COLUMNA

Greenspan, ¿queda algo en la chistera?

Afinales de junio la Reserva Federal (Fed) volvió a reducir los tipos de interés a corto, dejándolos en el 1%. El resultado es que difícilmente podrá rebajarlos más, ya que los canales de transmisión de la política monetaria han dejado de funcionar en EE UU y la capacidad de los mensajes de su presidente, el señor Greenspan -incluido el de ayer-, para generar expectativas de recuperación económica es casi nula. Y no será por falta de intentarlo, pues el tándem Greenspan-Bush se ha empleado a fondo, con el primero reduciendo los tipos de interés de la Fed nada menos que en 13 ocasiones -desde el 6,5% al 1%-, mientras que el presidente, con su política fiscal, se ha encargado en convertir un superávit del 1,4% del PNB en un déficit que para este año se prevé que alcance el 4,5% del producto de aquella gigantesca economía.

¿Y todo ello para qué? Se ha detectado un pequeño impulso, pero claramente insuficiente para potenciar una recuperación sostenida. No hay, desde luego, peligro de deflación, por mucho que se afirme, pero tampoco la economía americana parece estar cercana a alcanzar el ritmo del 3% en que se cifra su crecimiento tendencial. Para lograrlo es fundamental que el sector privado -familias y empresas- recuperen la tasa promedio de ahorro -situado en torno al 2,5% del PNB- alcanzada entre 1975 y 1998, lo cual dependerá del cumplimiento de dos condiciones:

Detener rápidamente el crecimiento de la relación entre endeudamiento y renta de las familias, que sigue creciendo de acuerdo a los últimos datos disponibles a un ritmo muy vivo alcanzando en estos momentos un nivel del 111% cuando hace 15 meses era del 102%. Y es aquí, por cierto, donde aparece la temida burbuja inmobiliaria, que el presidente de la Fed desecha con idéntica galanura con que, en su día, ignoró la bursátil.

Que las empresas se decidan a invertir, lo cual parece poco probable habida cuenta de que su endeudamiento sigue siendo elevado y su capacidad de utilización más bien baja.

En semejantes circunstancias los responsables de la política económica americana seguramente cifrarán sus esperanzas en conseguir dos propósitos: el primero es mantener un dólar bajo al objeto de fomentar las exportaciones; ello tiene, sin embargo, una contraindicación, la de que la primera economía mundial estará exportando simultáneamente deflación a economías -como algunas europeas o Japón-, cuyas probabilidades de crecimiento son todavía menores que las de aquélla.

El otro logro reside en conseguir que los tipos de interés a medio y a largo -precisamente los menos asequibles a los manejos de los bancos centrales para modificar la curva de tipos- continúen tan bajos como hasta ahora.

Para conseguirlo se precisarán medidas algo diferentes a las hasta ahora empleadas por el señor Greenspan y sus colegas; justamente lo que algunos economistas estadounidenses e incluso gobernadores de la Reserva Federal han estado aconsejando a sus colegas japoneses: empezar a comprar deuda del Tesoro americano, decisión que entre otras tiene la gran ventaja de no incrementar la carga neta de la deuda del sector público y, por ende, no originará futuros incrementos de impuestos. Veremos si se deciden a hacerlo o todo se queda en buenos consejos a los ajenos.

Pero una vez más aparece la burbuja bursátil. En cuanto los tipos de interés detengan su caída, lo cual acaso no esté tan lejos como a algunos les parece, las familias estadounidenses necesitarán ahorrar cada vez más y, salvo que se produzca una espectacular recuperación, será inevitable que su consumo flaquee. En qué se apoya ese crecimiento si el consumo privado renquea es una pregunta cuya respuesta no es fácil y que no pocas voces autorizadas eluden por el momento.

Resta una última decisión, que desde luego no es fácil adoptar, pero que cada mes que pasa resulta más imprescindible: ni más ni menos que agradecer al señor Greenspan los servicios prestados y buscar rápidamente un sucesor competente para la presidencia del Consejo de Gobernadores de la Reserva Federal.