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Tribuna
Columna
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El califa de Bagdad

El califa de Bagdad ha caído. Las imágenes televisivas de la semana pasada de la capital iraquí reflejaban la rebelión iconoclasta de los otrora súbditos del rais ensañándose con estatuas y retratos de Sadam Husein. El derrumbamiento de estatuas se ha convertido en imagen recurrente de la caída de las dictaduras. Lo visto en Bagdad lo vimos también en Moscú con la efigie de Lenin, o en Berlín con el muro de la vergüenza en medio de una eclosión popular de alivio, de alegría, por el desmoronamiento de un régimen tiránico y opresivo.

La minoría kurda y la mayoría chiita celebraban, con una euforia incontenible, la caída de la capital del califato. También en nuestro país los iraquíes exiliados de su país, asilados o simplemente residentes, celebraban, quizá prematuramente, la caída del régimen. Su valoración era clara: se ha pagado un precio muy alto, pero la llegada de las tropas americanas era coreada como una liberación del pueblo.

En España el evento se vivió con un sentimiento de dolor compartido por la muerte violenta de dos españoles, Julio A. Parrado y José Couso. Dos profesionales de los medios de comunicación que han dado su vida por su profesión, una de las más sagradas en una democracia de opinión pública, la del informador.

Parece inevitable que la administración inmediata de Irak recaiga en manos de la coalición anglo-americana que ha librado la guerra

Nuestra sociedad acomodada, que ve las noticias desde la pequeña pantalla, no es consciente de la prima de riesgo personal que soportan los medios de comunicación por cumplir con su deber profesional de informar de un conflicto bélico, hasta que se produce una mutilación injusta e irracional de vidas humanas. Desde estas líneas quisiera rendir tributo a su memoria, y a la de tantos corresponsales de guerra que en la ya dilatada historia de las conflagraciones bélicas han sacrificado su propia vida para cumplir con su nada fácil tarea de informar.

Durante tres semanas hemos visto el horror de la guerra, que nadie quiere, ni la sociedad civil ni la sociedad política, ni la oposición ni el Gobierno. Durante estas semanas nos hemos reafirmado en lo que ya pensábamos del califa de Bagdad y de su abyecto régimen tiránico.

No ha dudado en usar a la población civil como escudos humanos, se han descubierto más de 200 cadáveres en un hangar en un avanzado estado de descomposición, se han descubierto armas prohibidas y laboratorios para producirlas. Un régimen que utiliza hombres-bomba para, con su inmolación, servir los despropósitos del califa, y desprecia el principio kantiano de que el hombre es un fin en sí mismo.

No hay que confundirse, Sadam es el agresor no la víctima. Agresor de su propio pueblo al que no ha dudado en gasear, cuyos derechos humanos ha pisoteado sistemáticamente, con una mayoría chiita sojuzgada y una población kurda agredida y sometida. Agresor de sus vecinos más inmediatos cuya paz y estabilidad no ha dudado en turbar con invasiones y guerras.

Ahora se empieza a dibujar ya un escenario poscalifal para Irak y en este escenario quedan tres temas pendientes. El primero es el de la población civil. La guerra, como la tiranía de Sadam, ha producido muchas víctimas, demasiadas. Es preciso organizar urgentemente la ayuda humanitaria. Con la oposición de algunos partidos, el Gobierno español ha enviado a la zona un contingente armado con misiones humanitarias que permitirá atender a la población civil y a los contendientes de ambos bandos. Al mismo tiempo se ha arbitrado un programa económico con destino a la ayuda a la infancia y a la FAO. A estas alturas del conflicto todavía no tengo claro si la oposición apoya esta iniciativa humanitaria.

En segundo lugar, el trono de Nabucodonosor queda vacante, y por tanto, habrá que proveer algún tipo de gobierno de base representativa que administre el país. Parece inevitable que la administración inmediata recaiga en manos de la coalición anglo-americana que ha librado la guerra, pero en una segunda fase habrá que decidir cuál es el papel de la ONU y cuál es su grado de implicación en la administración del territorio. Es la tesis de Blair que no debe enturbiar el objetivo final de edificar un nuevo Gobierno representativo que asegure la paz y la libertad del pueblo iraquí.

En tercer lugar queda el sempiterno problema palestino. En una zona de equilibrios precarios donde la cuestión palestina ha envenenado todos los conflictos, incluida la guerra del golfo de 1991, se impone una solución definitiva al contencioso. Es la tesis que ha liderado España y que cuenta ya un antecedente tras la guerra de 1991 con la conferencia de Madrid.

La solución hábil y justa de las tres cuestiones certificará la caída definitiva del califa, no sólo de su efigie.

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