen de exportación iraquí supervisado -aparentemente mal- por Naciones Unidas. La red de producción, refino y transporte en Irak está peor que antes de la guerra. Su reconstrucción y funcionamiento normal parecen imposibles en un plazo razonable. La especulación en el mercado internacional ha aumentado y la demanda precautoria, a la vista de estas incertidumbres, ha presionado los precios al alza sin que, a la vista de las dificultades del proceso de devolución del poder en Irak, haya razones para pensar que las cosas vayan a cambiar significativamente en los próximos meses.

Otro tanto ha pasado con el supuesto maná que habría de producir el proceso de reconstrucción de Irak. En el contexto de un grave desacuerdo internacional sobre la guerra de Irak, el dinero de los financiadores ha sido escaso y apenas se ha movilizado hasta ahora desde que se acordó en la conferencia de Madrid. Por lo demás, si lo hubiera hecho, difícilmente se hubieran materializado las inversiones de infraestructura e industriales en un clima de conflicto abierto como el que hoy vive Irak. Sólo unas pocas firmas americanas parecen haber obtenido algunas ganancias de lo que iba a ser una gran operación multinacional de reconstrucción de aquel país.

El aislamiento de facto de Estados Unidos y del Reino Unido en las tareas de ocupación -las fuerzas de los demás países, incluido España, sólo sirven de attrezzo para prestar un aire de coalición internacional a la presencia extranjera en Irak- va a repercutir también de manera negativa en las perspectivas fiscales de estos países, principalmente de Estados Unidos, que es el que se lleva la mayor parte de estos gastos, alejando así el horizonte de equilibrio presupuestario sin el cual la recuperación económica es difícilmente sostenible. En realidad, no se puede descartar que en la difícil situación actual la Administración norteamericana aumente sus efectivos y los recursos destinados a la ocupación de Irak.

Esto será tanto más probable cuanto mayores sean las dificultades para el traspaso de poderes y la normalización institucional. Sin embargo, hay que decir a continuación que un traspaso de poderes hecho de manera precipitada y sin que tenga el respaldo de diversas facciones iraquíes no sólo no mejorará la situación en el corto o en el medio plazo, sino que añadirá incertidumbre a la salida a largo plazo de esta desgraciada operación.

Los que creyeron en aquel escenario rosa desoyendo las advertencias de los escépticos sobre la difícil administración de Irak después de la guerra no tuvieron escrúpulos en poner por primera vez en grave peligro el funcionamiento y la credibilidad de Naciones Unidas, el equilibrio necesario en las relaciones transatlánticas (en el seno de la OTAN y, fuera de ella, entre los países más importantes) e incluso los delicados equilibrios en la política de seguridad y defensa en el seno de la Unión Europea, favoreciendo la división de los países europeos.

La historia juzgará el papel principal que jugaron en esto los dirigentes en la época de Estados Unidos, Inglaterra y España. Para mí la sentencia es clara: actuaron como auténticos aventureros y no como hombres de Estado prudentes. Si esta sentencia, como ha ocurrido en el caso de Aznar, se alcanzará en el caso de Bush y Blair en la primera ocasión en que sus conciudadanos puedan emitirla es algo que no sabemos, pero no sería malo que así fuera tanto para la recomposición del legítimo orden internacional como para la consolidación del crecimiento económico.