COLUMNA

Un Presupuesto para la guerra

José Borrell Fontelles analiza el Presupuesto presentado por George Bush y lo califica de reaganiano. Señala que la incapacidad de la UE para definir su política exterior y de defensa se incrementará con la ampliación

La crisis de Irak está sirviendo para demostrar los límites de la unidad europea y su incapacidad para definir colectivamente una política exterior. Con su carta abierta al presidente Bush, los ocho Gobiernos europeos que la firman demuestran que la cohesión de Europa es una segunda prioridad, subordinada a los lazos de amistad, o de dependencia, transatlánticas.

Lo que está ocurriendo demuestra la necesidad de las reformas que hemos discutido en la Convención europea para que Europa pueda expresar, con una sola voz, una posición sólida en la escena internacional. Pero también pone en cuestión la viabilidad de esas reformas si los Estados europeos prefieren afirmar su soberanía nacional antes que comunitarizar sus políticas exteriores.

Bush está convencido de que sólo evitará una recesión aumentando el poder de compra de los contribuyentes más ricos

El problema será más grave después de la ampliación al Este. Aumentará el número de miembros de la UE que prefieren confiar en la seguridad que les da la relación con EE UU a través de la OTAN que en la construcción de una Europa de la defensa. Polonia es el país más pro americano del mundo, quizá con la excepción de Israel. Hungría está encantada de servir de base de entrenamiento de los enlaces iraquíes de las fuerzas americanas. Rumania y Bulgaria sueñan con tener un papel estratégico en la reordenación del Oriente Próximo comparable al de Turquía durante la guerra fría.

Además de la inmadurez de su proyecto de unión política, los países europeos no quieren, o no pueden, hacer el esfuerzo presupuestario necesario para modernizar y cohesionar su capacidad militar, dentro de las reglas y pactos que condicionan sus políticas económicas. Y aquí la diferencia con EE UU es brutal, como demuestra el Presupuesto federal presentado ayer por Bush.

Aunque no incorpora el coste de una posible intervención militar en Irak, se trata claramente de un presupuesto para la guerra. Tanto por el aumento del gasto militar como por las políticas expansivas para hacer frente a una posible recesión generada por un conflicto más difícil de lo que algunos prevén.

El Presupuesto de Bush es muy reaganiano: prioridad absoluta al gasto militar, rebajas de impuestos -sobre todo para las rentas altas- y fuertes incrementos del déficit público. A pesar de sus muy optimistas hipótesis de crecimiento y empleo, y de no incluir el coste de la guerra con Irak, presenta un déficit inicial de 300.000 millones de dólares y más de un billón acumulado durante los siguientes cinco ejercicios. Esta previsión hay que compararla con la de un superávit, para el mismo periodo, de 5,6 billones en 2001, o con el superávit de 250.000 millones registrado en el año 2000.

Cierto es que, a pesar de ese rápido crecimiento, el déficit público americano no superaría el 3% del PIB. Todavía respetaría los discutidos estándares europeos del Pacto de Estabilidad, bien lejos del 6% con el que culminaron los años de Reagan. Pero nadie sabe cuáles pueden ser las consecuencias económicas de una guerra, no sólo por lo que cueste hacerla, sino por los efectos inducidos que puede tener sobre la economía mundial.

El Presupuesto de Defensa alcanza los 400.000 millones de dólares si se incluyen los gastos de mantenimiento del arsenal nuclear que no se reflejan en el Pentágono.

Es decir, 85.000 millones más desde que llegó George Bush y 20.000 millones más cada año hasta rondar el medio billón en el horizonte 2009. Esta expansión del gasto militar implica evidentemente restricciones para las otras políticas, con la excepción de la Nasa y de la Comisión de Operaciones en Bolsa.

Pero a pesar de las restricciones en educación y sanidad, el gasto total crece más que el PIB. Cuestión de mantener la demanda por si la inseguridad bélica retrajese a empresas y familias de la inversión y el consumo…

La otra característica del Presupuesto de Bush es la fuerte reducción de impuestos, sobre todo sobre los dividendos. Tendrán una difícil tramitación en el Congreso, donde Bush no tiene una mayoría suficiente para aprobarlas, y su efecto sobre la reactivación económica no sería inmediato. Pero Bush está convencido de que sólo evitará una recesión aumentando el poder de compra de los contribuyentes más ricos.

Claramente no es un keynesiano: Keynes no proponía aumentar fiscalmente las rentas de los más ricos porque temía que eso aumentase más el ahorro que el consumo.

Queda por ver qué pasará con el dólar. Pero desde el sestercio y las legiones, sabemos que la fuerza de los ejércitos es tan importante como la de las economías.