COLUMNA

La deflación

El espectro de la deflación -la caída del nivel general de precios- se nos presenta a veces como la gran amenaza para la economía mundial. No obstante, si volvemos la vista atrás y buceamos en la Historia, podemos encontrar algunos periodos -como la última parte del siglo XIX- en los cuales las economías han combinado, en un mismo espacio temporal, caídas de precios con crecimientos reales.

Pero es justo reconocer que la deflación tiene el riesgo de arrastrar a la baja no sólo a los precios, sino también al crecimiento real, y hay otras etapas históricas en que esto ha sucedido, como la crisis de los años treinta. En efecto, la rigidez de los salarios y de otros costes puede llevar a comprimir los márgenes empresariales y esa reducción en los beneficios conlleva, lógicamente, una disminución de la demanda de inversión. Si observamos lo que sucede por el lado de los consumidores, la expectativa de contar con precios más bajos en el futuro les puede llevar a retrasar sus gastos de consumo. Todos estos comportamientos llevan a reducciones en la demanda y, en consecuencia, a reducciones en el crecimiento.

Por otra parte, aquellos que están endeudados ven con la deflación cómo su deuda real se encarece poco a poco, y tratarán de reducir al máximo su endeudamiento y, por las mismas razones, otros agentes disminuirán la demanda de crédito, lo que puede llevar a que la banca entre en dificultades.

Por tanto, hay razones ciertamente para preocuparse de los efectos de la deflación por cuanto puede iniciar espirales descendentes en la evolución del PIB y crear serios problemas al sistema financiero.

En su intervención ante el Congreso, Greenspan no negó la seriedad del problema de la deflación, pero tranquilizó a la audiencia aludiendo a que el riesgo de que se produzca es bajo y, además, se separó de aquellos que subrayan la impotencia de los gobiernos y de las autoridades económicas para combatir la deflación.

Es verdad que ahí está el caso de Japón, que se presenta como ejemplo de que las políticas monetarias y fiscales han sido incapaces de sacar al país del agujero del estancamiento, pero probablemente el caso japonés se explica en buena parte por la resistencia a admitir su crisis bancaria latente, y por evitar los costes de acometer una reestructuración de su industria bancaria. Además, hay que reconocer que los posibles instrumentos con que contamos para combatir la deflación son instrumentos fáciles de usar, que no plantean problemas políticos.

Esto se ve muy bien si se compara con lo que hay que hacer para combatir la inflación, cuyas medidas tienen unos costes políticos altos y se entiende por qué los Gobiernos y autoridades siempre se resisten a aplicarlos.

Subir impuestos y reducir gastos no son medidas populares e, igualmente, subir los tipos de interés es algo que la clase empresarial siempre va a criticar acusando al Gobierno o a los bancos centrales de hundir las empresas y la economía.

Por el contrario, los instrumentos de política económica que se deben emplear para combatir la deflación son muy populares, por lo que no será difícil conseguir que las autoridades se decidan rápidamente a aplicarlos. Para combatir la deflación hay que bajar tipos de interés, bajar impuestos y aumentar el gasto público y todas estas medidas son muy bien recibidas por la mayoría de los ciudadanos.

Parece, pues, que una vez más Greenspan dice cosas razonables, que la deflación es un riesgo a tomar en serio pero que no deberíamos exagerarlo, sino estudiarlo cuidadosamente, pues es un fenómeno sobre el cual nuestra generación -que ha empleado toda su vida en luchar contra la inflación- tiene muy poca experiencia.