EDITORIAL

El crecimiento flexible

El vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, Rodrigo Rato, alumbró ayer las nuevas previsiones macroeconómicas para lo que resta de este año y para el próximo. Rebaja al 2,3% (desde el 3%) el crecimiento estimado para este ejercicio, del que ya se ha consumido un semestre a un ritmo interanual del 2,1%, y mantiene en el 3% el avance del PIB en 2004, confiando ciegamente en una recuperación de las economías del entorno sobre la que siguen amenazando todas las dudas del mundo.

Echa también al entorno la culpa de que el Gobierno haya tenido que modificar sus estimaciones de crecimiento de este año, algo similar a lo que ya ocurrió en 2002. El sector exterior tendrá una aportación negativa al crecimiento de nueve décimas por el efecto combinado de una nula demanda externa y una fuerte agitación de las compras. Simplificando, se puede concluir que Rato echa la culpa al empedrado de la necesidad de revisar a la baja el PIB previsto. Pero es de reconocer que ya quisiera este crecimiento para sí la gran mayoría de las economías europeas que bordean la recesión y en cuyo cumplimiento algo tendrá que ver la política económica diseñada precisamente por Rodrigo Rato.

Llama, no obstante, la atención el comportamiento esperado de las variables sintéticas que se derivan del crecimiento económico. Tanto el empleo como las cuentas públicas evolucionan prácticamente igual con el crecimiento del PIB del 3% previsto inicialmente, con el 2,3% esperado ahora, e incluso con el 2,1% que realmente arroja la economía en los seis primeros meses (es la evolución que da por buena el Banco de España).

La explicación sigue siendo, al menos la que la doctrina esgrime, que el crecimiento es muy intensivo en empleo, incluso con avances de la ocupación superiores a los del producto (tan altos y por tanto tiempo que no cabe más explicación que el sesgo estadístico o el desplome de la productividad), que genera suficientes recursos fiscales para que Hacienda cebe la caja y no reactive el gasto cíclico del desempleo. Pero, si las cuentas públicas cierran en equilibrio con un crecimiento del 2,3%, cabe preguntarse con qué superávit lo harían si la actividad avanzase de verdad un 3%.

La duda que aparece ahora, otra vez, es el calendario de la recuperación exterior. España no va a resistir mucho tiempo con su actividad como si se tratase de una isla fértil en medio de un océano salado. El Gobierno no ha previsto, o al menos hasta ahora no lo ha expuesto, ninguna medida puente para evitar una caída súbita de la actividad si por alguna circunstancia la recuperación alemana, francesa o norteamericana no llegase en 2004. æscaron;nicamente ha pedido auxilio a trabajadores y empresarios para que no estiren artificialmente costes y márgenes hasta el punto de quebrar la competitividad. Trabajadores y empresarios no deben esquivar el mensaje, puesto que el empleo y los beneficios de las empresas, que mantienen su consistencia hasta junio, no son eternos si no se cuidan los fundamentos.