EDITORIAL

Prosigue la desaceleración

Como había previsto el Banco de España, la economía española creció en el tercer trimestre a un ritmo del 1,8%, en tasa interanual corregida de los efectos del calendario. Se trata del menor avance desde finales de 1993, cuando hace nada menos que nueve años se inició el actual ciclo alcista de la actividad. Este comportamiento pone francamente difícil que se alcance la previsión corregida a la baja del Gobierno para el año (2,2%). No obstante, se detectan indicios de mejora en algunos componentes de actividad y el crecimiento intertrimestral ha sido del 0,8%, frente al 0,5% de los dos primeros trimestres del ejercicio. De acentuarse esta tendencia, en el cuarto trimestre el crecimiento podría acercarse a la tasa calculada por el Ejecutivo.

La nueva desaceleración del PIB en el tercer trimestre es imputable al comportamiento pesimista del consumo de las familias, que se sigue moderando y sólo avanza al 1,5%, cuando hace un año lo hacía al 2,8%. Lo preocupante es que esta variable parece no haber tocado fondo, a juzgar por su medición por el método de ciclo-tendencia, utilizado por Estadística hasta hace poco como baremo. Por contra, la inversión parece haber dejado su letargo y del práctico estancamiento ha pasado a crecer un 1,5%, como consecuencia de que las empresas están empezando a recomponer sus necesidades de equipamiento, todavía en tasa negativa.

Uno y otro componentes dependen de la confianza en una marcha más activa de la economía los próximos trimestres, sobre todo si previamente abandonan la parálisis de crecimiento EE UU -ayer se conocieron algunos síntomas de que está en el buen camino-, Alemania o Francia, mercados de cuya capacidad de demanda depende la actividad española. Una muestra de la nula ayuda del exterior en el tercer trimestre del año es que la aportación de la demanda externa al PIB fue cero.

Mantener un crecimiento cercano al 2% -la polémica por unas pocas décimas es estéril-, cuando la UE no llega al 1% y las primeras economías de la zona alcanzan escasamente el 0,5%, tiene un mérito que en parte hay que reconocer a la política económica y en parte a la colaboración, especialmente, de la moderación salarial. Pero, pese a la contención de los salarios, los deflactores del producto se están colocando en valores que amenazan gravemente la competitividad.

Este avance de los costes, en parte alimentado por los márgenes empresariales, debe ser neutralizado, sea en los márgenes o introduciendo modelos de competencia real en los principales mercados de bienes y servicios. En caso contrario, pueden estimularse costes que ahora están bajo control -el Gobierno ha mostrado su temor a un rebrote de salarios por las cláusulas de revisión en función del IPC-, y hacer del todo incontrolable la inflación. Si se llega a tal, la economía aceleraría el deterioro a través de la pérdida de empleo, de los ingresos fiscales que hoy se mantienen por la elasticidad sorprendente de la ocupación, del déficit público y de la morosidad, entre otros males.