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Análisis
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Taiwán, la desobediente potencia mundial de los microchips

La victoria electoral de Lai Ching-Te refleja el apoyo de la población al fortalecimiento de las relaciones con Estados Unidos

Lai Ching-te
Lai Ching-Te, presidente electo de Taiwán, el sábado en Taipéi.ANN WANG (REUTERS)

En una jornada trascendental, el pasado sábado, los ciudadanos de Taiwán, isla con una población de 23,5 millones de habitantes, participaron activamente en unas elecciones democráticas cruciales que determinarán el rumbo político y económico de la nación. La decisión tomada ese día repercutirá no solo en la isla, no solo en Asia, sino tal vez en todo el planeta.

El protagonista indiscutible de esta contienda fue Lai Ching-te, conocido como William Lai, miembro destacado del Partido Progresista Democrático (DPP), el actual partido gobernante. Con una destacada trayectoria, que incluyó ocupar el cargo de vicepresidente bajo la administración de Tsai Ing-wen, Lai emergió como el ganador indiscutible al obtener el 40% de los votos, consolidándose como el próximo presidente de Taiwán.

Su victoria no solo refleja el respaldo de la población, sino que también simboliza la continuidad de las políticas del DPP, que abogan por fortalecer las relaciones internacionales de Taiwán, especialmente con Estados Unidos, al considerarlas fundamentales para la estabilidad y autonomía de la isla.

De forma inmediata, la elección de Lai Ching-te como presidente ha intensificado las tensiones con China, que mira con desagrado su postura proestadounidense y su firme intención de mantener la distancia con la República Popular. Xi Jinping, presidente chino, manifestó el pasado año que no descarta la anexión de la isla mediante el uso de la fuerza, planteando un escenario geopolítico delicado y lleno de incertidumbre.

La respuesta de China a la victoria de Lai no se hizo esperar. Chen Binhua, portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán del Consejo de Estado chino, declaró: “Nuestra postura sobre resolver la cuestión de Taiwán y lograr la reunificación nacional sigue siendo consistente, y nuestra determinación es tan firme como una roca”. Mientras tanto, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, felicitó a Lai por su elección, reafirmando el compromiso de Washington “con el mantenimiento de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán y la resolución pacífica de las diferencias, libre de coerción y presión”.

Solamente unas horas más tarde, el Gobierno chino presentó una protesta formal a Estados Unidos por esa felicitación. El Ministerio chino de Relaciones Exteriores criticó que el Departamento de Estado de EE UU emitiera un comunicado sobre las elecciones en la provincia china de Taiwán, violando seriamente el principio de una sola China. Así se han ido desencadenando una serie de reacciones entre las tres partes implicadas, que probablemente continuarán en los próximos días.

Todo esto es el resumen de la situación política, de una evidente tensión. Pero hay otro elemento de índole económica subyacente que está marcando la actualidad: Taiwán es el productor de más del 60% del mercado mundial de semiconductores, e incluso de más del 90% de los más sofisticados. Por sí sola, una empresa de este país, TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) fabrica el 56% del mercado mundial, seguida por Samsung con el 12%. Todos los aparatos que utilizamos hoy, y que permiten nuestro modo de vida, llevan microchips: los vehículos, ordenadores, móviles, consolas, paneles solares, aviones, material de defensa y un largo etcétera. Son productos completamente estratégicos.

En el ámbito comercial, las cifras hablan por sí mismas. Taiwán exporta por un valor de 479.000 millones de dólares (datos de 2022) e importa por un valor de 427.000 millones, y disfruta de un superávit comercial de 52.000 millones. Entre sus principales productos de exportación, que incluyen bienes intermedios y partes electrónicas, destacan especialmente los microchips, donde Taiwán ostenta el 60% del mercado mundial. Sorprendentemente, el mayor receptor de estos componentes es la propia China continental, seguida por Estados Unidos y Hong Kong.

En cuanto a las importaciones de Taiwán, su principal proveedor es, nuevamente, la China continental, con 84.000 millones, seguida por Japón (55.000 millones) y Estados Unidos (45.000 millones). Este intricado entramado comercial pone de manifiesto la complejidad de las relaciones entre estas potencias económicas.

Nadie tiene certeza acerca de los pensamientos de Xi Jinping. No obstante, dado su enfoque en considerar a Taiwán como parte integral de la República Popular China y considerando además que esta región posee un tesoro muy valioso, es probable que sienta la tentación de buscar su anexión.

En este tenso contexto político, se vislumbra la posibilidad de represalias por parte de China en términos de relaciones comerciales, lo que podría afectar a la estabilidad regional. La reciente guerra comercial entre China y Estados Unidos aún resuena en la memoria, y genera preocupaciones sobre posibles escaladas y tensiones más peligrosas, como un eventual ataque aéreo o incluso una invasión.

Existe un proverbio chino que dice: espera pacientemente el momento adecuado, como la primavera espera el florecimiento de las flores. A veces es necesario ser paciente y esperar el tiempo oportuno para que las cosas se desarrollen favorablemente. En un mundo que ansía la paz, es imperativo que las naciones involucradas busquen vías de diálogo y entendimiento para evitar desenlaces catastróficos. Esperemos que los líderes involucrados encuentren soluciones diplomáticas y eviten conflictos mayores que puedan trascender las fronteras de Taiwán y tener consecuencias globales.

Eva Perea es profesora de Empresa y Economía de la Universitat Abat Oliba CEU

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