11-S

La recesión que precedió a los ataques

Tres trimestres continuos de contracción de la economía, una tasa de paro del 4,9%, siete rebajas de los tipos de interés en ocho meses, un año de caída en la industria, pérdidas millonarias en las cotizaciones bursátiles. Estas cifras no son producto de los ataques del 11 de septiembre de 2001 sobre la economía estadounidense. Es el escenario que presentaba EE UU justo antes de esa fecha y que refleja claramente una economía en recesión. Pero eso lo hemos sabido después.

El temor inicial a que los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono provocaran el colapso del sistema financiero internacional y una recesión a nivel mundial fue paliado, en buena medida, por la rápida actuación de los bancos centrales liderados por la Reserva Federal estadounidense. A media mañana, la autoridad monetaria emitía un comunicado garantizando el funcionamiento de la entidad y su disponibilidad para propiciar al mercado la liquidez que fuera necesaria. El mensaje evitó la ruptura del sistema de pagos y, con ello, una potencial crisis de liquidez.

En las semanas posteriores a los ataques, el llamamiento a los estadounidenses para mantener el ritmo del consumo como acto patriótico, otras cuatro rebajas de tipos y la inyección de fuertes sumas de gasto público permitieron que la economía estadounidense cerrara el cuarto trimestre del año con crecimiento positivo. El resultado de los primeros tres meses de 2002 resultó espectacular (con un crecimiento del PIB del 5%) pero, a partir de abril, los problemas estructurales de la economía estadounidense y la crisis bursátil pasan a un primer plano y amenazan seriamente la recuperación de la primera economía mundial. El alcance de la economía de guerra es limitado en la era de la globalización.

Con la perspectiva que dan 12 meses, los atentados del 11-S pusieron al descubierto las fortalezas y las debilidades de la economía estadounidense.

Hasta marzo de 2001, EE UU había disfrutado de una década ininterrumpida de expansión económica, impulsada por el crecimiento de la productividad derivado del uso de nuevas tecnologías, una política de fortaleza del dólar, para financiar el alto déficit por cuenta corriente, y unos Presupuestos dirigidos a alcanzar el superávit fiscal y reducir el peso de la deuda pública sobre el PIB. A finales de los noventa, la política económica de EE UU representaba el único modelo a seguir por todos los Gobiernos occidentales.

El desarrollo desbocado de la industria tecnológica dio paso a una burbuja bursátil que ha acabado pasando factura a Wall Street. La crisis de las Bolsas y los crecientes desequilibrios han puesto fin a la fortaleza, que no la supremacía, del dólar, para alegría de los exportadores estadounidenses y con el beneplácito, al menos por omisión, de la actual Administración.

Las necesidades presupuestarias derivadas de la guerra contra el terrorismo y la nueva política de seguridad, pero también la caída de ingresos derivada de la menor actividad y las rebajas fiscales aplicadas por George Bush en cumplimiento de su programa electoral, han devuelto las cuentas públicas a los números rojos. El Congreso ha tenido que elevar el límite de endeudamiento y, con ello, la dependencia de EE UU del capital exterior para financiarse ha crecido aún más.

Al otro lado del Atlántico, los teóricos pilares de la economía europea se mantienen en la estabilidad presupuestaria, el control de precios y la reducción de la deuda pública. Pero los resultados son aún más decepcionantes, con un crecimiento de la zona euro del 0,3% en el segundo trimestre.

EE UU sigue ejerciendo de motor de la economía mundial, pero bajo otras premisas. La percepción de riesgo por parte de los consumidores después de tres crisis consecutivas (el pinchazo tecnológico, el 11-S y los escándalos empresariales) se ha disparado y el consumo e inversión se han frenado en seco. La clave, ahora, es la recuperación de la confianza.