La espiral deflacionista de Japón y la lección que podemos aprender

Pese a la inflación global, el país no ha subido los tipos y las empresas niponas han optado por asumir el alza de los costes

El Banco Mundial ha definido 2022 como el año de la incertidumbre, y las previsiones indican que 2023 seguirá el mismo curso. Con una situación macroeconómica marcada por la inflación y las subidas de tipos como respuesta, Japón se presenta como el único país capaz de esquivar el shock inflacionario global actual derivado de la guerra de Ucrania, las subidas de los precios de las materias primas y los cuellos de botella en los procesos productivos tras el impacto de la Covid-19.

¿Qué factores han contribuido a la situación actual japonesa? La clave para comprender la situación actual en Japón es su situación demográfica denominada shoushikoureika: es el país con la población más envejecida del mundo y baja natalidad, factor que limita el crecimiento del consumo interno, impactando en los precios y generando que su única vía de crecimiento sean las exportaciones. Esta característica diferencia la economía nipona del resto de países y genera un superávit comercial, en detrimento de Estados Unidos y la Unión Europea.

En los años 80, Japón se situaba como la segunda mayor economía del mundo, por detrás de la estadounidense. Durante esa década, principalmente hasta 1985, sus exportaciones tecnológicas se impulsaron debido a la fuerte depreciación de su moneda respecto al dólar, por lo que incrementó el déficit en la balanza comercial americana.

Hasta 1990, el país experimentó una época de bonanza económica propiciada, en parte, por un descenso de sus tipos de interés, que en solo una década disminuyeron de un 9% al 2,75%. Este auge económico propició un sentimiento de riqueza un tanto peligroso que alimentaba el tamaño de las burbujas como la inmobiliaria.

Con el objetivo de frenar este auge crediticio, el Banco de Japón (BOJ) optó por subir los tipos abruptamente en solo dos años, de 1989 a 1991, cerrando en una tasa del 6% en 1991. Tal y como ha ocurrido en otras economías, esta decisión originó el estallido de la burbuja a inicios de los años 90, generando una crisis similar a la crisis española de 2008. Así, las carteras crediticias de los bancos comerciales se desplomaron, de la misma forma que lo hicieron los activos bursátiles, causando una situación de inestabilidad en su sistema financiero, lo que llevó a bancos a la quiebra y provocó fuertes depreciaciones de activos.

Las autoridades monetarias no capitalizaron a tiempo el sector financiero, y esa reacción tardía no hizo más que agravar la complicada situación, propiciando la expansión del crédito, que se cortó drásticamente cuando los bancos cortaron sus vías de financiación. Asimismo, como en toda gran crisis, le siguió el aumento del desempleo y la caída del PIB.

En ese contexto, las autoridades bajaron los tipos de interés de forma drástica, rozando el 0%, lo que derivó en una espiral deflacionista que se mantuvo décadas, hasta prácticamente 2022. Y es que, en noviembre de 2022, el país registró una inflación del 3,7%, su nivel más alto desde 1981. Esto es motivado por una política monetaria ultraexpansiva, que, con tasas muy bajas o negativas de inflación, ha causado una deuda sobre el PIB de niveles del 300%.

Como resultado, a día de hoy, la economía japonesa se caracteriza por unos tipos de interés entre el 0% y el -0,10% anual y una elevadísima deuda pública, a lo que se suma una trayectoria demográfica que no favorece a la expansión de su economía. ¿Por qué la inflación no llega al consumidor? ¿Qué lecciones podemos aprender del país nipón? En el actual contexto de incertidumbre e inflación, el Banco de Japón, consciente de las peculiaridades de la economía japonesa, y en vista de que la inflación global podría ser coyuntural y transitoria, ha hecho honor a su reputación y ha optado por ser cauto y esperar antes de relajar su política monetaria.

De la misma forma, las empresas niponas no han trasladado el aumento de costes al precio final de sus bienes y servicios, ya que, con una baja demanda interna, existe el temor de que trasladarlo derive a una recesión. Así, por el momento, las empresas prefieren asumir ese coste, bajo la premisa de que la inflación es temporal y los precios no continuarán aumentando al mismo ritmo. No obstante, a finales de 2022 el Banco de Japón actuó ampliando el rango de cotización de los rendimientos de los bonos a diez años, acercándose a las políticas de encarecimiento de tipos de los demás bancos centrales.

Y es que Japón siempre parece avanzarse al resto de las economías: muestra de ello es que experimentó una crisis financiera una década antes que Europa y Estados Unidos, y Occidente pudo usarlo de ejemplo. Ahora son muchos los economistas que consideran que Japón toma la dirección correcta para evitar una recesión, y que insisten en que las demás economías deberían tomar a Japón como un modelo de comportamiento en lugar de llevar a cabo las actuales subidas de tipos tan agresivas. Mientras, otros consideran que el inminente cambio de rumbo de la política monetaria japonesa fortalecería al yen. Como dice el proverbio japonés, se lo dejaremos al destino.

Alberto Iglesias es Gestor de Instituciones de Inversión Colectiva en GVC Gaesco Gestión