‘Big tech’ versus puntocom: ¿es diferente esta vez?

Aunque hay parecidos, son muy distintas en tamaño, y el modelo de negocio de los gigantes actuales está asentado y tiene mucho potencial

Las empresas tecnológicas han vivido dos grandes crisis en las dos últimas décadas: a principios de la década de los 2000, la conocida como crisis de las puntocom; a partir de 2022, la crisis de las big tech.

Se considera que ambas crisis han ido precedidas de una burbuja, es decir, de fuertes subidas en la cotización de empresas tecnológicas no apoyadas en sólidos fundamentales. Esto queda de manifiesto en la evolución de la cotización del Nasdaq 100, índice estadounidense de las principales tecnológicas, que acumuló fuertes subidas en sus cotizaciones, antes de caer con fuerza.

La crisis de las puntocom fue devastadora para el sector tecnológico, así como para el conjunto de la comunidad inversora: más de la mitad de las tecnológicas quebraron, se registraron cientos de miles de despidos y miles de millones de dólares se evaporaron de los mercados financieros.

2022 ha sido muy duro para las big tech, y hay severas dudas de qué ocurrirá en 2023. Algunos analistas apuntan a que estamos ante un escenario de crisis como el de las puntocom. Y por ello, es conveniente preguntarse, ¿es diferente esta vez o efectivamente estamos ante una nueva crisis puntocom?

Indudablemente, hay fuertes parecidos entre ambas situaciones. Para empezar, los actores de ambas burbujas y crisis coinciden en gran parte. En efecto, gigantes tecnológicos actuales como Amazon, IBM, eBay, ASML, ARM, Oracle, Qualcomm o Cisco ya existían o se crearon durante la burbuja puntocom. Por supuesto, otras muchas empresas como Pets.com, Worldcom, Boo.com, Global Crossing o Northpoint Communications, o la española Terra, nacieron y murieron durante el episodio puntocom. Y otros gigantes actuales como Alphabet-Google, Meta-Facebook, Netflix, Twitter o Spotify no se crearon hasta años después.

En segundo lugar, ambas subidas de precios se gestaron al calor de una política monetaria muy acomodaticia, de bajos tipos de interés, que se ha visto interrumpida. En contextos de bajos tipos, los inversores tienden a buscar rentabilidad en activos más arriesgados, lo que supone una fuente de financiación abundante para negocios muy innovadores, como el tecnológico. Pero cuando los tipos suben, la cosa cambia y los inversores pasan a tener opciones de inversión rentables y menos arriesgadas.

En tercer lugar, en ambos casos, las tecnológicas se comportaron durante la época alcista de manera separada al resto del mercado, con subidas mucho más pronunciadas que los índices bursátiles generales. Se trata así de empresas que en finanzas se denominan de crecimiento o de beta alta, que baten al mercado en épocas alcistas, pero presentan también caídas superiores en situaciones bajistas.

En cuarto lugar, las burbujas se generaron en el contexto de importantes revoluciones tecnológicas o cambios en los hábitos de los consumidores, aumentando el hype inversor. En el caso de las puntocom, el afianzamiento de internet y la generalización de los ordenadores personales en un buen número de hogares estuvieron detrás de la exuberancia inversora. Para las big tech, la pandemia, con el correspondiente aumento del papel de la tecnología en las relaciones personales y profesionales, ha jugado un papel clave.

Por último, el impacto para los trabajadores del sector ha sido devastador en ambos casos. En 2002, se contabilizaron más de 131.000 despidos de empresas puntocom. En 2022, según la web layoffs.fyi, se registraron más de 153.000 despidos.

Hasta aquí, las similitudes. Vayamos ahora con las diferencias.

Para empezar, aunque perteneciente al sector tecnológico, el tipo de empresa protagonista de una crisis y otra no tiene nada que ver. En la época puntocom, hubo una fuerte proliferación de pequeñas empresas start-ups. En la actualidad, estamos hablando de auténticos gigantes tecnológicos. Sin ir más lejos, de las 10 empresas de mayor capitalización bursátil a finales de 2022, 7 eran tecnológicas (y de ellas, 6 de EE UU).

Para seguir, el modelo de negocio de las puntocom que quebraron no tiene nada que ver con el de las big tech. Muchas puntocom salieron a Bolsa sin tener terminado siquiera su producto final. Por otro lado, aquellas compañías más sólidas perdieron potencial de crecimiento una vez internet estaba ya implantado, ya que la revolución tecnológica que acompañó a las puntocom fue de infraestructuras. Por su parte, las big tech tienen en la mayor parte de los casos distintas líneas de productos y servicios con un modelo de negocio claro y asentado. Asimismo, el manejo de una ingente cantidad de datos les aporta fuerte potencial de futuro.

El principal problema de las big tech ha venido dado, salvo en algunos casos de decisiones empresariales aventuradas, como la ingente inversión en el metaverso de Meta-Facebook, por el difícil entorno macroeconómico. La guerra contra Ucrania y el temor a la estanflación han reducido la demanda de los consumidores y los ingresos publicitarios de estas compañías.

En tercer lugar, durante la burbuja puntocom se generó una verdadera exuberancia irracional, se trataba de no quedarse atrás. Los inversores comenzaron a apostar por empresas que aún no habían generado ningún beneficio y obviaron la realización de análisis basados en indicadores tradicionales, como precio/ingresos. En el contexto actual, no parece que los inversores estén abandonando las técnicas ortodoxas de valoración financiera.

El impacto de la crisis puntocom sobre la economía estadounidense fue más fuerte que el de las big tech. En efecto, el consenso de economistas considera que las puntocom provocaron una leve recesión sobre la economía de EE UU, mientras que con las big tech, el proceso ha sido justo el inverso: la mala marcha de la economía ha pesado sobre su potencial de crecimiento a través de caídas en la demanda de sus productos y en sus ingresos publicitarios.

Por último, el entorno regulatorio no es el mismo para las puntocom y las big tech. La creciente importancia de estas, con su extensión de líneas de negocio a áreas como las finanzas y la recopilación de un número ingente de datos, está motivando una fuerte respuesta regulatoria desde distintas jurisdicciones. En el caso de la UE, por ejemplo, destacan la Digital Markets Act y la Digital Services Act, así como la próxima consulta que lanzará la Comisión Europea, para determinar si las big tech han de pagar una contribución para sufragar parte de las infraestructuras de telecomunicaciones.

En definitiva, si bien las crisis de las puntocom y las big tech presentan similitudes evidentes, creo que se puede afirmar con seguridad que esta vez es diferente. Pero para que realmente se mantengan las diferencias, es vital tener una conducta inversora responsable, conduciendo los debidos procesos de due diligence y evitando invertir sobre la base de expectativas y no de indicadores financieros claros y comprobables.

Judith Arnal es doctora en Economía y técnico comercial y economista del Estado. Colaboradora de Agenda Pública