_
_
_
_
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La relación entre oferta y demanda

Las recientes declaraciones del gobernador de la Reserva Federal de EE UU (Fed) Ben Bernanke, en el sentido de que la entidad está dispuesta a llevar los tipos de interés hasta cero si ello es necesario para revertir la tendencia deflacionista que apunta la economía estadounidense, vuelven a poner sobre la mesa un debate que periódicamente reaparece en el mundo económico: la relación entre oferta y demanda.

El funcionamiento de la economía de EE UU está hoy determinado por tres parámetros: la interconexión de procesos económico-financieros que ha traído la globalización ha hecho que su economía ya no sea independiente; su modelo se basa en el consumo público y privado financiado con endeudamiento, y el darwinismo que impregna prácticamente todas las acciones políticas, económicas y sociales del escenario estadounidense supone que no existan amortiguadores en situaciones en las que, por uno u otro motivo, el automatismo de su modelo se resiente.

Como la inversión no deja de ser más que otro tipo de consumo, a través del endeudamiento la capacidad de la oferta ha ido creciendo hasta alcanzar cotas estratosféricas, pero como la demanda interior ha ido agotando su capacidad de endeudamiento y la exterior se ha sentido poco incentivada hacia los bienes estadounidenses, en EE UU se ha ido instalando una brecha creciente entre oferta y demanda; a ello ha contribuido la constante necesidad de financiación exterior de su economía.

En el interior, EE UU ha ido mejorando su productividad debido a los avances tecnológicos que ha ido desarrollando y a la absoluta flexibilidad de su mercado de trabajo. Lo primero implica, en principio, la posibilidad de aumentar la oferta; lo segundo ha supuesto, además de un aumento del desempleo y del subempleo, que gran número de trabajadores estadounidenses hayan tenido que incrementar las horas trabajadas para intentar mantener su renta real, lo que supone que su capacidad de endeudamiento se haya visto resentida.

Pero, por otro lado y como hoy las ganancias de competitividad se obtienen de mejoras en la productividad, el incentivo para mejorar procesos se mantiene, incidiendo en rebajas de costes y generando reducciones de plantillas, lo que afecta a las capacidades de endeudamiento de los consumidores.

El Estado, por su parte, intenta contribuir positivamente a esa situación, de ahí el incremento brutal de déficit que se ha producido, pero ello incide negativamente en su necesidad de financiación exterior; y la Fed aplica el manual reduciendo tipos de interés a fin de reactivar una economía que, por la propia filosofía global, en gran medida ya ha dejado de depender de la evolución de los tipos de interés.

Los tratados convencionales dicen que en una situación así hay que incrementar la demanda, de ahí la rebaja de los tipos y el derrumbe del dólar; pero esos tratados aún no han incorporado el hecho de que hoy es posible el incremento continuado de la productividad.

De continuar por el camino emprendido, la economía estadounidense no conseguirá reflactar sus precios porque el reducirlos es su manera de ser competitiva y ello es posible mejorando la productividad; además, la mejora de prestaciones debido a la innovación de los bienes y servicios -de consumo y de inversión- producidos supone una rebaja adicional de los precios de venta a lo largo de la cadena económica.

Estados Unidos no conseguirá incrementar la demanda interior y exterior de sus bienes y servicios en la medida que precisa para conseguir la plena utilización de su sistema productivo, ni siquiera hundiendo el dólar, porque otros países y áreas económicas también tienen infrautilizado su propio sistema de producción. Además, la tecnología que permite incrementar la productividad cada vez es más barata y más simple de utilizar; la capacidad de absorción de bienes de aquellos que pueden endeudarse en otras latitudes es limitada y, por último, en la parte del planeta que puede endeudarse se está instalando, lenta pero imparablemente, una tendencia hacia el minimalismo consuntivo. En un escenario así la única posibilidad es reducir la oferta.

Pero reducir la oferta tiene implicaciones, entre ellas el aumento del desempleo del factor trabajo con las consecuencias que ello tiene sobre las cuentas públicas, aunque en eso EE UU tiene ventaja debido a su modelo social.

Estamos ante una situación nueva propia de una transición de sistema en la que, gracias a los avances tecnológicos producidos en todos los campos, sobra capacidad productiva y sobran factores de producción. El avance científico no va a detenerse, por lo que la solución tiene que venir por otro lado, pero, desde luego, no por reducir los tipos de interés e incrementar el déficit.

De hacerlo, posiblemente repunten las economías -la de EE UU y las del resto del mundo-, pero será de forma transitoria, sesgada y leve hasta que, dentro de unos años, pocos, esta situación vuelva a presentarse en toda su amplitud, obligándonos a tomar decisiones de forma más drástica y con mayor rapidez.

Newsletters

Inscríbete para recibir la información económica exclusiva y las noticias financieras más relevantes para ti
¡Apúntate!

Archivado En

_
_