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El fruto que se queda en el árbol o la compra que va a la basura: el lujo de lo ilógico

Aproximadamente el 30% del alimento que se produce a nivel mundial se pierde. Aunque habitualmente se pone el foco en el consumidor, el problema tiene muchas más aristas

Naranjas en el suelo de un campo de Alicante en una imagen tomada por Asaja a comienzos de 2022.
Naranjas en el suelo de un campo de Alicante en una imagen tomada por Asaja a comienzos de 2022.ASAJA
Fernando Belinchón

Al igual que el sentido común no siempre es el más común de los sentidos, la lógica que rige el funcionamiento de algo en ocasiones puede tornarse ilógica. Con entre 691 y 783 millones de personas con problemas para acceder a los alimentos en el mundo en 2022, según los últimos datos disponibles en la FAO, difícilmente se podría describir de otra manera a un sistema alimentario que en el camino se deje el 31% de lo que produce, según los cifras más recientes de la ONU al respecto. Aunque habitualmente se tiende a apuntar al consumidor cuando se habla de cómo abordar el tema, las cifras que explican el cómo es posible esta pérdida muestran que el problema tiene raíces variopintas.

En concreto, volviendo a acudir a los datos de la ONU, el 14% del total de la producción que se desperdicia cada año se pierde entre que se recolecta la comida y se lleva a la tienda. Un 2% se estropea en los estantes de los distribuidores. Un 5% en los restaurantes y, finalmente, un 11% en los hogares. Ya en 2021, la ONG WWF advertía que esa parte que se deja de aprovechar en las granjas y en los centros de tratamiento de la comida era un problema que en Europa tendía a pasar desapercibido. Cabe puntualizar que estos porcentajes que muestran dónde se produce la pérdida varían en función de la fuente, pero en lo que las diversas instituciones que han analizado el problema coinciden es en señalar que es necesario afrontarlo.

Andoni García Arriola, ganadero y responsable de medio ambiente y agricultura ecológica, entre otros cargos, en la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), responde a CincoDías al respecto de este tema. Preguntado por cómo se produce exactamente ese desperdicio y pérdida alimentaria en las primeras fases de la cadena, García contesta que, principalmente, se debe a dos motivos. De un lado, a unos precios pagados a los agricultores que en ocasiones ni siquiera cubren el coste de recoger la cosecha. De otro, unos baremos que debe cumplir el producto, en ocasiones basados en la imagen, que llevan a descartar aquellas piezas menos lustrosas o que no cumplen con ellos.

Sobre lo primero, García afirma que las políticas comerciales de la UE han propiciado la importación de alimentos baratos a precios por debajo del coste de producción local. Esto deriva en que, en ocasiones, la cosecha quede sin recoger, lo que a su vez genera una destrucción de pequeñas y medianas explotaciones.

Una de esas ocasiones fue en 2022 con las naranjas. Ese año, en Alicante, la variedad navelina se pagaba a los agricultores a 7 céntimos el kilo. Un precio que no cubre los costes fijos de 15 céntimos por kilo y muy por debajo de los 20 céntimos que se pagaba de media en otros años. Las naranjas se quedaron el árbol y en el bolsillo de los agricultores quedó un agujero que la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja) cifró en 50 millones de euros.

Este efecto pernicioso provocado por importaciones a precio de derribo se da en ambas direcciones, según el experto. Si bien García pone el ejemplo de que esto sucede en España con los cítricos por no poder igualar los bajos costes de mano de obra que pagan en otras partes del mundo, también pasa en África. Allí, las exportaciones de leche europeas sacan del negocio a los pequeños ganaderos, ya que no pueden competir con las economías de escala alcanzadas en la Unión.

En la guía sobre el desperdicio alimentario publicada por el Ministerio de Transición Ecológica se recoge una de las más relevantes conclusiones de un estudio elaborado por José Esquinas-Alcázar, doctor ingeniero agrónomo por la Universidad Politécnica de Madrid. Mientras las naranjas se quedan en el árbol en España, el alimento medio recorre 2.500 kilómetros antes de llegar a nuestras bocas.

En referencia a los desperdicios por no cumplir baremos, García habla de que si la producción, por ejemplo, de tomates no cumple con unas determinadas características estéticas, no llega a los estantes de las tiendas. “El consumidor tiene que saber que cuando encuentra un producto con el mismo aspecto y calibración obedece a que para lograr eso se ha tirado por la borda mucha producción que podría estar perfectamente en el estante. Lo importante debería ser la calidad y el gusto, no tanto el aspecto en sí”, defiende.

Avanzando el análisis sobre cómo se produce el desperdicio en otras partes de la cadena alimentaria, la pérdida en los estantes se genera sobre todo cuando no se consigue vender el producto a tiempo. En los restaurantes, cuando caduca el género y debido a las sobras de los clientes. En los hogares, por una mala planificación de las compras.

¿Cómo afrontar el derroche de comida?

Los problemas complejos y con varias causas tienen la mala costumbre de no resolverse fácilmente, pero no por ello, se deja de intentar. En España, una de las normativas que quedó en el aire con la convocatoria de elecciones anticipadas fue la Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario. La iniciativa logró aprobarse en el Congreso por 269 votos a favor, ningún voto en contra y 70 abstenciones, pero no estuvo lista a tiempo. En ella, entre otras cosas, se obligaba a las empresas involucradas en la cadena alimentaria a elaborar planes contra el desperdicio. Se favorecía la donación de comida que fuera apta para el consumo pero que fuera a ser desechada y se incentivaba la creación de líneas de venta de “productos estéticamente feos”.

García explica que, independientemente del signo del próximo Gobierno o de cuando se conforme, esta ley terminará por llegar. “Es un elemento obligatorio que los Gobiernos desarrollen leyes en este tema, ya que es un objetivo que viene desde la UE”. El experto califica la normativa como “muy voluntarista” y detalla que dejaba fuera de ella problemas de fondo como el de las pérdidas de producción provocadas por el bajo precio de los productos importados. Otra norma que García describe como “interesante” es la Ley de la Cadena Alimentaria, pero ella tampoco enfrenta esa problemática. “Mientras la política comercial europea siga impulsando la importación a bajo precio seguirán quedando alimentos sin recoger y destruyéndose pequeñas y medianas explotaciones tanto aquí como en otras partes del mundo”, advierte.

Con todo, el campo se esfuerza por, mediante innovaciones, poner coto al desperdicio. Por ejemplo, la empresa de ensaladas Florette, además de realizar donativos a bancos de alimentos y aprovechar los subproductos para granjas cercanas a sus centros de producción, ha desarrollado una iniciativa para ajustar mejor su cosecha a la demanda. “Hemos liderado un proyecto denominado Recolecta en colaboración con Brioagro y con el Instituto Tecnológico de Canarias en el que se ha desarrollado una herramienta digital para predecir el momento óptimo de recolección de nuestros cultivos, todo esto basado en técnicas de monitorización, big data o inteligencia artificial e incorporando imágenes satelitales y predicciones meteorológicas. Así determinamos el momento ideal de cosecha y ayudamos a la minimización de la pérdida de producto”, comentan fuentes de la compañía.

En el segmento de supermercados hay una práctica que lleva tiempo en marcha en varias cadenas. Cuando un producto se acerca a su fecha de caducidad se ofrece a un precio rebajado. En 2022, la OCU, en un estudio elaborado con apoyo del Ministerio de Consumo, decía que en cadenas como Carrefour o Family Cash había productos rebajados un 50%. El descuento era del 30% en Dia o Lidl. Otras cadenas, como por ejemplo Alcampo o de nuevo Carrefour y Lidl, colaboran con aplicaciones como Too Good to Go. Según comunicó la propia Too Good to Go, la empresa “registró en 2022 un incremento del 37% en el número de usuarios, llegando a salvar más de 5 millones de packs de comida en solo un año en España. Esto supuso un aumento del 43% de packs salvados respecto al 2021 y más de 5.100 toneladas de alimentos no desperdiciados”, detallaban.

En el segmento de los hogares, la otra gran fuente de desperdicio y pérdida alimentaria además de las primeras etapas de la cadena de producción, en la guía del ministerio se recoge un análisis con tipo, causas y consejos.

Lo que más se tira, según el ministerio, es fruta, verdura y pan fresco por considerar que ya no está en buen estado. Representan el 48,1% del total de desperdicios de los hogares españoles. De todo lo que se tira en las casas, el 85,6% son productos no elaborados. Esto significa que una vez cocinado, es más difícil que acabe en la basura.

Entre los factores que provocan el desperdicio en los hogares, el ministerio identifica a la publicidad y a la cultura de tener la nevera llena. A inadecuados formatos de venta, ya sea por tamaño o por un reducido espacio de tiempo entre la compra y que se eche a perder, y a una falta de planificación a la hora de comprar.

Como soluciones, el ministerio recomiendo planificar lo que se quiere comprar teniendo en cuenta lo que ya se tiene en casa. Insta a no confundir fechas de caducidad y consumo preferente y a no dejarse llevar al hacer la compra adquiriendo más productos de los que se podrán consumir en los próximos días. También el orden en la nevera jugaría según el ministerio un papel importante, conviene colocar en primer lugar aquello que esté más cercano a caducar.

Pese a que la lucha contra el desperdicio tiene muchos frentes, los datos hablan de que sí es posible una mejoría. Así, en 2022, el informe de desperdicio alimentario elaborado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación cifra que en España se desperdiciaron ese año 1.201,92 millones de kilos de alimentos, un 6,2% menos que en 2021, y la cifra más baja desde que comenzó la serie estadística en 2017.

Entre los motivos que desde Agricultura esgrimen para explicar el descenso, apelan a una mayor concienciación, a un cambio de hábitos tras la pandemia y también al aumento de los precios. Con una inflación de los alimentos que alcanzó un 14,7% interanual a finales de 2022, no es de extrañar que los consumidores intensificaran los esfuerzos por no tirar comida. Aunque los consumidores pueden poner de su parte, lo que las cifras muestran es que para reducir el desperdicio se debe mirar a todos los eslabones.

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Fernando Belinchón
Madrid. 1994. Máster en periodismo económico por la Universidad Rey Juan Carlos. Redactor de la Mesa Web de CincoDías. En el periódico desde 2016.

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