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Tribuna
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Samsung, China y los retos de la globalización

El anunciado cierre de la factoría de Samsung para trasladar su producción a China y Europa del Este ha coincidido estos días con la publicación de la cifra de crecimiento del gigante asiático, que alcanzó un asombroso 9,1% en 2003. Tan amarga coincidencia ejemplifica los contrastes de la globalización, cuyos costes y beneficios se reparten de forma muy desigual entre países, industrias y personas.

Los recientes casos de deslocalización de Philips y Samsung han levantado preocupación por el futuro de los sectores de material eléctrico y electrónica de consumo en nuestro país, que se añaden a la larga agonía del textil, la confección, los juguetes y la automoción. Aunque esta relativa crisis no provocará aparentemente los estragos observados cuando la traumática reconversión industrial de los ochenta afectó principalmente a cabezas de familia y regiones enteras, sí puede tener un impacto nefasto sobre ciertas economías familiares y locales.

En primer lugar, la presencia masiva de mujeres entre los afectados podría poner en duda el consolidado fenómeno del doble sueldo y de la creciente ocupación femenina, con las consabidas consecuencias sobre las rentas familiares y el consumo de bienes duraderos.

En segundo lugar, las bases del desarrollo multipolar en zonas de Cataluña o Levante se resquebrajan, por cuanto las economías locales dependían sobremanera de una determinada planta o empresa, ahora en crisis.

El drama de la globalización reside precisamente en que los puestos de trabajo creados en nuevos sectores y actividades a menudo no compensan los destruidos en otros, bien por simple aritmética, o bien porque obedecen a distintos perfiles profesionales. Un estudio reciente sobre el impacto del Nafta en México indicaba cómo la industria había creado medio millón de empleos, mientras se perdían 1,3 millones en la agricultura.

En la aparentemente intratable China, se prevé que el reciente ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la reestructuración de las empresas públicas genere en los próximos años 11,2 millones de parados adicionales, amén de la friolera cifra de 137 millones de campesinos que deberán abandonar sus aldeas para incorporarse a los mercados laborales urbanos.

Será preciso aguardar al menos una década para analizar el resultado del difícil proceso de reestructuración económica en China y otros tantos países. Sólo entonces podremos determinar si el robusto crecimiento chino ha permitido a la nueva industria privada y los servicios absorber el excedente de mano de obra rural y de las empresas públicas.

En cualquier caso no es legítimo atribuir a este país, ni tampoco a nuestros vecinos del Este, los males que afectan a nuestra industria.

En primer lugar, el crecimiento chino está resultando especialmente generoso con la economía mundial, pues sus importaciones aumentan a ritmos tan sorprendentes como el PIB o las exportaciones.

El empuje chino ha permitido, por ejemplo, incrementar en un 50%-60% los precios internacionales de metales básicos, con los evidentes beneficios para países africanos, a la vez que las exportaciones brasileñas de soja se hallan en niveles históricos. Asimismo, y pese a las repetidas quejas americanas, las ventas chinas en EE UU sólo han reemplazado en muchos casos a otros países en desarrollo, mientras Wall Street se frota las manos ante la anunciada salida a Bolsa de bancos estatales chinos.

En segundo lugar, los cierres de Samsung y otras empresas obedecen a una lógica reacción empresarial a la luz de los compromisos multilaterales de liberalización comercial. No debemos olvidar cómo a finales de 2002 la UE suprimió los derechos antidumping sobre televisores chinos, en respuesta al esfuerzo de apertura comercial del Gobierno chino. Ante esta medida, la decisión de Samsung podría considerarse como al menos un año antes de su fatal desenlace.

Corresponde, pues, a los poderes públicos de todos los niveles tratar de anticiparse a las consecuencias de acontecimientos ya previstos, como el ingreso de China en la OMC o la ampliación de la UE. Ahora serán necesarias medidas que faciliten la reinserción laboral de personas con perfiles y experiencias concretas, a menudo no coincidentes con las demandas de ciertos sectores emergentes, como el comercio, la hostelería y los servicios en general, amén de los problemas planteados en cuanto a su movilidad geográfica. En todo caso, el nuevo Ejecutivo español deberá abordar con firmeza y sin dilación los retos que plantea la globalización en nuestro país desde sus múltiples perspectivas.

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